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Obra colectiva

Imagínense conviviendo con veinte desconocidos, apiñados en un monoambiente viejo y ruidoso, sin baño, ni cocina, ni electricidad. Imaginen que el techo está lleno de goteras, que es caluroso en verano y frío en invierno, y que además, no tiene camas suficientes para todos y se tienen que turnar para descansar.

Imagínense que los veinte tienen que ponerse de acuerdo para prender la estufa, para abrir una ventana, para escuchar la radio, para fumar, o conversar en voz alta, porque todos duermen en horarios diferentes y están abrigados de distinta manera.

¿Cuánto durarían sin matarse a golpes porque uno no se baña y tiene olor a sopa en las axilas? ¿No terminaría asesinado en una zanja el que escucha música y canta a viva voz mientras otros llegan reventados de trabajar? ¿Y qué hay del que insiste con hablar a los gritos por el celular o jugar con los ringtones a medianoche?

Ahora dejen de imaginarse. No es necesario. Esta locura no es otra cosa que viajar en colectivo. Y estos, algunos de los compañeros de viaje con los que nos vemos obligados a compartir el trayecto todos los días.

En todos los colectivos y subtes hay una secretaria de consultorio berretón que piensa que es linda, lee mucho Cosmopolitan, usa pantalón coreano color negro, y se lleva la vianda en una bolsa de cartón de Paula o Tucci que guarda como si fuera un tesoro. Está obsesionada con que todos la quieren apoyar. Va durante todo el trayecto alterada, girando intempestivamente para ver quién la tocó, le rozó la cintura o le movió la carterita de cuero ecológico, como si el colectivo no estuviera lleno y todos eligiesen por propia voluntad pegarle con un tubo de cartón en la cola.


Hay también una neurótica obsesiva que viene por primera vez a la Capital y viaja abrazada de una bolsa de zapatería mersa (que se llama “Calzado Rímini” o “La reina”) llena de porquerías, preguntandole a al resto de los pasajeros si ya llegaron al Hospital Tornú cada dos paradas. A pesar de que todos le repiten que falta, a cada rato la neurótica va hasta donde está el chofer, segura de que ya se pasó, y le pide que por favor no se olvide de avisarle en la parada, mientras apretuja una caja de alfajores Mar Chiquita de fruta en sus nerviosas manos de viajera inexperta.

Otra que está en todos los colectivos es una hippie miserable que sube con una biblioteca que encontró por la calle o una caja enorme que recogió en Retiro como si el colectivo fuese un flete. A pesar de que todos la miran indignados porque ocupa la mitad del pasillo, ella jamás pide disculpas ni se baja avergonzada. Ni siquiera corre sus bagayos para que los demás puedan pasar. Y como si fuera poco, después de incomoar a todo el mundo durante hora y media, además necesita ayuda para bajar.

El trabajador con olor a Pino Colbert, por ejemplo, viaja a las siete de la mañana y a las seis de la tarde “todobañado”, con el pelo todavía mojado y peinado hacia atrás. Tiene un bolso azul marino al hombro, campera de jean, camisa Macowens, zapatos negros, y siempre, pero siempre, lleva un peine fino en el bolsillo de atrás. Viaja acompañado por otros especímenes idénticos con olor a Axe y pantalón “vaquero” marca Convoy comprado en el bolishopping. Jamás cede el asiento y ni siquiera se hace el dormido para justificar su mala educación, y además, de tanto en tanto, si tiene oportunidad, apoya de verdad a la secretaria de microcentro, que lo mira, sacada durante todo el viaje.

En el fondo del colectivo hay siempre un grupo de adolescentes escandalosas, vestidas con uniforme de colegio secundario, que mascan chicle, se gritan “boluuuuuuuuda”, muertas de risa. Algunas incluso cantan un tema de moda o se empujan contra otros pasajeros, convencidas de que son especiales y divertidísimas, y no otro grupo estúpido y aburrido de teenagers sobre estimuladas por la televisión.

