El mundo del revés
Ayer, apenas me desperté y miré la hora, supe que Any, la chica que limpia en casa, no iba a venir otra vez. Previsiblemente me levanté de un humor perverso, desayuné bufando, leí los diarios quejándome porque las notas son siempre las mismas, e hice la cuenta: yo tenía que entregar varios artículos durante el día y si me ponía a limpiar no iba a llegar. Lo mejor era huir. Así que me tapé los ojos con la mano, agarré mi computadora y la cartera, cerré la puerta sin mirar atrás, y me fui a escribir a un bar en Palermo.
Me subí a un taxi mientras trataba de organizar el día mentalmente, pero con el bullicio de la radio era imposible. Un conductor de voz chillona y ritmo monomaníaco no paraba de hablar sobre lo fabuloso que sería su programa ese día.
—Tenemos de todo. Música, el concurso por los DVDs , el reportaje de riesgo y en unos minutos nada más, Charly con los argentinos desde Barcelona. Ya yayayayaya venimos, quietos ahí…
Cuando empezó la pausa aproveché para retomar. En un papel empecé a garabatear todo lo que tenía que hacer y a asignarle una cantidad de tiempo razonable a cada tarea, pero no pude seguir mucho tiempo, porque el taxista me lo impidió.
—Me salgo de la vaina, eh—me dijo, muy serio.
Me quedé en silencio unos segundos, desorientada.
—No puedo más de la ansiedad ¿Y vos?
—¿Yo?—le dije, confundida.
—Sí, si no viene rápido Charly a contarme que dicen los argentinos desde Barcelona me tiro del auto. No puedo más de la intriga—replicó, con ironía.
Me quedé confundida unos segundos sin pronunciar palabra. No sabía si hablaba en serio o no. Pero por suerte, enseguida lo aclaró.
—¡Pelotudo! ¡Pelotudo!—gritó el taxista, estirando la cabeza hacia la radio del auto como si le pegara picotazos.
Miré hacia todos lados, aterrada. Esto normalmente se daba al revés. Yo decía esas cosas en el asiento de atrás mientras el taxista se reía locamente de las cosas que contaban en la radio.
—Pelotuuuuuuuuuuuuuuuuudo. ¿A quién carajo le puede interesar lo que dicen un par de boludos en Barcelona en la radio de Charly? Qué ganas de tirarme del auto… Y lo peor es que en todos lados es igual. El argentino que hizo tal cosa. El argentino que se cayó de no sé dónde. ¡Pelotudos de mierda!
En ese momento me preocupé. Un taxista me estaba robando el discurso. Pensé que me había leído en el blog y que esta introducción no era más que el preámbulo de una venganza sangrienta; que en unos minutos iba a tomar una calle oscura y lateral detrás de un shopping, me iba a insultar de arriba abajo y me iba acuchillar sin piedad por haber hablado pestes de todos sus colegas.
—¿Sabés qué? Perdoname que te hable—me dijo— Yo nunca hablo, me rompe las pelotas cuando los pasajeros me charlan de sus boludeces. ¿Cómo está el clima? ¿Sabe si va a llover?—dijo imitando una voz femenina— ¿Tengo cara de meteorólogo, yo? A mí, lo único que me tienen que decir es a donde van. Dirección. Nada más. No somos amigos, no nos contamos cosas.
—Claro.
—Y encima me tengo que aguantar a este pelotudo este durante todo el día porque la radio no cambia de dial—aclaró mientras toqueteaba furioso un botón del pasacasete derruido—¡Un programa buenísimo! ¡Lleno de cosas! Concursos de mierda, entrevistas de mierda, y ese Charly de mierda que me tiene las pelotas llenas. Todos los días dicen que el programa ese va a estar buenísimo y siempre es igual al día anterior. Nun-ca es buenísimo. ¡Nunca!
—Claro, sí.
—¿Sabés lo que pasa? La gente es estúpida. Eso es lo que pasa. A ese pelotudo que ves allá—me señala un taxi— lo conozco. Trabaja en mi parada. ¿Sabés de lo único que habla? De minas. De las minas que se le tiran encima en el taxi.
No podía creer que esto me estuviera pasando a mí.
—De minas, del viaje a Ezeiza que agarraron y cobraron en dólares, de repuestos para el auto… Entonces claro, escuchar a Charly desde Barcelona les parece buenísimo. ¡Pero es una mierda! ¿Me dijiste Armenia y El Salvador, no?
—Sí.
—¿Del lado de Armenia?
—Da lo mismo, voy a la esquina.
Paró el auto justo en la esquina y me cobró doce pesos justos. Le pagué con veinte, me devolvió ocho, mientras hacía su conclusión final.
—Perdoname que te hable, eh. Te juro que yo no hablo nunca nunca y si me hablan me hago el que hablo por celular. Prefiero una multa antes de escuchar las boludeces de la gente.
—Es que la gente es estúpida—le dije, solidaria.
—Es eso. ¡Pelotudos! Todos pelotudos.
—Exacto—le contesté, y cerré la puerta.
- Publicado por La peleadora a las 02:17 pm
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March 23rd, 2009 a las 9:48 pm
Woooooooooooooooow
En serio, me he leido casi todos tus post y este ha sido woooow, seguro pensaste que estabas en un mal episodio de Twilight Zone.
March 17th, 2009 a las 12:41 pm
Lo q daria xq me toque un tachero asi. Ultimamente estoy viajando en taxi mas seguido y TODOS me comentan alguna boludez
March 16th, 2009 a las 11:54 pm
¿A vos te pagan para escribir todas estas boludeces?
¡Qué desperdicio!