El supermercado desnuda el alma del consumidor. No hay forma de velar la pobreza, la tacañería, el celibato, los valores de colesterol o la depresión con un changuito en la mano. Nos delata la demora para elegir un queso, la cantidad de bifes que le pedimos al carnicero o la insistencia con la que pellizcamos fruta en la verdulería. Somos así de evidentes.
Sin embargo, mirar el changuito a veces arroja una interpretación azarosa y falible. Después de todo ¿Qué puedo inferir de una persona que lleva cuarenta botellas de vino y una caja de cafiaspirinas? ¿Que es alcóholico? ¿Que tiene una fiesta? ¿Qué está aprovechando una oferta? ¿Que las piensa revender en su almacén? Quién sabe. En el supermercado hay millones de perfiles de comprador.
Y sin embargo, sólo hay dos tipos de personas.
Como si fuésemos orcos y elfos, federales y unitarios, perros y gatos, en el supermercado, estamos los que le corremos hacia adelante el changuito a un comprador ausente, y los que se aprovechan de esa ausencia para robarse el lugar.
Yo soy, por supuesto, de las primeras y enemiga acérrima de los segundos. Los odio a muerte.
- Publicado por La peleadora a las 06:30 pm
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