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Dos veredas y un amigo

Cuando yo era chica no sabía ahorrar. A diferencia de mis primas, que siempre tenían una caja repleta de billetes planchaditos y relucientes, a mí la plata me quemaba las manos. Si me daban unos pesos, en vez de guardarlos para comprar algo grande, corría directamente al kiosco de mi barrio para transformar el billete en caramelos.

Recuerdo un día preciso en el que mi tío Carlos me había dado cinco australes y decidí comprarme 33 mielcitas y un chicle, pero como el kiosco de la Turca estaba cerrado, tuve que ir a gastar mi fastuoso billete al almacén de Macario, que tenía mucha menos variedad de golosinas que el resto de los comercios.

El almacén de Don Macario era igual a todos los almacenes de barrio. Sucio. Era un agujero en la pared oscuro, sin ventilación, con olor a vinagre, ruido a motor de heladera y un montón de afiches y calcomanías de promociones viejas. Vendía fiambres, galletitas, algunos yogures y un mediocre surtido de almacén que incluía gaseosas, yerbas y alguna mermelada.

Sabía que iba a tener que elegir de lo que tuviera en stock, así que alivió llegar y ver las tiras de mielcitas colgando de un caño negro que recorría toda la heladera de yogures. Las miré, hipnotizada, sin despegarles la vista mientras Macario me preguntaba por mi madre, por mi abuela, por el perro de un vecino que se había muerto y por el auto nuevo de mi papá: ¿Todos bien? ¿Tu abuela cómo anda de la rodilla? Decile a tu mamá que la vi el otro día en la municipalidad, estaba con tu hermano. ¿Tu papá cambió el auto? ¿Sabés si va a vender el viejo? ¿Está bien cuidado? Pero yo no podía entregarme a la conversación porque me estaba imaginando anticipadamente el festín de jarabe artificial en mi boca. Treinta y tres mielcitas me parecían un millón. No se iban a terminar nunca.

Aproveché la primera pausa para extenderle mi billete, ceremoniosa, y como un jugador de poker arriesgado, fanfarroneé:

-Todo de mielcitas, Don Macario- le dije, millonaria.

Macario bajó una tira y empezó a contarlas con sus dedos reumáticos y peludos. Mientras las deslizaba por sus manos yo las podía saborear por anticipado, cayendo, espesas y dulces por mi garganta hambrienta de azúcar. Contó una, contó dos, contó tres y siguió contando, hasta que, sin aviso ni ceremonia, agarró su enorme tijera metálica y cortó la tira en dieciseis.
Me quedé muda mientras las ponía adentro de una bolsita de nylon. Quería avisarle que estaba equivocado pero me daba vergüenza. Sin embargo, entre el pudor y la glotonería, la segunda fue más fuerte y me animé.

-Don Macario, le di cinco australes.
-Sí, querida. A treinta cada una están- me dijo, ocupado, mientras me devolvía una monedita de cinco centavos dorada e insignificante.

Me quedé perpleja en la puerta mientras Macario atendía a la clienta que seguía. En el kiosco de la Turca estaban quince. En el colegio estaban quince. En lo de mi abuela estaban quince. Una vez, en la puerta del cine las pagamos veinte, pero treinta jamás. Ni un juguito costaba treinta centavos.

Mientras escuchaba a Don Macario preguntarle a la clienta por su hijo (un tarado al que le decíamos Traverso porque hacía ruido de auto de carreras con la boca) supe que me habían cagado por primera vez. A mí me hubiera gustado que me cague un chico de otro grado con las figuritas, una amiga de una vecina o un compañero de colegio con el que siempre me había llevado mal. Que te robe, te estafe o te mate un desconocido casi que no duele. Se acepta con resignación cabulera, porque se sabe que alguna vez le tiene que tocar a uno.

Lo que me desesperaba, o lo que no llegaba a entender en ese momento, era cómo alguien que te preguntaba por la rodilla de tu abuela o que te acariciaba la cabeza, alguien cuyo perro jugaba con tu perro, alguien cuyo hijo iba a tu colegio, podía cobrarte el doble en su almacén. Un amigo no gana dinero con sus amigos, y si gana ¡No se abusa, no lo estafa, no le roba!

