Critica de la Argentina | La Peleadora | Weblog de Carolina Aguirre / 101 entradas / 46,661 comentarios / feed / comentarios feed

Desde el día de hoy se puede bajar el nuevo libro de Leandro Zanoni, "El imperio Digital", sobre la revolución de la web 2.0, con prólogo del director de Google en Latinoamérica, Alberto Arébalos. El libro va a estar disponible en pdf durante 10 días. Luego ese período de tiempo, sólo lo podrán conseguir impreso en todas las librerías del país. Entre otras cosas, hay algunos testimonios míos que tienen que ver con mi blog y mi libro. ¡Apúrense a bajarlo que se agota!

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Este miércoles que viene, 20 de Agosto, a las 19.00 hs voy a estar en el ciclo "Conversaciones con creadores" en el Museo Evita (J.M. Gutiérrez 3926, Palermo). Me va a entrevistar Cristina Civale (guionista, periodista y escritora), que viene armando este ciclo desde el año pasado, con muchísimo éxito. Ya estuvieron Cristina Banegas, Alejandro Tantanián, Gustavo Sierra y Daniel Burman. Veremos cómo me va a mí. A todos los que me escribieron para que les firme el libro después de la presentación, pueden llevarlo ahí ¡Los espero!

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Hoy a la mañana, antes de irme a una reunión, me despierta un telemarketer del Standard Bank.

Matías de Standard Bank:
Buenas tardes ¿Carolina Aguirre? Mi nombre es Matías,
la estoy llamando del Standard Bank para ofrecerle una tarjeta…

Carolina:
¿De dónde tenés mi número, vos?

Matías de Standard Bank:
Está en nuestra nómina de clie…

Y le corté inmediatamente, en la mitad de la palabra, bien a propósito.

Me terminé de cambiar, me tomé un café, leí los diarios y cuando iba a salir, volvió a sonar el teléfono. Despistada, atendí.

Matías de Standard Bank:
Hola Carolina, estábamos hablando y creo que se le cortó

Carolina:
Oím…

Y me cortó él.

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La exagerada variedad de disciplinas y categorías de los juegos olímpicos me parece una estupidez. Hay 500 competencias, entre todos los deportes ¿Alguien vio la cantidad de medallas que hay para natación? ¿100 metros libres femenino, 200 metros mariposa masculina, Estilo libre 50 metros femenino, Estilo espalda 200 m masculino, Relevo 4x100 estilo libre masculino, Relevo 4x100 cuatro estilos femenino, y podría seguir hasta llegar a cien distintas, igual de sobredimensionadas y ridículas. Faltarían Estilo libre 100 metros Perros, Relevos 4x100 entre familiares, Estilo espalda con malla roja y Estilo espalda con malla azul sub16. Además ¿No se supone que uno admire a un tenista por la belleza de su juego, a un gimnasta por la delicadeza y la precisión de sus movimientos, a un bailarín por la gracia de su danza? ¿Hasta cuándo vamos a mirar competencias en donde se premia al que corre más rápido y no al que corre más lindo? Al que mete más goles, al que tira menos pelotas fuera de la cancha, al que tira un disco más lejos, al que levanta más peso o corre durante más tiempo sin desmayarse. ¿A qué clase de tarado le puede importar la cantidad?

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A no ser que me haya quedado hipnotizada con alguna serie nueva, a las cinco de la mañana ya estoy durmiendo. Ayer no fue la excepción. A las cinco y treinta y cinco yo roncaba despatarrada, con un brazo apoyado sobre la panza de mimarido, y la gata ovillada en el hueco del cuello.

Sin embargo, a las cinco y treinta y seis me desperté. De repente, sentí un ruido extraño: una llave tratando de entrar, desbocada y nerviosa, en la cerradura de la puerta del departamento. Después siguieron unos golpes contra la puerta, de nuevo la cerradura, y unos grititos histéricos. Me quedé dura, entre dormida y asustada, sin saber si el ruido era real. Era como si alguien quisiera abrir por la fuerza, pegándole a la puerta con todo el cuerpo.

Traté de despertar a mimarido, que duerme con auriculares puestos, mientras los golpes cada vez eran más fuertes y continuos. Ahora la puerta sonaba como un trueno. Se despertó, mareado, pero no entendía nada de lo que yo decía. Es más, pensó que era yo otra vez imaginando cosas raras en el patio. Así que para evitarme sus burlas, me paré y fui yo misma a averiguar quién quería entrar a matarnos.

