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Reforma y posible cierre

Una escuela en peligro

El Centro Isauro Arancibia recibe a 120 adolescentes de la calle. Autoridades y alumnos temen que el proyecto no continúe.

Candelaria Schamun y Tamara Smerling
23.06.2008

Alumnos. En el centro los chicos reciben educación primaria, cursos de formación profesional  y también talleres.

“Si cierran este espacio son unos hijos de puta. Te lo digo con las palabras de la calle”, dice Marcelo “Yimmy” Almeida, 27 años, cinco hijos. “Si los funcionarios están atrás de un escritorio y deciden estas cosas, te cortan la posibilidad de ser alguien, de estar atrás de un volante o de una computadora porque acá podés estudiar panadería sin tener que pagar y si cortan o transforman esto los pibes vuelven a la calle, a drogarse o a hacer giladas”, remarca el joven.

El Centro Educativo Isauro Arancibia funciona desde hace diez años y recibe todos los días a 120 chicos que viven en la calle, en las estaciones de Once, Retiro y Constitución, como Marcelo, que vivió en la calle y llegó al centro porque le avisó una compañera. Está ubicado en el tercer piso de Humberto Primo 2260, en el barrio porteño de Once. Ahora amenazan con cerrar parte de los talleres de Formación Profesional que se dictan en el lugar y con desconocer la experiencia que llevaron adelante durante una década sus autoridades.

Es que, en el espacio, los alumnos no sólo reciben instrucción básica para terminar sus estudios primarios con certificación oficial de la Supervisión de Centros Educativos dependiente del Área de Educación del Adulto y del Adolescente del Ministerio de Educación porteño sino que también reciben capacitación en oficios, talleres de arte, comen, desayunan, almuerzan, tienen atención en salud, se suman a colectivos de vivienda y se incorporan a bolsas de empleo. La mayoría llega al centro con sus hijos, que asisten al jardín de infantes que se abrió especialmente para asistirlos cuando sus padres entran al aula.

“Se trata de un centro educativo del área de adolescentes y adultos del Gobierno de la Ciudad que se abrió hace 10 años, en la sede que nos cedió el sindicato UOCRA, cuando empezaron a venir chicos en situación de calle. Tuvo un crecimiento grande: ahora contamos con 120 chicos que cursan sus estudios en dos turnos: mañana y tarde. Tenemos educación primaria, cursos de formación profesional a contraturno –como panificación, confección de ropa de bebés y talleres de radio, video, revistas– y además trabajamos con Puentes Escolares, que es un programa del Gobierno de la Ciudad que nos aporta recursos humanos y naturales”, cuenta Susana Reyes, fundadora y coordinadora del centro desde 1998.

María Brizuela, 22 años, viaja todos los días desde Quilmes con su hija Kiara, de dos años. “Hago un taller de radio y otro de panadería. Si esto se corta será un dolor muy grande para todos. Acá nos dan herramientas para saber cuáles son nuestros derechos y así poder aprender a que nos respeten como personas.” Al lado de María, Claudio Abrantes, de 26, asiente y asegura que hace sólo una semana que comenzó sus clases, que lo invitó una docente que trabaja en el lugar, durante un recital en Plaza de Mayo. “Para llegar puntual, duermo en una vereda a metros de la escuela. Quiero estudiar, porque si no no sos nada. Mi deseo es ser un pibe normal, como todos.”

Reyes asegura que, durante estos diez años, “pasamos por distintas gestiones de gobierno y cada vez contamos con más cosas”. Pero desde que llegó la nueva gestión de Mauricio Macri, las cosas se enrarecieron de tal manera que ahora temen que el centro deje de funcionar con todas sus actividades o directamente se cierre: “En esta nueva gestión, la Dirección de Adultos que dirige Leticia Piazenza y la supervisora de Centros Educativos, Patricia Castaño, que dependen del Ministerio de Educación del Gobierno de la Ciudad, se juntaron para reorganizar el proyecto pero jamás nos invitaron a esa reunión y no estuvieron representados ni la coordinadora ni los trabajadores y eso que hace 10 años que estamos acá”, dijo Reyes, y recordó que decidieron cortar los cursos de formación profesional para los chicos.

La coordinadora sostiene que los trabajadores quieren participar de las reuniones, porque temen que se cambien los programas o que, directamente, el proyecto no continúe. “Nadie vino a hablar con los maestros ni con los chicos; podrán tener las mejores intenciones pero desconocieron una experiencia de diez años y no nos tienen en cuenta para nada ni los lazos que se establecen con los alumnos porque es muy difícil relacionarse con este tipo de chicos, de una población tan vulnerada, donde no se puede cambiar un profesor por otro en un día. Sólo pedimos que se nos apoye y no que se nos hostigue en forma permanente. No conocen el centro ni a los chicos que van ahí y de todas formas decidieron quitar la consignación que tuvimos durante años y sin pedirnos opinión a todos los que trabajamos acá.”
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