Cada vez que miro televisión, que recibo publicidad por correo, que me invitan a participar de un concurso o que me quieren seducir con un descuento, me golpeo con una verdad que con los años se ha hecho cada vez más gruesa y evidente: la gente que trabaja en marketing es toda estúpida.
Sé que corro el riesgo de que muchos se enojen y me insulten, pero tengo que decirlo porque no puedo más. Desde hace más de dos décadas vivo con el peso de una vergüenza ajena que no me corresponde y me angustio por anticipado cuando me avisan que una empresa me va a mandar un regalo o va a lanzar un nuevo producto.
Y lo mismo me pasa con la tele o con la radio. Ni bien empieza una tanda publicitaria cambio de canal o huyo a hacerme un café (incluso cuando no quiero uno) sólo para ahorrarme el dolor de comprobar que otra vez a algún retrasado mental se le ocurrió poner a unos pibes con pecas saltando en gorrito para vender una mayonesa.
Es verdad, la publicidad tiene un dios aparte. A diferencia de la televisión, que se cancela cuando nadie quiere ver el programa o de los negocios que cierran cuando la gente no entra a comprar, la publicidad es una cucharacha que sobrevive al desprecio de los consumidores. De hecho, el zapping —y todo lo que el zapping conlleva— es un invento de la publicidad actual. Lo que parece un rally desenfrenado para recorrer la programación del cable antes de que termine la tanda es en realidad un escape terrorífico y contra reloj para esquivar a Fabián Gianola promocionando jabón o Luisina Brando hablando de su dentadura postiza.
Y por eso, justamente, tiene lógica que sea tan mala. ¿Para qué van a hacer algo bueno que nadie va a mirar? Sino fíjense en la excepción de esa misma regla: cuando la publicidad es creativa e interesante hacen un programa de TV exclusivamente dedicado a mostrar esa excepción. ¡Uhhhh, miren, hacia 1988, en Finlandia se hizo una publicidad buena! ¡Y no se la copiaron a nadie!
- Publicado por La peleadora a las 05:51 pm
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