Critica de la Argentina | La Peleadora | Weblog de Carolina Aguirre / 75 entradas / 24,163 comentarios / feed / comentarios feed

Hace un mes me olvidé mi tarjeta de débito en un cajero automático. Llamé para hacer la denuncia y luego de media hora de espera me atendieron y me aseguraron que en una semana me llegaría la reposición. Nunca llegó. Llamé nuevamente y me dijeron que haga el pedido por internet. Lo hice. Nunca llegó. En ese período no me dejaron sacar más de mil pesos por caja porque no era mi sucursal pero me debitaron todos los servicios como correspondía. Llamé a mi banco. Me quejé. Me dijeron que no tenían ningún pedido. Fui a mi sucursal, que queda en el microcentro. Hice una cola de media hora para hablar con un oficial. Me dijo que tenía una tarjeta en el correo pero que la intentaban entregar en mi vieja casa porque la dirección del correo no se actualizaba con la de la web. Pedí que me la reenvíen acá pero no se podía. Tenían que darme una clave de PELOTUDO-HOLA y yo tenía que irme hasta mi casa, activarla, llamar y preguntar ahí en dónde estaba mi tarjeta. Lo hice. Pero me dijeron que sólo yo podía recibirla. Les expliqué que no podía quedarme en casa todo el día pero insistieron. No hubo caso y accedí. Ayer finalmente llegó mi tarjeta. Un motoquero con cara de borracho me tocó dos timbrazos, ni me miró a la cara, y me dijo (cito textual): haceme un firulete acá. Hoy me despierta un llamado de atención al cliente, a las ocho de la mañana, para saber si estoy satisfecha con la atención. No me puedo acordar todo lo que los insulté. Trato y trato, pero les juro que sólo recuerdo un baño de sangre verbal que incluía la palabra "motosierra".

Ayer a la tarde fui a hacer unos trámites personales con mi hermano Juan. Teníamos que ir a firmar papeles a lo del abogado y aprovechamos para ponernos al día. El habló mal de Orteguita, yo le conté las últimas monerías de la gata, y después compartimos anécdotas graciosas sobre mi madre.

Cuando volvíamos, paramos a tomar algo en un bar de Recoleta. Era un bar detestable, una de esas franquicias en las que tenés que ir a la caja, pedir lo que vas a tomar, pagarlo y llevartelo en una bandeja. Previsiblemente, las mozas eran lerdísimas y estuvimos un rato largo esperando que atiendan a paso de hormiga.

Por suerte, adelante nuestro sólo había una pareja en su primera cita y me distraje observando y analizando cada uno de sus gestos. Qué hacían con los brazos, qué pedían para tomar, cómo se reían y cómo hablaban de ellos mismos. Incluso hice una nota mental de esa situación para escribir algo al respecto en el futuro. Y así, esperando y espiando, pasó bastante tiempo. Hasta que un griterío me despabiló.

Justo cuando el chico de la cita estaba pagando, mi hermano pegó un alarido estremecedor. Fue como si hubiera visto un fantasma detrás del mostrador. Y yo, que normalmente ya hubiera empezado a pelearme con la cajera, no tuve más remedio que desviar mi atención por un rato.

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Si agarro al anormal que inventó el día del amigo, la semana de la dulzura, el día de San Valentín o los "desayunos delivery" no le dejo un hueso entero.

Las personas que ponen pasacalles, que dedican temas en la radio, que compran muñequitos que dicen "te amo", o que le dedican tarjetas a "una personita muy especial" merecen morir solas como un perro.

Desde el viaje de egresados de séptimo grado, cuando me enteré que todas las excursiones consistían en caminar como vagabundos por el monte, que no tenía semejante pico de malhumor. Ni siquiera cuando mimarido vació todas las bibliotecas para buscar un papelito, o cuando la gata se comió los auriculares por tercera vez consecutiva me poseyó una furia similar.

Pero el viernes pasado, por esas cosas de la vida, tuve que interactuar con una persona analógica y hasta el día de hoy sigo inquieta, perturbada, fuera de mi eje.

