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La verdad de la milanesa

Desde hace un poco más de una década, el cine argentino arrasa en los festivales internacionales. Se lleva varios premios, consigue financiación y se exhibe en salas comerciales al lado de Indiana Jones. Sin embargo, acá en el país, a pesar de que los productores lo nieguen, con suerte llegan a cubrir la inversión inicial. Algunas ganan un poco de dinero cuando se editan en DVD, pero la mayoría, créanme, no llena la sala ni los miércoles a la noche a mitad de precio. Y digo “algunas” y “los miércoles” para no parecer tajante. En la mayoría de las películas deben sobrar asientos incluso en la avant premier.

Salvo algunos de casos aislados (porque para ser sinceros, esos casos aislados son muy buenos), las películas argentinas son siempre así:

En las comedias, por ejemplo, la familia debe ser de clase media baja o directamente pobre, vivir en el conurbano y nunca, pero nunca, llegar a fin de mes. La madre lo debe gritar varias veces durante la película. Debe agarrar un repasador, indignada, y gritar que no tiene plata, que los precios están por las nubes o que el pan es demasiado caro y no lo pueden comprar. Ningún personaje bueno debe tener aire acondicionado (el aire acondicionado es de garcas); en el cine argentino los personajes nobles tienen pelopincho y ventilador.

En el jardín trasero, el hijo mayor debe haber construido una casita sencilla, de material, en la que tiene que pelear a los gritos con su esposa rolinga porque el bebé está enfermo y no tienen dinero para remedios. Debe haber presencia de mate, algún personaje viejo y gordo en batón, un poco de cumbia o chamamé, una adolescente que le pide plata a la madre y un padre fletero, mecánico, vendedor ambulante que hace lo que puede. Y no debe faltar una fiesta central. Una fiesta pobre pero muy alegre con mesas de caballetes, manteles de hule, una torta deformada, guirnaldas hechas a mano y mucha, pero mucha gente mal vestida.

Si, en cambio, la película es un drama, los personajes serán exclusivamente inmigrantes de países limítrofes, empleados de clase baja oprimidos por un jefe muy cagador (que antes interpretaba Arturo Maly o Carlos Roffe), delincuentes juveniles incomprendidos y adictos al paco, una mucama inocente que se enamora, un pueblerino con ilusiones destrozadas por una multinacional insensible. Debe haber al menos una pensión, un primo delincuente que vive un pueblo lejano, cuatro perros muy flacos, una casa con el frente a medio terminar, un indígena, una adolescente embarazada, un intendente muy chorro y una escena en la que unos amigos revuelven sus bolsillos juntando dinero para comprar una cerveza.

El drama más sensiblón o de protesta social explícita, en cambio, debe tener una escenografía del interior del país, abogados sin escrúpulos, un trabajador muy inocente y simple que es estafado, una comerciante barrial muy víbora, carnicería con cortinas de tiras de pvc, gritos de un cuarto a otro. Alguien debe ir a la cárcel y ser violado o golpeado con brutalidad. (Esa escena se filmará sin excepción). Y debe haber una escena de sexo horrible que intenta ser dulce (puede incluir lesbianismo inocentón) y una secuencia entera que tenga metáforas sobre la dictadura con una canción de Victor Heredia a modo de excentricidad.

Los personajes malvados deben ser todos iguales. Serán dueños de una oficina muy pulcra en donde se cogen a la secretaria, una turra bárbara que interpreta Leticia Brédice. Deben estar siempre en Puerto Madero, ser amigos de algún diputado y tener un auto oscuro con vidrios polarizados. Deben ser, además, maleducados, distantes, pedantes y estúpidos. Y la esposa del malo debe ofrecer cenas llenas de lujo en las que se burla de la mucama o del chofer. (La mujer es Elizabeth Killian o Thelma Biral, y siempre es borracha y usa corte de pelo carré).

Ya no existen (y me alegro) las épicas nacionalistas sobre próceres escolares, comedias para toda la familia con Fernando Siro y Landriscina o dramas intimistas con goteo tardío de la nouvelle vague. Graciela Borges (salvo para ridiculizarla como una borracha absurda), Graciela Dufau, Selva Alemán, Marta González se quedaron, de repente, sin trabajo. Los únicos que se salvaron fueron Manuel Antín, que puso una Universidad y Enrique Liporace, que como siempre hace de comisario, todavía puede llevarse preso —sin ningún motivo, por supuesto— a algún pobre y molerlo a palos en un calabozo con otros policías con bigotito y cara de cagador.