Desde ese día yo detesto los almacenes de barrio. Y los odio justamente por eso; porque se aprovechan de su amistad vecinal para robar descaradamente con sus precios ventajeros de revendedor haragán. Odio que saluden con amabilidad y al mismo tiempo cobren casi diez pesos por una coca light. Odio sus mugrientas estanterías llenas de lombrices borrachas de aceite y publicidades del año dos mil cinco. Odio que tengan lácteos vencidos, que vendan sólo vinagre de alcohol, que tengan una marca de agua mineral y doscientas treinta de fideos. Odio a las dueñas gordas y chismosas que atienden ansiosas por manosear los fiambres o revolver las cajas de galletitas con sus manos envueltas en bolsitas de nylon. Odio que nunca tengan cambio, que anoten papeles grises y evasores sus abultadas cuentas usureras. Odio que tengan a sus hijos de semblante mortecino encerrados engullendo bizcochos de grasa como animales de zoológico pobre. Odio que duerman siesta, que cierren temprano, que no trabajen los domingos, que se acoplen a cualquier feriado, que vendan rifas y que nunca tengan monedas para darte el vuelto. Odio que existan, y desde que Macario me estafó con las mielcitas espero –ansiosa, enferma, impaciente- que los chinos los obliguen a cerrar esas covachas para buscarse, por fin, un trabajo en serio.

No se puede ser amigo y usurero al mismo tiempo. Lo sabe el dueño del supermercado que ni me saluda, lo sabe el chino de enfrente que no me entiende y lo sabe el ferretero que me cobra veinte centavos por cada clavo común. En la vida como en los barrios, hay que elegir una vereda para caminar: o tu perro juega con mi perro o me cobrás el doble un sifón. No se puede tener lo mejor de ambos mundos. O sos mi amigo o mi almacenero.

1,746 respuestas para “Dos veredas y un amigo”

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  1. 1746
    Danushaa dice:

    Fua tere cagaron piba, primero pregunta cuanto estan viste?
    5 australes aca son pesos! jajaja de donde seras??
    weno la cuestion qe son riquisimas, me encantan siempre qe voi a la plata me compro muchas, pero rojas, ummm soi muy ricassssssssssssssssssssssssssssssss

  2. 1745
    Brendetta dice:

    Justo al lado de mi casa está la almacén en la que compre toda mi vida, tiene sus cosas buenas, siempre y cuando no abran un super chino exactamente al lado.

    Me genera una culpa terrible ir al chino de precios bajísimos, y menos mal que a mi mamá le agarró un ataque de medio ambiente y compro esas bolsas reutilizables, y no se ve que además de las verduras como carátula, tambien compre un monton de cosas que antes les compraba a ellos.

  3. 1744
    DiegoR dice:

    La verdad que en cierto modo tenes razon acerca de la descripción de almaceneros, y es cierto que venden mas caros sus productos a causa de que los consiguen mas caros o sea revenderlos o sea te dan opciones de  donde comprar, pero lo que quiero saber es para que te vas si non te gustan o en todo caso para que ibas????????

  4. 1743
    Florencia dice:

    bue si lo del almacen debe ser cierto yo naci cuando ya ni se fiaba, o al menos mi memoria se remite a panaderas qe te regalan un bizcochito pero te cobran el pan $7.50 o hoy en dia el almacen de barrio, ese al que va mi abuela de manera ingenua , al que mi papa para a saludar al dueño porque eran compañeros del secundario o al que mis hermanas compran un alfajor a $3.80 hoy un almacen asi ese que usa la ventana de la casa para su comercio es el lugar donde un desgraciado hijo de re mil puta pone a su hijo a vender drogas por dios hoy saludas a mi papa y mañana si podes pones al pajero de tu hijo a que me convide para despues venderme?? opeor la mujer que le dice lleve la levite de manzana para sus nietas alicia y esta mirando a que nueva presa encontrar para poder estafar…. no se es feo que ns robe un amigo pero mas feo es pensar que hay persona hipocritas basuras que no les importa arruinarle la vida a una manga de infelices que no saben que es la ley de gravedad claro obvio total es muy facil pensar se droga porque quiere yo le vendo nomas y asi esta el pais cortando el hilo por lo mas fino metiendo en la carcel a un grupo de imbeciles qe roban para comer o para drogarse que no tienen educacion que no tuviern una buena vida pero yo quiero ver el dia en que los que estan de corbata que nunca les falto nada que roban por pura ambicion qe no le importa cuantas cabezas tienn que pisar yo quiero ver cuando exista justicia en serio

  5. 1742
    Marchu dice:

    Hola A todos que buena onda la pagina!

  6. 1741
    yana dice:

    me pareció demasiado el odio hacia el almacenero, por alguna razón estoy de su lado… paradójicamente me sentí estafada, empecé leyendo esta publicación (a la que caí buscando otra cosa) con cierto interés, el primer párrafo me sedujo a seguir leyendo todo para finalmente encontrarme con una historia de resentimiento, pero no buen resentimiento, propio de una construcción literaria, sino un resentimiento vulgar, vacío… pero sin desmerecer para nada el texto, ya que provocó bastantes comentarios, puedo decir que lo estafada que me siento responde a la lógica de que mi perro no juega con tu perro, entonces está bien encontrarme con historias de almaceneros malditos y estafadores. Por cierto, estos estereotipos han inspirado personajes maravillosos como Manolito, sin dudas no me siento estafada por Quino y no conozco a su perro.
    Saludos atentos

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