Mientras caminaba hacia la entrada, empecé a escuchar insultos con acento raro. Mi estómago de achicó del miedo. Pensé en mimarido muerto, envuelto en una mortaja espontánea hecha de sábanas ensangrentadas, y me angustié como nunca lo había hecho.

Con una valentía rarísima abrí la puerta de un solo movimiento. Del otro lado, me sorprendió un grito estremecedor y el llanto de una nena.

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De todas las conductas absurdas e imbéciles que tiene el ser humano, las tres más graves son comprar revista Caras para completar el juego de cubiertos, tirar bombitas de agua en carnaval, y pedirle trabajo a San Cayetano. La última es, sin duda, la más grave de todas, porque carece de toda lógica. ¿Cómo funciona en la cabeza de los suplicantes la búsqueda laboral? ¿Los gerentes son los que fueron más temprano a hacer la fila? ¿Si le llevás más espiguitas de trigo te pagan mejor? ¿Si vas todos los años te volvés un empresario exitoso? ¿Y qué pasa con los ñoquis? ¿Son traidores demoníacos o fieles tan constantes y aplicados que consiguen un trabajo tan bueno que ni siquiera tienen que trabajar?

Hace un mes me olvidé mi tarjeta de débito en un cajero automático. Llamé para hacer la denuncia y luego de media hora de espera me atendieron y me aseguraron que en una semana me llegaría la reposición. Nunca llegó. Llamé nuevamente y me dijeron que haga el pedido por internet. Lo hice. Nunca llegó. En ese período no me dejaron sacar más de mil pesos por caja porque no era mi sucursal pero me debitaron todos los servicios como correspondía. Llamé a mi banco. Me quejé. Me dijeron que no tenían ningún pedido. Fui a mi sucursal, que queda en el microcentro. Hice una cola de media hora para hablar con un oficial. Me dijo que tenía una tarjeta en el correo pero que la intentaban entregar en mi vieja casa porque la dirección del correo no se actualizaba con la de la web. Pedí que me la reenvíen acá pero no se podía. Tenían que darme una clave de PELOTUDO-HOLA y yo tenía que irme hasta mi casa, activarla, llamar y preguntar ahí en dónde estaba mi tarjeta. Lo hice. Pero me dijeron que sólo yo podía recibirla. Les expliqué que no podía quedarme en casa todo el día pero insistieron. No hubo caso y accedí. Ayer finalmente llegó mi tarjeta. Un motoquero con cara de borracho me tocó dos timbrazos, ni me miró a la cara, y me dijo (cito textual): haceme un firulete acá. Hoy me despierta un llamado de atención al cliente, a las ocho de la mañana, para saber si estoy satisfecha con la atención. No me puedo acordar todo lo que los insulté. Trato y trato, pero les juro que sólo recuerdo un baño de sangre verbal que incluía la palabra "motosierra".

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Ayer a la tarde fui a hacer unos trámites personales con mi hermano Juan. Teníamos que ir a firmar papeles a lo del abogado y aprovechamos para ponernos al día. El habló mal de Orteguita, yo le conté las últimas monerías de la gata, y después compartimos anécdotas graciosas sobre mi madre.

Cuando volvíamos, paramos a tomar algo en un bar de Recoleta. Era un bar detestable, una de esas franquicias en las que tenés que ir a la caja, pedir lo que vas a tomar, pagarlo y llevartelo en una bandeja. Previsiblemente, las mozas eran lerdísimas y estuvimos un rato largo esperando que atiendan a paso de hormiga.

Por suerte, adelante nuestro sólo había una pareja en su primera cita y me distraje observando y analizando cada uno de sus gestos. Qué hacían con los brazos, qué pedían para tomar, cómo se reían y cómo hablaban de ellos mismos. Incluso hice una nota mental de esa situación para escribir algo al respecto en el futuro. Y así, esperando y espiando, pasó bastante tiempo. Hasta que un griterío me despabiló.

Justo cuando el chico de la cita estaba pagando, mi hermano pegó un alarido estremecedor. Fue como si hubiera visto un fantasma detrás del mostrador. Y yo, que normalmente ya hubiera empezado a pelearme con la cajera, no tuve más remedio que desviar mi atención por un rato.

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Si agarro al anormal que inventó el día del amigo, la semana de la dulzura, el día de San Valentín o los "desayunos delivery" no le dejo un hueso entero.

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Las personas que ponen pasacalles, que dedican temas en la radio, que compran muñequitos que dicen "te amo", o que le dedican tarjetas a "una personita muy especial" merecen morir solas como un perro.

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