Hoy en día filmar películas con personajes de clase alta es un crimen frívolo e insensible, pero además es un delirio comercial. Si alguien quiere escribir una historia sin pobres debe que pedirle financiación a Zambia, porque a Francia (que es quien pone la plata) no le interesa ver como el personaje se compra un televisor. Francia quiere ver como un pobre mira la tele por la vidriera de Falabella mientras el estómago le cruje de hambre. La BBC y el Channel 4 invierten siempre y cuando haya folclore tercermundista. Quieren ver desaparecidos, romances proletarios, niños que revuelven la basura, mucamas maltratadas, dictadores corruptos, estudiantes asesinados, y —miren qué gracioso— inmigrantes que cobran cuatro pesos y no pueden pagar la pensión.

Y está muy bien. Cada autor es libre de filmar lo que quiere y de financiarse como pueda. Si el precio que hay que pagar para filmar es que nadie del elenco tenga dientes, a pagar. Pero yo tengo que decirlo: no soporto más el cine de pantalones agujereados. No soporto más el maniqueísmo absurdo de pobres buenos y ricos malos. No soporto más el cine de denuncia lleno de golpes bajos. No soporto más esta competencia nacional entre directores para ver quién filma al más carenciado de todos.

Ya es alevoso, es a propósito. Parece que la gracia es filmar como viaja una familia de mil seiscientos miembros en un fitito y no subirlos a un micro y contar una historia real de gente que —pobre o no, es circunstancial— sufre, se ríe, tiene problemas o supera una traba.

Yo les digo algo. Si veo una película más sobre un trabajador humilde que no hizo nada y un jefe o un policía o un político que lo humilla, me tiro de palito por la ventana. Estoy harta de ver lo mismo una y otra vez. La mitad de las películas argentinas son una misma saga infinita y monocorde sobre gente que no llega a fin de mes.

¿Quieren ser novedosos? ¿Quieren ser transgresores? ¿Quieren romper todos los moldes, hacer algo que nunca se haya hecho, deslumbrar a sus espectadores? Hagan algo. Filmen, por ejemplo, a alguien almorzando. Nada más. Solo un hombre y su milanesa. Pueden mostrar como la cocina, la condimenta, lava los platos. Incluso cuando come frente al televisor. Eso sería una verdadera revolución cinematográfica. Eso le daría un respiro al cine, agregaría volumen, matices. Alguien almorzando.

Porque yo les aseguro algo. Después de trescientas películas sobre pobres, si los espectadores argentinos llegan a ver a alguien que sí tiene para comer en una película nacional, no van a entender nada. Van a mirar la pantalla muertos de miedo y se van a tirar al piso, desencajados, como aquel día de 1895 que los hermanos Lumiere proyectaron por primera vez como llegaba el tren.

678 respuestas para “La verdad de la milanesa”

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  1. 678
    Alejandro Pereyra dice:

    Me gustaría que dijeras cuales son tus películas favoritas…te aseguro que podría desrozarlas de la misma manera que hacés vos…igual tus textos están llenos de falacias…

  2. 677
    Sebas dice:

    Hace una semana más o menos caí en el blog, y hace una semana estoy cual zombi leyendo una entrada tras otra, cada vez que tengo tiempo. Esta me pareció una de las mejores. Me reí mucho, como con las otras, pero me la creí más también. Casi como si escribieras estando enojada en serio, con enojo desde el estómago, no sé si se entiende. Lo que contás sobre las películas argentinas es exactamente lo que hace que a uno, para volver a someterse a ese tipo de experiencia voluntariamente, le tengan que pegar con un palo (lo cual anula el adverbio) . O invitarlo, porque es amigo de alguno que tuvo que ver con la película. Terrible después tener que mentir las impresiones que te produjo. Vos lo vivís allá, yo lo vivo acá con cada festival o ciclo de cine latinoamericano: la misma mierda deprimente, interminable. Últimamente sólo voy al cine para ver películas de ciencia ficción, y salgo feliz.

  3. 676
    Cólerorama dice:

    [...] La mitad de las películas argentinas son una misma saga infinita y monocorde sobre gente que no llega a fin de mes… [...]

  4. 675
    Twister dice:

    piojosa

  5. 674
    Twister dice:

    a ver si te llega pioja

  6. 673
    Laura dice:

    Es por eso que hace mucho tiempo no voy al cine. Prefiero ver cosas raras, de esas que jamás llegarán a las salas comerciales. Aunque las tenga que ver en el lenguaje original que no entiendo.

  7. 672
    Cee dice:

    No sé si alguien lo posteó pero ni hablar del nulo nivel diálogos en cine argentino. Parece que alguien les pegara si escriben un diálogo remotamenete escuchable

  8. 671
    Norwegian wood dice:

    Mis intercambios (o arrebatos) en la facultad  (cine) con mis compañeros pasa por esto mismo.

    Y tenés razón, sin duda la figura Padre en la última década es Trapero….ja! , el que fue a Cannes.. Pero Cannes al fin.

    Una anti-traperista.

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