Ayer a la tarde fui a hacer unos trámites personales con mi hermano Juan. Teníamos que ir a firmar papeles a lo del abogado y aprovechamos para ponernos al día. El habló mal de Orteguita, yo le conté las últimas monerías de la gata, y después compartimos anécdotas graciosas sobre mi madre.
Cuando volvíamos, paramos a tomar algo en un bar de Recoleta. Era un bar detestable, una de esas franquicias en las que tenés que ir a la caja, pedir lo que vas a tomar, pagarlo y llevartelo en una bandeja. Previsiblemente, las mozas eran lerdísimas y estuvimos un rato largo esperando que atiendan a paso de hormiga.
Por suerte, adelante nuestro sólo había una pareja en su primera cita y me distraje observando y analizando cada uno de sus gestos. Qué hacían con los brazos, qué pedían para tomar, cómo se reían y cómo hablaban de ellos mismos. Incluso hice una nota mental de esa situación para escribir algo al respecto en el futuro. Y así, esperando y espiando, pasó bastante tiempo. Hasta que un griterío me despabiló.
Justo cuando el chico de la cita estaba pagando, mi hermano pegó un alarido estremecedor. Fue como si hubiera visto un fantasma detrás del mostrador. Y yo, que normalmente ya hubiera empezado a pelearme con la cajera, no tuve más remedio que desviar mi atención por un rato.
- Publicado por La peleadora a las 05:36 pm
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