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Primeras peleas como tía

A mí nunca me gustaron los nenes, pero nunca lo dije con todas las letras, porque decir que no te conmueve el nacimiento de un familiar, que no te vuelve loca un par de piernitas rollizas, o que el llanto de bebé te suena igual a un mueble arrastrado por el parquet, te convierte inmediatamente en un monstruo.

Me callé durante años, pero sí me peleé mucho con la gente que no respetaba que a mí no me gustaran los chicos: con los vecinos que dejaban que sus hijos gritaran y corrieran hasta cualquier hora, con los que no hacían nada para que pararan de llorar en un restaurante, con las madres que ocupaban todas las veredas con las mochilas de sus críos a la salida del colegio.

Y no sólo a los niños, sino a sus madres; cada vez que dos conocidas se ponían a hablar de su hijo, sentía que me marchitaba de aburrimiento: conversaciones sobre cómo hacen caca, sobre cómo le dicen al perro, o acerca de cómo se atan los cordones desde chiquitos me daban más sueño que dos alplax con medio litro de vino en tetrabrik.

Hasta que un día mi sobrino cumplió 1 año y empezó a hablar. Me empezó a dar la mano para caminar, me empezó a llamar por teléfono, me empezó a pedir caramelos y empezó a preguntar por mí los domingos. Y de repente, sin querer, me encontré del otro lado de las peleas, del que tiene que explicarle a una vieja intolerante que su sobrino es chiquito y que no, no puede parar de llorar porque le duele y no entiende que se le va a pasar en dos minutos. Que si pudiera razonar de esa manera, sería un adulto. Que no, que no entiende que el cartel dice “no tocar” porque tiene un año y medio, que si entendiera sería un genio, y en vez de estar dándole de comer a los peces en el jardín japonés, estaría rindiendo exámenes de en la facultad de filosofía y letras. Que la quiero ver a ella tratando de tomar un café con un nene de un año y medio obsesionado con el gato que tiene la heladería de la esquina. Y que sí, me tengo que sentar a tomar un café justo acá porque estoy paseando y cargando al nene desde la mañana y me duele la cintura, estoy cansada y me voy a morir de sed.

Pero nunca me había peleado en serio. Apenas si les contestaba alguna barbaridad aislada, porque mi simpatía bilateral me obligaba a reconocer que las dos tenían un poco de razón. Por un lado, entendía a la que trabajó todo el día como una mula y quería cenar en paz con su marido, y por el otro (aunque muchísimo menos) a la que tenía un nene que recién había aprendido a correr y no podía lograr que se quede sentado en un restaurante.

Pero este domingo me crucé con un espécimen nuevo, uno que ni entiendo ni me da ganas de entender: una suerte de vieja metida que te da consejos espontáneos y horribles sobre como cuidar a un nene.

Esa tarde, después de habernos turnado durante tres horas para atajar a mi sobrino antes de que se tirara al lago para agarrar a los peces del Jardín Japonés o sentarse a comer helado con otras familias, finalmente logramos entretenerlo sentándolo en el pasto con unas galletitas. Mientras, nosotros, que estábamos exhaustos, aprovechamos para charlar y tomar un café en las mesitas que están afuera de la tienda de regalos. Al lado, una vieja que parecía inofensiva, nos miraba de reojo y esperaba agazapada su momento para molestar.

Vieja densa
No lo dejes sentar en el pasto que no sabés que hay,
quién pisó, si tiene bichos…

De entrada me cayó mal. Primero, porque me habló sin conocerme. Segundo, porque habló para opinar sobre algo que nadie le había pedido. Pero igual sonreí, porque el día estaba lindo, mi sobrino cantaba “Al agua pato”, y no era más que un comentario fuera de lugar. Ya me había pasado otras veces. La gente quiere tocar a los nenes ajenos o te hace comentarios fuera de lugar del estilo “No se parece en nada a vos” pensando que sos la madre.

Vieja densa
(Insistiendo)
No dejes al nene en el pasto que es sucio… Yo te digo
porque yo tengo dos nenas…

Carolina
No hay problema, es un parque privado, no hay basura,
ni perros, ni nada. Está limpio.