Otro personaje que está en todos los colectivos llenos, es una vieja que le compra a todos los vendedores ambulantes. Y les compra en serio. Los escucha hipnotizada como Ulises a las sirenas. Les cree que “son directos de fábrica”, que son “ideales para regalar y quedar bien”, “para la cartera de la dama como para el bolsillo del caballero”, y “por única vez, sólo en esta oportunidad, a un precio inigualable”. ¡Es más! ¡Cree que si deja pasar tremendo ofertón ya nunca más tendrá oportunidad de adquirir por sólo cinco pesos el llavero linterna! Mientras todos los demás tratamos de esquivar al tedioso vendedor, la vieja revisa el producto, pregunta qué colores tiene, le pide descuento y luego de mucho debate mental, se lleva dos o tres.

Entre los hombres desagradables, hay dos que tiraría por la ventanilla. El primero es el dormilón, un cerdo impresentable que se desploma de sueño sobre el hombro de una pobre chica, que viaja aterrada, con la cara aplastada contra la ventanilla para tratar de esquivar los salivazos del señor. El otro es un viejo repugnante con cara de golpeador que gusta mucho de sentarse con una pierna a desplazada a cuarenta y cinco grados sobre el asiento contiguo. Lejos de necesitar el lugar, el viejo lo hace como un ejercicio de poder. Disfruta ver como a una mujer acomodarse en el espacio que él dejó, casi como un perro que se come sus sobras en silencio.

El gorrón es un colectivero de otra línea (alcanza con que tenga camisa celeste) que viaja gratis de copiloto, charlándole y distrayendo al chofer en actividad. En general, lo único que hacen es burlarse por la ventanilla de alguno que va atrasado ante los pasajeros estupefactos que nunca saben si están jorobando o a punto de cagarse a piñas.

Otra que viaja gratis es una tía gorda, que con ayuda de su sobrina adolescente, lleva de paseo a los dieciséis niños de la familia en colectivo, pero que cuando va a sacar boleto pide dos hasta Constitución y nada más. Además de no pagar boleto, los niños ocupan todos los asientos con sus raquíticas colitas de manera arbitraria, dejando parado a todo el mundo que sí pagó por su pasaje.

El que no se saca la mochila es un tarado común y corriente con problemas de orientación espacial. Como la mochila está atrás no sabe todo lo que molesta con esa joroba postiza de nylon y se queda parado en el medio del pasillo (colgado del pasamanos de arriba con ambos brazos, como un mono) oficiando de puerta rebatible para todos los que quieren pasar.

También hay una enfermita que adora empezar a guardar sus cosas o amagar muy sutilmente con que se va a bajar para emocionar a la pobre vieja que la mira con las rodillas torcidas, parada desde arriba. En general, la enfermita tiene trastorno obsesivo compulsivo y no lo sabe. Por eso dobla el diario veinte veces, re acomoda la botellita de agua en la mochila y le pone un cartoncito a la ventana para que deje de hacer ruido, incluso cuando se baja dentro de dos o tres paradas.

Los sábados a la noche, un día especial para viajar en colectivo, sube una pareja de novios que está muy caliente y no tiene dinero para un hotel. Ella está siempre arreglada como un árbol de navidad: zapatos de taco blanco, remerita de Once que dice “Sexy”, pantalón muy ajustado y rollo (tipo muffin) perimetral alrededor del cinturón. Aunque haya dos asientos disponibles, ella se sienta a upa de él, y él le acaricia las piernas con lo que él supone es sutileza, y mira a la papagaya a los ojos como si fuese una reina.