Carolina:
Hola, te mandé los comprobantes de pago por mail.
Cuando te llegue la transferencia ¿Me mandás los recibos?

Analógica:
Pero acá no llegó nada. Igualmente hasta que no vaya al banco no
puedo saber, después de eso sí, tendrías que pasar y te hago los recibos…

(La gente que dice que los mails no le llegaron, que pide confirmación o que pregunta si llegó un mail es toda analógica)

Carolina:
¿Pero podés ver la transferencia online y mandarme los recibos
por mail? Es el mismo banco, se acredita inmediatamente.

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Lo que más me cuesta asimilar y soportar de mimarido, es su condición de "tardón". Los "tardones" demoran años para hacer algo. Salir de la casa es un preámbulo infinito lleno de pequeñas actividades de último momento. Pierden las llaves, van al baño, comen algo, checkean los mails, encuentran las llaves, las vuelven a perder, se distraen con la gata, se olvidan la película que van a devolver, se dejan la plata en la mesa de luz. En fin, tardan. Como los taxis, tienen "bajada de bandera". Hay que pagarles por arrancar. Sólo que en vez de costar $4,18, cuestan veinte minutos. Y como si fuera poco, cuando una decide dejar de soportar que le digan "ya va" y "un minuto" por media hora se ofenden. Porque nunca es un minuto. Si fuese "un minuto" de verdad no llegaríamos tarde a todos lados.

Hay un tipo de empleado administrativo que está convencido de que su trabajo es una actividad esencial para el desarrollo de la humanidad. Tiene la fantasía de que está a cargo de una embajada o de un ministerio, entonces cuando les pedís el recibo de las expensas, que te de un acolchado sin ticket en la tintorería, o que te mande una moto a las cuatro y cuarto de la tarde, te da una lista interminable de explicaciones boludas que no le interesan a nadie. Yo entiendo que, para ellos, su trabajo, con sus reglas caseras o su política almidonada, sea muy importante. Pero a mí no me interesa. Me queda de paso. Son un trámite, una escena de transición, plasticola en la rutina. No puedo perder cuarenta minutos escuchando al tarado que arregla el control remoto explicarme con qué partecita de su boludo talonario retiro el producto. ¡No va a pasar! ¡Nadie guarda esos papeles! ¡Más vale que entiendas desde ahora que voy a perder el ticket y que vas a tener que buscar el sobre por mi apellido! ¡La vida es injusta, hamacate!

Sábado, 9.30 pm.

Pido un combinado de 60 piezas en un delivery de sushi, al que llamaremos Sushilandia (sí, somos dos cerdos y el nombre es bien grasa. Es que estoy muy enojada). Gasto $159

Sábado 10.45 pm.

Llega el pedido. Firmo la tarjeta de crédito. ¿Somos locos o bon vivants? ¿Podemos seguir gastando esta plata en sushi y no tener microondas ni haber colocado de nuevo el aire acondicionado desde la mudanza?¿Somos vulgares o extravagantes? ¿Somos tarados o víctimas de nuestra propia gula?

Sábado 10.48 pm.

Mi marido pregunta si no hay menos piezas que de costumbre. A fuerza de ser sinceros, la bandeja luce medio vacía. Busco los míos y no encuentro la mitad. Pero como él come tan rápido me cuesta contabilizarlos, porque van desapareciendo como un animal que se extingue minuto a minuto en la selva.

Sábado 10.56 pm

Me doy cuenta que faltan todos mis futurama rolls (8). De los demás, no tengo idea. Pero de esos estoy segura. Llamo furiosa a Sushilandia.

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Los espero con el malhumor de siempre.

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Estoy esperando pasar por abajo de un puente, cumplir años, o ver una estrella fugaz para pedir un deseo: que toda la gente que reemplaza los nombres por alguna chanchada vinculante como “tocaya”, “primo”, “padrino”, “comadre” se caiga de un precipicio. O no. Me conformo con menos. Con que una sola persona muera en mis narices luego de decir “¿Cómo le va, compadre?” me doy por hecha.