La sillita III
—¿Y ahora qué?—le dije a la vieja, sin presentación ni ceremonia.
—Mirá, yo te molesto porque acá la señora Angélica me dijo que ayer por la mañana, vos y el chico que vive con vos se llevaron unas sillas mías a su casa. Ella las vio cruzarlas por la medianera—explicó la vieja mientras que giraba sus ojos como canicas dementes hacia todos lados.
—¿Qué?
—Entonces a mí lo único que me queda pensar es que ustedes me cambiaron las mías, porque yo las tengo hace tantísimo
tiempo y nunca se habían roto y estas que tengo ahora sí.
Mientras la vieja exponía sus paranoias seniles, un poco por pereza y otro poco por justicia divina, pensé que quizás lo mejor era terminar la discusión en ese momento. No valía la pena entrar en una pelea infinita con una mujer que claramente no estaba en su sano juicio. Yo no me merecía estar en una situación así y menos por treinta y seis pesos. A veces es mejor no confrontar y dar un paso a un costado. A veces (sólo a veces) es mejor no pelear. Así que hice eso. No confronté. Antes de que terminara de artícular la “t” de “roto”, le cerré la puerta en las narices y volví a trabajar como si no hubiera pasado nada.
Pero la vieja no cedió. Dos minutos después se prendió del timbre como un ternero de la teta de su madre. Tan grande era el escándalo entre el timbre y los ladridos de Gastón que mimarido tuvo que salir de la cocina para ver qué estaba pasando. Cuando llegó al living, se sorprendió al verme impávida, trabajando en la computadora como si reinara el más pacífico silencio.
—¿No escuchás?
—Escucho, pero elijo no atender.
Mimarido fue hacia la puerta, sin entender demasiado, pero reculó al escuchar un hilo de voz plañidero y loco del otro lado del palier.
—Todavía estoy acá y no me voy a ir hasta que no me escuches. Yo soy una señora mayor—dijo la vieja, apenas audible, desde el palier—Esas no son mis sillas.
Mimarido me miró, indeciso entre la risa y la indignación.
—Ojo que se trajo a otra vieja¬—le avisé.
—¿Qué otra vieja?
—Se trajo a la del 12 B. La del pekinés feo que se llama “Bombón”. Nos vio cruzar las reposeras y ahora cree que lo que pasamos por la medianera fueron sus sillas.
—¡Qué quilombo!
—El que armó el quilombo fuiste vos cuando le dijiste que le preguntara a otros vecinos si habían visto algo.
—¡Pero está loca! Si puede ver que nuestras reposeras no tienen nada que ver con sus sillas de plástico.
—Por eso, no le abras—le dije.
—¿Cómo que no abra?
—No, dejala en el palier hasta que se canse de decir incoherencias. Dejala ahí una semana, si no tiene nada para hacer.
Y eso hicimos. Pusimos música y retomamos las actividades. Al principio habló, tocó timbre, nos pasó una nota por debajo de la puerta, pero lentamente fue desistiendo. El día siguiente sólo vino dos veces a la tarde a hablar sola en el palier. Al otro día nos volvió a escribir en letra demente y temblorosa su pedido delincuente de anciana loca y hace unos días nos tocó el portero eléctrico a las ocho, cuando salía para pasear a su perro. El discurso era siempre el mismo: que soy jubilada, que sólo quiero mis sillas, que los voy a denunciar a la policía por robo, que tengo un hijo que trabaja en la municipalidad.
Mimarido creía que lo mejor era hablar con el hijo y plantearle el problema directamente. Decirle que su madre era insoportable y que nosotros no teníamos por qué padecer sus acosos de vieja lunática. Yo, en cambio, prefería ignorarla. Si el hijo la hubiera soportado, alguna vez la hubiera venido a ver. Y la verdad era que nunca lo había visto subir con una bandeja de masitas a tomar el té con esa mujer.
Con el correr del tiempo, la paranoia de la vieja se fue consumiendo como una vela, hasta que un día no vino más. La vimos de lejos paseando al perro pero ya nunca volvimos a hablar.
Hace dos días, sin embargo, una amiga nos fue a regar las plantas a casa y observó que una silla tenía el respaldo caído y los soportes estaban falseados. Las vacaciones me tienen lejos de casa y no puedo verificarlo, pero mientras mimarido cree que se rompió y nunca nos dimos cuenta, yo le grito a quien quiera oírme que la autora de esa traversura fue la vieja.
Como sea, si saltó la medianera para vengarse, merece mi respeto. Será una vieja lunática e insoportable ¡Pero cómo pelea esa mujer! Veremos si soporta lo que yo tengo para hacerle apenas vuelva a casa y se reanude la guerra.
- Publicado por La peleadora a las 09:48 pm
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April 30th, 2009 a las 2:55 pm
Simplemente BRILLANTE LO TUYO!
March 3rd, 2009 a las 1:22 pm
buenisimo!
February 3rd, 2009 a las 1:58 pm
831º !!!!
February 2nd, 2009 a las 5:13 pm
los viejos son todos iguales, hay que matarlos de chiquitos…