La partida de alma
A la hora de pelear somos todos iguales. Yo, por ejemplo, no discrimino a nadie. Me peleo con niños en la plaza, con gerentes de banco, con vecinos molestos, con el santo de mi marido, y con cualquiera que busque complicarme la vida.
Sin embargo, hay una excepción. O mejor dicho un tabú. Hay un caso en el que no puedo pelear. Un caso en el que me inhibo. Un caso en el que me pueden pasar por arriba, estafarme descaradamente, atenderme mal o cobrarme un disparate que yo pongo la otra mejilla. ¡Incluso sonrío y agradezco!
A ese caso, en mi familia le decimos “la partida de alma”.
Cada tanto (sobre todo en los barrios), una familia decide abrir un negocio para subsistir. Hipotecan la casa, venden el auto o se juegan la indemnización de una vida para concretar el ansiado sueño de ser patrón. Tanto los padres como los hijos trabajan con la mayor de las ilusiones. Atienden con una sonrisa de oreja a oreja y reciben a los compradores con esos nervios de principiante que le resultan tan tiernos a la clientela.
En general, las partidas de alma se abren siempre en un local camaleónico que trae en su espalda millones de fracasos. Un local que fue pizzería, locutorio, polirubro, lavadero automático y remisería, y que sólo es noticia cuando abre y cuando cierra, quince días después.
Ponen, por ejemplo, una casa de comidas o un lavadero automático e intentan revolucionar el barrio proveyéndole a los vecinos todo lo que su predecesor les negó: bandejitas térmicas, servicio a domicilio, promociones interesantes, sonrisas al por mayor.
Sin embargo como no tienen experiencia, no hicieron un estudio de mercado apropiado y además cuentan con una inversión acotada, su oferta es escasa y previsiblemente se funden. Y claro, le parten el alma a todo el mundo.
No hay nada que me angustie más que descubrir que abrieron otra partida de alma en mi barrio. Y no porque los negocios familiares tengan nada en especial, al contrario. Sino porque cuando entro al negocio y sonrío sabiendo que se van a fundir, me siento como si me sentara a la mesa con un cornudo y su señora esposa. ¡Yo sé que se van a fundir! ¡Estoy segura! ¡Pero no puedo decirles nada de nada! ¡Tengo que simular que todo está perfecto!
Hasta hace unos años, atormentada por una culpa perezosa, fui siempre una clienta fiel de estos comercios. Sufría en silencio pero les compraba igual, como si pudiera evitar su inexorable destino de bancarrota. Pero cómo sufría. ¡Si ustedes supieran! Cada vez que me decían “Tenés que probar nuestras milanesas” o me avisaban que pronto tendrían más de dos gustos de helado yo me los imaginaba doblados de tristeza, poniendo sus bagayos tristes en el portaequipaje de un Renault 12 que había que empujar para que arranque, listos para mudarse a lo de una tía que tenía un cuarto de más.
Pero un día les dejé de comprar para siempre. Todavía recuerdo la última vez. Una mujer recién divorciada había alquilado un local diminuto sobre la calle Dardo Rocha, en San Isidro, para ofrecer unos panqueques que aparentemente eran muy populares en su familia. Un despropósito alevoso y sin futuro. Imagínense que en esa época se estaban mudando millones de oficinas a esa zona y no había lugares baratos para almorzar, pero esta mujer, en vez de darle de comer a todas esas secretarias hambrientas, quería hacer panqueques de Nutella para la hora del té. ¿Qué clase de iluso se propone subsistir con una panquequera y un poco de buena onda? ¿Si los panqueques viajaran cómodos y estables en una bandejita de plástico no los hubiesen ofrecido ya todas las rotiserías del microcentro?
Duraron dos meses; dos meses meses en los que sólo comí panqueques. Panqueques dulces, panqueques salados, panqueques volcados que venían con el relleno de afuera. Mientras que mis compañeros de oficina apostaban cuándo se fundirían, yo consumía toda clase de panqueques para ayudar. No podía comer otra cosa. Cada vez que intentaba llamar a otro lado para pedir una tarta, escuchaba la voz tierna de Juliancito, el hijo menor de la panquequera, diciendo “¡Mi mamá hace los mejores panqueques del mundo, una vez que pruebes uno vas a venir siempre!” “¡Chau! Avisanos si te gustaron!” Pobre Juliancito. Lo recuerdo repartiendo folletos con faltas de ortografía y se me hace un nudo en la panza. Debe haber tenido que comer paqueques hasta los dieciocho años para amortizar la inversión de su madre.
Ese invierno fue la última vez que compré en una partida de alma. Ahora, cuando veo que abrieron una partida nueva, cruzo de vereda sin mirar para atrás. No quiero saber más nada. Sé que se van a fundir el mes que viene y no puedo lidiar con eso.
Sin embargo, a veces, cuando sueño por la noche, Juliancito se me aparece pálido y tuberculoso en un camisón blanco parecido a una mortaja y me trae un panqueque de su mamá, que me como, culposa y amargada, en el borde de mi cama. Me susurra ¿Por qué no quisiste más panqueques de mi local? ¡Si todos hubieran comido un panqueque quizás…! No quiero vivir con la tía Chela, Carolina, comete otro panqueque.
Y a mí se me parte el alma de nuevo, como la primera vez que entré al local de su mamá y tuve que sonreir para disimular.
- Publicado por La peleadora a las 04:26 pm
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August 19th, 2009 a las 2:09 pm
Lo peor de todo, es que en la mayoría de esos locales se venden cosas de calidad, principalmente si son de comida. Me ha tocado ver cerrar 4 puestos de comida riquísima y siempre me he sentido culpable por no recomendarlos a mas personas, siento que también es mi culpa
además que me duele saber que no probaré más las tortas, o las hamburguesas, o los caldos de tortilla.
Yo no dejaré de apoyarlos jamás, pues esas empresas si merecen que les compremos, no como mcdonlads y walmart, entre otros.