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Marce

Por Tomás Lüders
16.05.2009
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Estuvieron todos para los 20 años: Suar, Francella, Cacho Castaña, todas las generaciones de su elenco (Pablopachu, Freddy, Campi, Yayo…), y hasta Gasalla, que desentonaba un poco.

Sería fácil acusarlos de símbolos de los ‘90. Son muchos ‘los famosos’ marcados por aquellos años locos, o crazies, como se decía entonces. Tampoco toda marca de época es pecado mortal, aunque a veces se defiendan ‘modelos de país’ con ese argumento.

Pero no hay dudas de que una compulsiva modernización obturó en los ‘90 todo debate sobre el sentido de los cambios. Poder era deber. Y así se produjo una renovación del discurso mediático nacional, cuyas páginas y pantallas -hay que admitirlo- se habían quedado en la lógica ceremoniosa del blanco y negro.

Pero esa modernización también multiplicó al infinito el gran mito argentino de ser los mejores por nacimiento. Ya no hacían falta graneros, ni vacas, ni diegos: el mundo se orientaba hacia el sur para admirar nuestra viveza adaptativa.

Y si no nos miraban, como turistas con nuestro glorioso peso convertible viajábamos para hacernos notar. También viajaban los corresponsales de Marcelo, que se reían a carcajadas del extranjero… en el extranjero. Poco avispada, la víctima no argentoparlante no entendía que se la insultaba cuando se la llamaba a la cara “pelotudo”… o “goma”. Por un rato fuimos los jugadores estrellas del tablero financiero global, y la cosa fue dulce mientras duró el crédito. Nos sobraban las ganas de fiesta y risas, y Marcelo ponía la música.

Y es que con Marcelo, si no eras el feo de turno, la gorda de turno (“Deigorrrr”, gritaba José María con su novedoso celular en mano), el gordo de turno (“Dogorrr”), podías reírte tranquilo y a costilla suelta. Otros que caían siempre eran los viejos. La falta de educación mediática los hacía víctimas dilectas de las joditas de Marcelo. Eso sí, si te estabas quedando pelado convenía empezar a preocuparse: podías pronto recibir un “dolapeee” en pleno microcentro porteño.

Como es sabido, Marcelo, Marce, actualizó el lenguaje de todos los argentinos, y hasta aggiornó el muy platense “alverre”. Gracias a Marce, podíamos, por ejemplo, burlarnos de la intimidad erótica de los homosexuales con palabras que eran admisibles hasta en el salón del primario (perdón, del polimodal): bastaba decir “come bala” o simplemente “bala”. Las personas excedidas de peso pasaron a ser queribles “dogors”, y las personas de rasgos orientales (de cualquier origen), simplemente “ponjas”. Los dogors ya no tenían problemas para seducir mujeres, sino que “no tocaban una teta”, y los ponjas, bueno, los ponjas todavía no entienden nada, aunque ahora esté lleno de supermercados chinos.

Pero a Marce no hay que verlo como a un genio creador, sino más bien como a un gran intérprete de un espíritu de tiempo que se resiste a ir. Y cuando amaga a irse, justamente ahí vuelven Freddy, Pablopachu, Korol…

La tele de la que Marce todavía es el rey también nos enseñó cómo hacernos famosos sin esfuerzo, a pura viveza. Se montaron concursos de chistes, de habilidades curiosas, de canto, de baile erótico y hasta de frotación de caño. El arte del cabaret se volvió apto para ser consumido en la mesa familiar.

Pero cuando la resaca de la fiesta noventista nos empezó a pegar duro, Marce estuvo ahí para ocuparse de las “necesidades de la gente”. Y así, las necesidades básicas dejaron de ser derechos garantizados por el Estado para pasar a ser “sueños” que compiten por hacerse realidad. Hoy tiene la misma entidad el deseo de conocer a Mariano Martínez que la urgencia por obtener un transplante renal. Si su sueño es el segundo, entonces encomiéndese a las piernas de Pampita.

