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La sillita

Cada vez que me estoy peleando con alguien tengo la horrible certeza de que un futuro cercano voy a necesitar algo suyo. Es justicia divina. Nunca preciso ayuda del vecino silencioso que me regala gajitos de plantas o me saluda a la mañana. En cambio, la terraza por la que hay que pasar un cable o el patio en donde cae la pelota siempre pertenece a la vieja con la que me agarré de los pelos en el palier.

Fuera de casa, en la calle, pasa algo muy parecido. La única ferretería que está abierta cuando se rompe la ducha del baño es la del carero al que insulté dos meses atrás y las mejores cerezas las tiene el verdulero al que acusé de ladrón cuando me puso tomates podridos escondidos debajo de la lechuga capuchina.

Yo lo sé bien, porque a causa de mi mal carácter durante toda la vida sufrí en carne propia estas represalias del destino. Cada pelea es un vecino menos, un proveedor prohibido, un negocio al que no puedo entrar. Me tuve que callar cuando entraron a mi casa a robar y nadie había visto nada, me tuve que joder cuando el instalador de aire acondicionado me cobró el doble para instalar el equipo sin que tocara la medianera del vecino, y tuve que lavar toda la ropa a mano cuando mi tintorería cerró por vacaciones y sólo quedó abierta la de la vieja que me había desteñido las toallas de colores y me las tuvo que pagar.

La vida del peleador es orgullosa y solitaria, pero además tiene ese condimento espantoso que tiene que ver con el azar. Para nosotros, los peleadores, el barrio es un campo minado. Cada vez que necesitamos algo de un vecino, seguramente sea un vecino con el que nos llevamos mal.

Hace un par de semanas, cuando llegó el calor, mimarido y yo fuimos a comprar muebles de jardín (nosotros, a pesar de vivir en un primer piso, tenemos un patio bastante grande: setenta metros cuadrados de mosaico) y elegimos unas sillas, un par de reposeras y una sombrilla de tres metros para protegernos de la mirada espía de otros pisos.

Compramos todo y luego de pelear para que un flete entregara el pedido el mismo día, al llegar a la puerta del edificio nos dimos cuenta que las reposeras tenían un problema: como eran de metal y de tela, la base no se desarmaba y era demasiado alta para entrar en el ascensor o para pegar la vuelta en la curva de la escalera.

Por más que probamos todos los ángulos que sugirieron los fleteros, nunca pasamos del segundo escalón. Según el pronóstico experto del peón más sabio, la única solución para entrar las reposeras era subirlas con una soga desde el estacionamiento hasta el patio de la vecina, y de ahí, pasarlas por la medianera.

Apenas me lo dijo, mimarido me clavo los ojos, fulminante. En vano traté de explicarle que yo nunca había hecho nada, que la culpa era de la vieja de al lado, y que en todo caso, la que me debía una disculpa era ella. Como mimarido conoce mi carácter supone que siempre es mi responsabilidad.

Unos meses atrás, la señora de al lado (una solterona insoportable, cuyo perro se llama Gastón) tocó el timbre para quejarse de que el ruido de mi batidora no la dejaba dormir la siesta. Al parecer, cuando a la tarde yo licuaba una gelatina con yogur, a ella “le temblaban las paredes”. Como era una anciana de apariencia inofensiva me reí. Le dije que iba a tratar de evitar la batidora en ese horario y se quedó contenta.

Pero un mes después, la solterona nos pasó una nota por debajo de la puerta y ya no me reí más. Según ella, alguna de las plantas de nuestro patio le daba alergia. Quería saber si podía pasar a revisarlas para ver si alguna flor, algún olor, alguna fruta de nuestro modesto jardín la estaba congestionando. Rotunda, me negué. Le dije a mimarido que esa vieja estaba loca y que si volvía a molestarnos con algún delirio iba a llamar a la policía para que la internaran en un loquero. Pero mimarido, que se burla de mi intolerancia, hizo oídos sordos y le cumplió el sueño a la vieja loca, que vino con su perro Gastón a oler las plantas y comprobó no tenían ninguna partícula viajera que le provocara un comezón particular.

