Critica de la Argentina | La Peleadora | Weblog de Carolina Aguirre / 35 entradas / 6,990 comentarios / feed / comentarios feed
En todas las colas existe una persona que no encuentra la billetera, una que distrae a la cajera hablando boludeces, y una que grita por el celular. Sin embargo, ninguna es tan molesta como la que “no entiende el vuelto”, un cabeza de alcornoque que demora la fila veinte minutos para reclamarle a la cajera que no le dio un peso cuando él pagó sus $99,90 con $100. Este necio tardón y problemático debería ser multado por la policía, y obligado a cursar primer grado de nuevo y a llevarle el boletín a la cajera a principio del año siguiente.

El supermercado desnuda el alma del consumidor. No hay forma de velar la pobreza, la tacañería, el celibato, los valores de colesterol o la depresión con un changuito en la mano. Nos delata la demora para elegir un queso, la cantidad de bifes que le pedimos al carnicero o la insistencia con la que pellizcamos fruta en la verdulería. Somos así de evidentes.

Sin embargo, mirar el changuito a veces arroja una interpretación azarosa y falible. Después de todo ¿Qué puedo inferir de una persona que lleva cuarenta botellas de vino y una caja de cafiaspirinas? ¿Que es alcóholico? ¿Que tiene una fiesta? ¿Qué está aprovechando una oferta? ¿Que las piensa revender en su almacén? Quién sabe. En el supermercado hay millones de perfiles de comprador.

Y sin embargo, sólo hay dos tipos de personas.

Como si fuésemos orcos y elfos, federales y unitarios, perros y gatos, en el supermercado, estamos los que le corremos hacia adelante el changuito a un comprador ausente, y los que se aprovechan de esa ausencia para robarse el lugar.

Yo soy, por supuesto, de las primeras y enemiga acérrima de los segundos. Los odio a muerte.

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Hay una clase de tonto negado y cargoso que vive pregonando que todo “es lo mismo”. Que todos los vinos son, en realidad, el mismo vino adentro de una botella distinta. Que Mar de Ajó es igual a la Polinesia y encima te ahorrás el pasaje. Que el té nacional saborizado y uno importado saben igual. Que todo es lo mismo, pero nosotros somos idiotas y no nos damos cuenta. Suerte que él (que es un detective privado, un sibarita avispado, un hombre de mundo) nos viene a sacar de la oscuridad.

Esta es la primera vez que voy a escribir en vivo y en directo; a diez minutos de haber concluido una pelea. Me motiva sólo el malhumor, así que no esperen reflexiones o ideas divertidas. Si este artículo tiene un mérito es el de la inmediatez y nada más.

A las tres de la tarde dejé la llave de mi nuevo departamento en la cerrajería para hacer una copia. Como es una llave “Panzer” tuve que ir a un representante oficial, que además de estar lejos, demora tres horas en hacer la copia (Si descubro a qué idiota se le ocurrió fabricar estas llaves, lo desnuco. ¿No se dan cuenta que si necesito una copia es, justamente, porque con la llave que tengo no me alcanza? ¿Y si se las dejo media tarde para que la copien con qué abro?).

Mientras me hacían la llave me tuve que ir a escribir al bar de los tés que está a diez cuadras de casa. Pero cuando llegué había una sóla mesa disponible, que además no tenía enchufe, así que mientras me pedía un té Oolong, le dije a la moza:

Carolina:
Me siento acá un rato, pero voy a necesitar enchufe así que
cuando se desocupe alguno de la pared ¿Me pasás?

Moza:
Ok.

A los diez minutos se desocupó una mesa, pero no me dejaron mudarme. Me dijeron que era para cuatro personas; que mejor me pasara a otra que ya se desocupaba en unos minutos y tambiéntenía enchufe.

Entonces me senté de nuevo, miré la hora, bufé, esperé, subí y bajé el colador del té para que infusionara mejor, y finalmente, luego de un par de minutos me pasaron a mi mesa.

Pero cuando fui a enchufar la notebook noté que no tenía enchufe. La pared estaba pelada. Así que llamé a la moza de nuevo.

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Cuando tenía ocho años, el doberman de una familia vecina me mordió la frente. Me dejó dos pequeñas cicatrices escondidas como cuernos en bajorrelieve detrás un flequillo que no pude cortarme hasta los doce.

Desde ese día los perros y yo estamos peleados. Cuando nos encontramos, ellos me ladran y yo cruzo de vereda. Y si no puedo, repito “San Roque San Roque que ese perro no me mire ni me toque” como una maniática. Nada más. Esa es toda nuestra relación.