Para el programa de los 20 años, en una de las líneas de los bien guionados diálogos “espontáneos” de Marce con sus invitados, Adrián Suar, Adrián –el otro gran ganador del piso–, le reprendió a Marce el enorme costo de todo lo que no dejaba de anunciar: la participación de todos los elencos de todos los años, más chicas, más bailes, más cámaras, más viajes por el mundo. En la tele de Marce la cantidad tiene que ser parte del efecto de sentido. Y, si la inversión no se evidencia en lo que se muestra, es necesario hacerla explícita con todas las letras.

La obra dejó de valer por sí misma: tiene que dejar en claro que su factótum –Marcelo, o Adrián, o Susana o Mario– puede poner mucho. Ellos pueden conseguirlo todo por la gente, “aún en esta época” (Marce sic). Ahí están los muchachos detrás de cámara para aplaudir por nosotros, y ahí estamos nosotros detrás del detrás.

Después de todo, como le dijo el propio Marce sobre sí mismo a Rial, “a mí me encanta competir y ganar”, y desde los ‘90, las victorias del éxito se pueden demostrar con números, gracias al placer popular cuantificado en rating. Marce (y Adrián, y Mario, y Susana) nos ayudaron a naturalizar el éxito competitivo como virtud. Por eso hoy el rating es la forma de todo género. Todo se renueva bajo el estándar de la cantidad: más caro, más alto, más largo, más de más... más de lo mismo.

Para la vuelta, se parodió a Lost, “la serie americana más importante de estos tiempos”.  Marce nos había prometido, como cada año desde hace 20 años, una apertura más novedosa que ninguna otra: la novedad es el nombre cualitativo de la lógica del rating. Pero en la vuelta todo olía a nostalgia. La presencia de los elencos pasados tenía el sabor de un reencuentro con ex compañeros de curso, a pura joda y chicas ligeras.

Por eso, ahora que lo global ya no es sinónimo de viaje a Miami o Mc Donalds en la esquina, sino de crisis y pestes raras, en la que lo “oscuro setentista” nos obtura el “platinado noventista”, hay que seguir dándole alegrías a la gente.

Eso sí, en el nuevo Showmatch no todo es evasión. Marce siempre deja lugar al compromiso: “Vuelve el humor político”, nos anunciaba en su retorno aniversario.

Cuando se lo había acusado de frívolo y exhibicionista, los famosos danzantes empezaron a hacer gimnasia erótica por todo tipo de obras benéficas; cuando ahora se lo acusa de falta de compromiso, trae lo que considera humor político. ¿Es humor político el reírse de los defectos físicos y tics de candidatos y funcionarios? No importa. Con Marce seguiremos disfrutando de la ilusión de los ‘90, pero también nos vengaremos de los eternos villanos, de los que no saben darle alegría a la gente, de los culpables de todo. Con Marce, nos vengaremos de los políticos.

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Elena 46 años  | 

Creo que la nota da en el clavo. Tinelli expresa nuestra decadencia ideologica como sociedad. Es aguda,. Deja claro que todos somos responsables.

Cesar 37 años  | 

La verdad es que el tema es así y es bastante común que se lo enfoque de ésta manera. Pero justamente en lo común del enfoque y en lo rebuscado del lenguaje elegido, es que radica, en mi criterio, la flojera de la escritura. Abunda en adjetivos colocados solo de compromiso,como quien pretende que se note que escribe bien, pero logra el efecto adverso. El diminutivo "Marce", puede llegar a tener una carga poderosa si es usado con la ironía necesaria, pero para hacer ese uso hay que saber mucho del tema y tener un fondo ideológico tal que haga que ese saco no nos quede ni grande ni chico. El tema,por lo tanto, le quedó grande a este chico: Luders. Pero la intensión es buena y es lo que vale. Felicitaciones.

Eduardo 37 años  | 

Tinelli expresa lo que somos. Totalmente de acuerdo. Los políticos "se merecen" mucho más.

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