Y eso fue todo hasta unos días atrás, cuando hizo por fin, su último numerito de anciana histérica. Una mañana, a eso de las ocho, cuando bajaba a pasear a Gastón, la vieja nos despertó con dos timbrazos.

Un poco asustada, entreabrí la puerta y la vi con una factura en la mano y una silla de plástico en la otra. Iba a despertar a Martín, pero no me dejó. Antes de que entendiera bien lo que estaba pasando, empezó a hablar con exagerado dramatismo de vieja histérica.

—Yo tengo estas sillitas desde hace nueve años, y nunca pasó nada. A mí no me importa lo que pasó ahora, ni cómo se les rompió, ni qué hacían ahí en mi patio. Ustedes sabrán…Lo único que me interesa es que me la repongan—dijo la vieja llorando, como si le hubiéramos matado a un hijo.

Mientras yo miraba a la señora, confundida, Gastón, el pekinés, ladraba desquiciado entre las chancletas de su dueña. No entendí de qué hablaba hasta que insistió.

—Yo no voy a hablar con la administración, pero yo me fui a dormir y la silla estaba perfecta y hoy me desperté y estaba rota la pata. Lo único, lo único que pido es que me la repongan, porque yo a ustedes nunca pero nunca…

—¿Qué?— interrumpí, de mal humor.

—Te traje la factura para que veas que yo no te cobro de más, que lo único que quiero…

—Señora: ni con mi casa incendiándose yo pisaría su patio. No sé qué delirio tiene esta semana, ni cómo llegó a la conclusión de que nosotros nos metemos por las noches en su casa a usarle las sillas, pero usted no está bien. No me vuelva a tocar el timbre. Ni para esto ni para nada. No quiero volver a tener noticias suyas.

Y le cerré la puerta para que no joda más.

Eso, hace tres semanas.

Ahora quería pasar por su patio unas reposeras.

Continuará…

1,596 respuestas para “La sillita”

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  1. 1596
    Maru dice:

    aay q grasa sos dijo el de arriba jaja,
    na che, estuvo bueno lo q lei, yllego a la conclusion q ser viejo, es al pedo jaja, yo estaria conforme con vivir hasta los 68
    y los vecinos, tener vecinos es insoportable, se saben todo los chismes, se pelean , te acusan, se meten en tu vida
    me gustaria vivir en una isla por un dia y todas las viejas amargas q hay en mi barrio, subirlas arriba de una palmera y q se qden ahi hasta q se mueran jaj, na, hoy estoy kejona
    porq me cruze con la mas chusma del barrio q me hizo una pregunta mas incomoda y metida , por dios, la detesto

  2. 1595
    joe dice:

    Hace un par de semanas, cuando llegó el calor, mimarido y yo fuimos a comprar muebles de jardín (nosotros, a pesar de vivir en un primer piso, tenemos un patio bastante grande: setenta metros cuadrados de mosaico) y elegimos unas sillas, un par de reposeras y una sombrilla de tres metros para protegernos de la mirada espía de otros pisos.

    Me quedo con este parrafo: Q grasa sos!

  3. 1594
    mariaM dice:

    :roll

  4. 1593
    mariaM dice:

    :? ??

  5. 1592
    Guada dice:

    Me recordo cuando iba a aquagym, las viejitas se creian con derecho a hacer uso y abuso de la pileta y de las duchasss!! sabes que dejaban sus pertenencias en las duchass!!! tuve que dejar de ir porq me resultaban intolerables!
    Muy bueno el cuento y los comentarios!
    Pasate por mi blog si queres, un beso

  6. 1591
    federiquito dice:

    Leo, puedo pedirte un favorcito? podés hacer un ranking de los primeros cien mil comentarios, a ver quien fué la persona que más comentarios hizo? te aclaro que no hay apuro, así que tomate tu tiempo.

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