Yo sé que mi enojo es un enojo injusto, arbitrario y emocional; que el perro no tiene culpa de nada. Pero convengamos que son animales pesados. Son cariñosos, pero también unas bestias dependientes y cargosas que se te tiran encima de la gente, tienen olores, no hacen caca en las piedritas y como si fuera poco, hacen un ruido infernal.

No hay nada más molesto que un perro de barrio ladrando como una sirena afónica durante toda la noche. O nada más asqueroso que un perro chorreando un hilo de baba grueso como una soga sobre tu pantalón. O más irritante que un perro chiquito y vestido ladrando con voz de pito en la entrada de un edificio. Pero malos, lo que se dice malos, no son, aunque me hayan cagado a mordiscones en el pasado.

Lo primero que me molesta de la gente con perro es que no entienden que su perro no es mi perro. No piensan que a mí quizás no me guste la saliva olorosa de su mascota impregnada en mi pantalón. Lo llevan suelto como si todos estuviéramos ansiosos porque nos ladre, nos mee la vereda o se nos tire encima para jugar.

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Es una regla universal: cuánto más feo y común el nene, más habla su madre de sus monerías.

Entre romperse una pierna jugando al fútbol y tener que salir a ver departamentos para alquilar, prefiero mil veces romperme una pierna.

Muchos van a decir que exagero; pero seguro son propietarios. Otros van a justificar la situación diciendo que hay pocas propiedades para alquilar y que eso complicó mucho el panorama; pero no es más que otra mentira. Buscar departamento siempre fue la misma pesadilla y eso nunca tuvo que ver con la oferta y la demanda. El terror de los inquilinos no está las propiedades sino en las inmobiliarias.

No hay patán más fabulador, más creativo y más sinvergüenza que el vendedor de inmobiliaria. Ni siquiera un estafador de profesión es tan chanta. Decirle “cocina americana” a una kichenette, “loft” a un sencillo monoambiente o “patio” a un pulmoncito techado no es una interpretación subjetiva de la realidad. Es un acto de violencia.

Jamás una inmobiliaria me dijo por teléfono que la propiedad tenía cucarachas, que era ruidosa, o que el edificio parecía un tren fantasma. Jamás de los jamases. Siempre me enteré al llegar, cuando el departamento me abrió sus puertas, feo y desafiante, como un narigón irresponsable que se describió por chat como un adonis.

A mí alguna vez me gustaría leer algo así, por ejemplo:

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De todos los pecados intelectuales que hay, el peor es creer que existe un arte “comprometido”, “con mensaje”, “profundo” y otro “superficial”. Le sigue la superstición de que el cine europeo es mejor que el americano (dividir el arte por nacionalidades ya es bastante tonto) y después, en tercer lugar, pensar que hay temas y géneros más importantes que otros.

Los mediocres que se inscriben en esta tendencia son los mismos que sostienen que hay películas “para pasar el rato” y otras “para pensar”, los mismos que desprecian la televisión en su totalidad, y por últimolos mismos que detestan a Spielberg y se emocionan con hasta las lágrimas con los soporíferos bodrios de Peter Greenaway.

A la hora de pelear somos todos iguales. Yo, por ejemplo, no discrimino a nadie. Me peleo con niños en la plaza, con gerentes de banco, con vecinos molestos, con el santo de mi marido, y con cualquiera que busque complicarme la vida.

Sin embargo, hay una excepción. O mejor dicho un tabú. Hay un caso en el que no puedo pelear. Un caso en el que me inhibo. Un caso en el que me pueden pasar por arriba, estafarme descaradamente, atenderme mal o cobrarme un disparate que yo pongo la otra mejilla. ¡Incluso sonrío y agradezco!

A ese caso, en mi familia le decimos “la partida de alma”.

Cada tanto (sobre todo en los barrios), una familia decide abrir un negocio para subsistir. Hipotecan la casa, venden el auto o se juegan la indemnización de una vida para concretar el ansiado sueño de ser patrón. Tanto los padres como los hijos trabajan con la mayor de las ilusiones. Atienden con una sonrisa de oreja a oreja y reciben a los compradores con esos nervios de principiante que le resultan tan tiernos a la clientela.

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Me irrita sobremanera esa política incómoda y miserable de edulcorante que tienen algunos bares en la actualidad. Al parecer, como algunas viejas ladinas se meten todos los sobrecitos de azúcar en sus pulgosas carteras, los mozos ahora te preguntan con qué tomás el café para darte dos sobres limosneros ¿¡Y si quiero cinco!? ¿Por qué tengo que andar mendigando y confesándole mi adicción al aspartamo a alguien que ni siquiera conozco?