Mariana Mactas, desde Montevideo
04.07.2008
Inaugural. El escritor uruguayo comienza una lista que probablemente continúe con el arquitecto brasileño Oscar Niemeyer.
Los representantes del Mercosur decidieron dejar de hablar de “integración cultural”, esa cosa difusa que siempre queda subordinada a otras problemáticas, para transformarla en el primer hecho oficial vinculado a la cultura de estos países que nos han tocado: la declaración de Eduardo Galeano como primer ciudadano ilustre del Mercosur, inaugurando un nombramiento que, se dice, tiene próxima parada en la figura del centenario arquitecto brasileño Oscar Niemeyer.
Así lo dijo ayer Chacho Álvarez, presidente de la Comisión de Representantes del Mercosur, en una mañana de sol que magnificaba la vasta rambla montevideana, sobre la que se alza el edificio francés que alguna vez fue el Parque Hotel y ahora es sede de las oficinas mercosuriales.
Lo escuchaban unas setecientas personas que habían colmado el Salón Dorado. “A mí me dio mucha emoción que Evo se haya puesto a escribir él mismo, en la reunión de presidentes en la que hablamos de esta declaración –contó Chacho–. Fue una de las veces en las que noté que éste es un hecho trascendente, para agradecer a alguien que trasciende las ideologías y hasta los géneros literarios.”
La adhesión de Evo, claro, levantó los primeros aplausos. Decía, en una rara caligrafía: “Para el hermano Eduardo Galeano. Un gran escritor revolucionario que con sentimiento por la patria grande quitó las vendas de los pueblos para cerrar las venas abiertas de América Latina”.
Y Michelle Bachelet firmó: “Eduardo, ha ayudado como pocos al conocimiento de nuestra historia común y a las inevitables perspectivas del proceso de integración. Su emblemática obra, muy especialmente Las venas abiertas de América Latina, ha ayudado a varias generaciones de jóvenes de nuestra región a querer mejor a sus patrias y a entenderlas como parte de la construcción de una nación grande y común”. Y Cristina Fernández, en una larga carta que arranca así: “Alguna vez leí que usted prefería definirse a sí mismo como ‘un escritor que quisiera contribuir al rescate de la memoria secuestrada de toda América, pero sobre todo de América Latina, tierra despreciada y entrañable.
Como eso usted lo ha logrado sobradamente, si me preguntaran diría que, en ese ‘mar de fueguitos’ que describe aquel hombre del pueblo de Neguá que pudo subir al alto cielo y contemplar la vida humana, Eduardo Galeano es una de aquellas personas que arden la vida con tantas ganas que no se puede mirarlos sin parpadear. Esta distinción es tan sólo un pequeño acto de justicia, que no alcanza para retribuirle tanto fuego que nos ha dado”.
También hubo mensajes de Lula da Silva, de Hugo Chávez –“Eduardo marcó siempre nuestro norte y, como se sabe, nuestro norte es el sur”–, de Carlos Tomada, de Estela de Carlotto, de Alicia Kirchner, de Hermes Binner y de Miguel Lifschitz, entre otros argentinos. Hasta que una interrupción generó la primera ovación de pie, larga y espontánea del acto, cuando apareció el presidente electo –y obispo– de Paraguay, Fernando Lugo, que viajó a Montevideo sólo para estar presente y saludar a Galeano.
“No me hubiera perdonado no estar aquí –dijo, emocionado–. El pueblo ha secuestrado la voz de Galeano. Y la mantiene cautiva, en la trinchera de los sueños. Eduardo ha sido y es nuestra voz. Lo amamos, aun sin conocerlo personalmente, y estoy convencido de que hoy el Mercosur se anota una estrella en el cielo.”
El antropólogo uruguayo Daniel Vidart, amigo personal de Galeano, leyó un texto delicioso sobre su obra en el que se permitió incluso contar que en los márgenes de algún libro había anotado “aquí lloré”. “Como sigo llorando por dentro cada vez que lo releo.”
Cuando por fin le tocó la palabra, Galeano habló, pausado, acerca de la región, “el reino de las paradojas”, en un discurso que enhebró textos de varios de sus libros, anécdotas y observaciones vinculadas a Brasil, la Argentina, Chile –“¿no será hora de que en ese país que quiero tanto cambien el nombre de la avenida 11 de Septiembre, que recuerda a los verdugos, por el de Salvador Allende?”, y el aplauso lo obligó a una pausa– y Paraguay.
Dejó para el final, con la voz casi cortada por la emoción, la referencia a su país y a José Artigas (ver recuadro). Y así como se cerró el acto, la oratoria de quien pocos días antes había recibido el título de ciudadano ilustre de Montevideo fue reemplazada por los rumores en un ronroneo creciente. Se hablaba, claro, de la escandalosa ausencia del presidente Tabaré Vázquez.
Se sabe que Galeano tuvo una postura contraria a la del gobierno uruguayo con respecto al conflicto de las papeleras. Será por eso, o quién sabe por qué. Lo cierto es que el presidente uruguayo no apareció ni siquiera por escrito. Y en Montevideo, pueblo chico que estrena primer ciudadano del Mercosur, ahora no se habla de otra cosa.
Final del discurso de aceptación, con oda a Artigas incluida
Los mapas del alma no tienen fronteras, y yo soy patriota de varias patrias. Pero quiero culminar este viajecito por las tierras de la región evocando a un hombre nacido, como yo, por aquí cerquita.
Paradójicamente, él murió hace un siglo y medio pero sigue siendo mi compatriota más peligroso. Tan peligroso es que la dictadura militar del Uruguay no pudo encontrar ni una sola frase suya que no fuera subversiva, y tuvo que decorar con fechas y nombres de batallas el mausoleo que erigió para ofender su memoria.
A él, que se negó a aceptar que nuestra patria grande se rompiera en pedazos; a él, que se negó a aceptar que la independencia de América fuera una emboscada contra sus hijos más pobres, a él, que fue el verdadero primer ciudadano ilustre de la región, dedico esta distinción, que recibo en su nombre. Y termino con palabras que le escribí hace algún tiempo: 1820, Paso del Boquerón. Sin volver la cabeza, usted se hunde en el exilio. Lo veo, lo estoy viendo: se desliza el Paraná con perezas de lagarto y allá se aleja flameando su poncho rotoso, al trote del caballo, y se pierde en la fronda. Usted no dice adiós a su tierra. Ella no se lo creería. O quizás usted no sabe, todavía, que se va para siempre. Se agrisa el paisaje. Usted se va, vencido, y su tierra se queda sin aliento. ¿Le devolverán la respiración los hijos que le nazcan, los amantes que le lleguen? Quienes de esa tierra broten, quienes en ella entren, ¿se harán dignos de tristeza tan honda?
Su tierra. Nuestra tierra del Sur. Usted le será muy necesario, don José. Cada vez que los codiciosos la lastimen y la humillen, cada vez que los tontos la crean muda o estéril, usted le hará falta. Porque usted, don José Artigas, general de los sencillos, es la mejor palabra que ella ha dicho.