Y hay muchos más personajes. La mayoría, gira alrededor de ese tesoro tan preciado para el pasajero de colectivo: el asiento. Está la que lleva un nene de nueve años a upa para gestionarse un lugar, la cincuentona que se hace la anciana y dice a los gritos que está por caerse, el gallardo anciano con bastón que se niega a sentarse, la ordinaria que se hace la distraída cuando sube una embarazada, el que se quiere hacer el caballero cediéndole el asiento a una tilinga de escote generoso, la que da pena estudiando parada, subrayando fotocopias en el aire, y la que aprovecha el ángulo de inclinación con el que se levanta de su asiento un pasajero para colarse.

Por suerte, yo ya casi no viajo en colectivo. Para mí es un transporte absurdo, bárbaro, ridículo. No es que me guste el subte tampoco (apenas puedo soportar no desmayar de un sopapo a los idiotas que suponen que siempre hay más lugar), y mucho menos los taxis (de quienes detesto absolutamente todo). Pero convengamos que de todos los transportes públicos, el colectivo es, por lejos, el peor. Sin ir más lejos, lean los especímenes que describí más arriba. Al resto, imagínenlo.

928 respuestas para “Obra colectiva”

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  1. 928
    noemi dice:

    yo no puedo creer que nadie haya nombrado a los tipos que apoyan. No lo puedo creer.

  2. 927
    Carina dice:

    Carolina, impresionante tus post, te felicito por tan detalladas y graficas historias…. te falto un personaje del colectivo, (seguro q mas pero en este momento solo recuerdo al siguiente):
    Cuando no hay nadie, NADIE, cerca tuyo y podes sentarte comodo….viene uno y quiere ocupar el lugar de AL LADO!!! la pampa es grande cheeee y tiene q sentarse al lado…que gente dios mio…..en fin…me exprese!
    Un beso!

  3. 926
    Madre furiosa dice:

    Recién ahora descubro tu blog y leyendo esta crónica del infierno que significa viajar en bondi en esta puta ciudad, no puedo evitar comentar que el suplicio se multiplica por mil cuando tenés un bebé. Trato de evitar utilizar ese medio de transporte pero hay situaciones extremas en las que tengo que recurrir a él, solo quiero avisarles a todos los que se crucen conmigo en mi proximo viaje en colectivo que voy armada! llevo un cuchillo en la cartera y estoy dispuesta a apuñalar al próximo que se haga el dormido solo para no darme el asiento. Por que me obligan a convertirme en una homicida??, no ven que subo cargada??, con la criatura, el bolso, el carro, mi cartera, y todo lo llevo en una sola mano, ya que la otra la necesito para sacar el boleto y agarrarme de algún lado para no terminar en el suelo. Para la próxima ya saben muchachos, cuando me vean subir no me hagan suplicar un asiento, parense y ofrezcanlo, y jamás pero jamássss vuelvan a clavarme esa mirada en la se puede leer con total claridad el siguiente mensaje: "porque no te tomas un taxi hincha pelotas?", recuerdenlo viajo armada y estoy decidida a matar! 

  4. 925
    Hotels Disney World Hotels Branson Hotels dice:

    Hotels Disney World Hotels Branson Hotels

    I didn’t agree with you first, but last paragraph makes sense for me

  5. 924
    Rodion dice:

    Y todo lo que dijiste multiplicalo por 10, si te tomás el 42.

  6. 923
    REVK dice:

    te olvidaste de los q te apoyan la panza, el bulto, o la cartera mientras una va sentado y encima lo disfrutan.

  7. 922
    thenakedtruth dice:

    Muy bueno Peleadora!!! Ahora, guarda con el vocablo "bolishopping": estás al borde de la discriminación.

  8. 921
    Mariana dice:

    Hay un energumeno del que te has olvidado. Es el pelotudo que va parado en la puerta del medio, y al que tenes que andar esquivando para poder descender o pero aún, te hace pasar de parada. Lo unico que tienen de positivo es que una descarga contra ellos sus empujones y/o putedas, cuando tiene que bajar y el infeliz queda ahí sin moverse,  y llega un poco más relajada a la oficina

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