Vieja densa
(Frunciendo la nariz)
No lo dejes igual, nunca sabés que hay en el piso. Levantalo,
sentalo en la silla del bar mejor…

Carolina
Está bien acá, gracias.

Vieja densa
Mirá que el pasto es sucio sucio…

Carolina
(Terminante)
Muchas gracias por el consejo. Pero mi sobrino está bien acá.

Después del frenazo que le puse, la vieja volvió a su café y me dejó en paz por dos o tres minutos. Pero es todo lo que pudo aguantar, porque ni bien nos vio relajados se acercó de nuevo.

Vieja densa
Pensé que era tuyo, perdóname ¿Sabés por qué te lo digo?
Porque yo tengo dos nenas, la mayor tiene 34 y la más chica 31,
los nenes a esa edad se enferman de nada, por tocar cualquier cosita.

La miré amenazante, para que se callara la boca. Sabía que no tenía que contestarle o iba a creer que estábamos charlando, pero no pude aguantar.

Vieja densa
Pero ese pasto… Te digo, yo lo sacaría, no sabés si hay bichos,
si alguien hizo pis… Los patos, puede haber cagada de pato o de alguien…

Lo que más me molesta de estas viejas es que imparten consejo desde el terror. Para ellas los nenes siempre tienen calor, frío, hambre, están enfermos. Nunca están plenos y felices en donde están, siempre tienen un problema y es culpa de sus jóvenes madres que hacen todo mal. Esta vieja era de esas. Cuando vio al nene en el pasto no se le ocurrió pensar qué lindo era que se conectara con la naturaleza sino todo lo contrario: que la naturaleza lo iba a enfermar.

Carolina
¡Cómo alguien va a hacer pis adentro del jardín japonés!
¡Aparte qué podría pasarle, por favor! ¡Nadie se muere por tocar
un poco de pasto!

Vieja densa
No te creas. Donde yo vivo, una criatura agarró del arenero una jeringa…

Carolina
Ajá

Vieja densa
Le agarró (bajando la voz) SIDA.

Yo estaba estupefacta. Cinco minutos antes estaba disfrutando de un paseo con mi sobrino y ahora tenía una vieja hablándome de niños enfermos, jeringas y enfermedades terminales. Instintivamente iba a agarrar al nene para correrlo, pero ella iba a pensar que me había logrado asustar con su comentario fuera de lugar y no quería darle el gusto.

Carolina
El cuento de la jeringa es más viejo que el del cepillo de dientes
en el culo. Todos son amigos o primos de la nena que agarró esa
jeringa pero en realidad nadie la conoce. Te falta decir que tu
sobrina quedó embarazada por sentarse en un baño público o
que la violó el pitufo Enrique y estamos llenos.

Vieja densa
Yo te digo nomás, yo sé que no es tu nene, pero deberías
ser más cuidadosa en donde lo ponés.

Carolina
¿Usted y yo somos parientes?

La vieja me miró desconcertada.

Carolina
Le pregunto si por casualidad no somos parientes.
Si usted no es mi tía abuela o una amiga de toda la vida.

La vieja negó con la cabeza.

Carolina
Ah, me parecía. Porque esta es una salida familiar. Y para
participar de un paseo (Alzando la voz como una demente) FAMILIAR
es condición excluyente ser parte de ESTA FAMILIA. No sé si me explico.

Vieja densa
Era una cuestión de cuidado, que cualquier madre
te va a decir… Cuando vos seas madre…

Mientras hablaba pensé que retrucarle después. Le iba a decir que le fuera a dar consejos a sus hijas y que me dejara de joder. Pero después me di cuenta de que estaba sola. Era domingo, había dejado de llover por primera vez en una semana, y esas dos famosas hijas de las que hablaba estaban en cualquier lugar menos en su mesa.

Me pareció sufíciente castigo, así que le hice caso a mi hermano (que gritaba que nos fuéramos hacía veinte minutos) y alcé a mi sobrino, agarré mi cámara de fotos y mi cartera, y me fui sin decir nada. Ella se quedó sola, esperando que se sentara otra familia para hablarles de muerte súbita, cáncer de páncreas y el botulismo que se agarró un conocido por comer mermelada de cualquier lugar.

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