¿Quién golpea a mi puerta?
A no ser que me haya quedado hipnotizada con alguna serie nueva, a las cinco de la mañana ya estoy durmiendo. Ayer no fue la excepción. A las cinco y treinta y cinco yo roncaba despatarrada, con un brazo apoyado sobre la panza de mimarido, y la gata ovillada en el hueco del cuello.
Sin embargo, a las cinco y treinta y seis me desperté. De repente, sentí un ruido extraño: una llave tratando de entrar, desbocada y nerviosa, en la cerradura de la puerta del departamento. Después siguieron unos golpes contra la puerta, de nuevo la cerradura, y unos grititos histéricos. Me quedé dura, entre dormida y asustada, sin saber si el ruido era real. Era como si alguien quisiera abrir por la fuerza, pegándole a la puerta con todo el cuerpo.
Traté de despertar a mimarido, que duerme con auriculares puestos, mientras los golpes cada vez eran más fuertes y continuos. Ahora la puerta sonaba como un trueno. Se despertó, mareado, pero no entendía nada de lo que yo decía. Es más, pensó que era yo otra vez imaginando cosas raras en el patio. Así que para evitarme sus burlas, me paré y fui yo misma a averiguar quién quería entrar a matarnos.
Mientras caminaba hacia la entrada, empecé a escuchar insultos con acento raro. Mi estómago de achicó del miedo. Pensé en mimarido muerto, envuelto en una mortaja espontánea hecha de sábanas ensangrentadas, y me angustié como nunca lo había hecho.
Con una valentía rarísima abrí la puerta de un solo movimiento. Del otro lado, me sorprendió un grito estremecedor y el llanto de una nena.
Carolina:
(Con el cuerpo escondido detrás de la puerta)
¿Qué mierda estás haciendo?
Una mujer de unos treinta años, con su hija agarrada de la mano, me miraba sorprendida. No paraba de gritar y en el medio del shock, se puso a la nena en las piernas, como si yo, la dueña de casa, las fuese a atacar.
Mujer gritona:
Nosotros hemos rentado este apartamento.
Carolina:
(Refregándome los ojos)
Este departamento es mío.
Abrí la puerta para dejarla ver los muebles, los libros, la taza de té en la mesa de entrada con sonrisa burlona. Incluso arrastre el brazo como un botones que muestra por primera vez una habitación.
Mujer gritona:
(Mientras me sacudía unas llaves brillantes)
Pos no puede ser, nosotros lo hemos rentado por
Internet… Mi marido está subiendo las maletas.
Carolina:
Son las seis de la mañana, estás irrumpiendo en mi casa, y encima
te tengo que dar explicaciones… No tengo idea cómo tenés la llave
de abajo, ni en qué agencia alquilaste el departamento, pero ya
te voy avisando que en mi pasillo no duermen.
La nena se puso a llorar.
Mujer gritona:
¡Está asustando a la niña!
Carolina:
¿Yo? ¡Yo estaba durmiendo en mi cama y vos me trataste de
derribar la puerta a los golpes! ¡Casi me muero de un infarto,
tarada! ¡La que la está asustando sos vos, llevándola a un
departamento que no sabés en dónde queda!
Mujer gritona:
(Señalando el teléfono de la mesita de entrada)
Vamos a llamar a la agente de viajes para que le explique, entonces.
Carolina:
Desde mi casa, al único lugar al que vamos a llamar es a la policía.
Si me volvés a golpear la puerta, te mato. ¿Me entendiste?
Y cerré furiosa, de un portazo.
Intenté volver a dormirme por cinco o diez minutos, pero estaba tan nerviosa que no podía pegar un ojo. Fui a buscarme un té, y de paso, a espiar por la mirilla qué estaba haciendo la mujer. Supuse que ya se tenía que haber ido, pero me equivoqué: la vi de lejos, sentada en la escalera, llorando, abrazada con su hija, y la verdad es que me dio pena.
Pensé unos minutos si debía abrir o no. Después de todo, podía ser una gran operación para matarnos. Pensé en mimarido ensangrentado, en mi computadora nueva, y en toda la plata que habíamos gastado en chucherías últimamente, y me arrepentí. Si no abría y las habían estafado era una desalmada, pero si abría y me robaban todo, era una idiota.
Previsiblemente preferí ser una desalmada. Pero antes de irme a dormir, escuché que la nena le decía a la mamá que no llore, que papi ya iba a aparecer, y que la mujer le decía que papi se había ido, y no lo pude evitar.
A las puteadas por la extorsión sentimental, abrí. Le pregunté si podía llamar a su marido y me dijo que no, porque el celular que tenían era de Colombia. Le dije por qué no iba abajo a fijarse qué había pasado, y me dijo que ya lo había hecho, pero que estaba el palier vacío y tranquilo como un velorio. Después me explicó, ahogada en llanto, que su marido tenía los documentos, el dinero, el teléfono del agente de viajes, el papel del alquiler del departamento, y hasta los pasajes de vuelta y se puso a llorar histérica.
En ese momento, asustada por el ataque de su mamá, la nena también se puso a llorar a los gritos y despertaron a mi marido, que vino tambaleándose de sueño a ver qué pasaba. Yo me sentía Marsha Mason en “The goodbye girl” sólo que esta vez era al revés. La habían dejado a ella y yo tenía el departamento.
Un minuto después, se empezaron a escuchar más ruidos y pasos por la escalera. Pensé que alguien bajaba a quejarse, así que les dije que pasaran y traté de cerrar la puerta. Pero no pude. Una mano peluda y morena de hombre me lo impidió, agarrando el canto de la puerta con fuerza.
Me tiré hacia atrás muerta de miedo y una vez más me imaginé a mimarido ensangrentado, a la gata muerta con la lengua de afuera, y a mí degollada en la bañadera. Pensé todo en un minuto: ella montaba este show y cuando la dejabas pasar salía un hombre de la nada y te robaba hasta el último peso.
El hombre abrió la puerta y la mujer y su hija gritaron todavía más fuerte. Una suerte de alaridos de tren fantasma, como descargas eléctricas en la voz. Me tranquilicé, sin embargo, cuando la nena dijo “papi” varias veces.
Al parecer, el hombre les había dicho “tercer piso” y les había dado una llave, para que pudieran ir al baño mientras él le pagaba al taxi y subía las valijas. Pero ella había entendido “primer priso” y al tratar de abrir la puerta, se encontró conmigo adentro. Cuando yo me fui a dormir y la dejé en el pasillo, bajó a buscar a su marido, pero ya no había nadie. El, ya instalado en el verdadero departamento, se empezó a preocupar y llamó a la agente de viajes para preguntarle qué hacía, pero nadie contestaba el teléfono. Finalmente, cuando escuchó los gritos bajó corriendo y vio que yo cerraba la puerta con su familia adentro y se asustó.
Cuando terminaron la explicación yo estaba furiosa. A ellos les causaba gracia la confusión.
Mujer gritona:
¡Chao Carolina, qué pena lo que ha pasado, muchas gracias,
qué pena, qué pena!
Padre peludo:
Jajajjajaja. Dios la bendiga, Carolina.
Carolina:
(Saludando con la manito)
¡Qué Dios ni Dios! ¡Vayanse a la mierda!
- Publicado por La peleadora a las 03:44 pm
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February 10th, 2009 a las 2:21 am
Vivir en edificios de departamentos y no masacrarse unos a otros tendria que figurar como una de las mas grandes proezas de la humanidad.
January 8th, 2009 a las 10:14 pm
Genial , pero ni en pedo abroooo!
Caro todas las noche te leo , y cada vez me gusta mas lo que escribis =) besos desde tucuman !
December 4th, 2008 a las 3:52 am
Detras de esa mascara hay una carolina bondadosa que abre la puerta, inclusive con una vaga idea de terminar degollada en la tina.
Saludos!!!
p.d: No solo me enferman los que dicen "pri", sino los que dicen un numero, erroneo, porque alguien les gano de mano y encima, despues postean, para insultar al que les gano de mano. Para cuando la critica hacia ellos????