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las cenizas a la cancha

Ni la muerte nos va a separar

Dos veces por semana, los fanáticos de Boca arrojan las restos de sus familiares en la Bombonera. En River hay 40 pedidos por mes.

Ángela Lerena
13.06.2008

Pasión hecha polvo. Las cenizas de varios hinchas y hasta ex jugadores –Prátola, en Estudiantes– fueron esparcidas en las canchas.

El Beto Alonso sueña con que su cuerpo sea cremado y esparcido por el Monumental. El ex defensor de Estudiantes Edgardo Prátola ya lo logró: sus cenizas están desparramadas en el estadio de Estudiantes. En Boca, manos anónimas aprovechan las visitas guiadas por la Bombonera para meter urnas de contrabando y vaciarlas en el césped.

En River calculan que, si los aceptaran, habría 40 pedidos por mes. La idea del descanso eterno bajo los botines de los ídolos es la quintaesencia del fanático, pero los clubes le tienen terror a la costumbre, que arruina el pasto y transforma a las canchas de fútbol en cementerios.

“En Boca está prohibido”, explica Carlos Bottaro, director de Obras, “porque la ceniza quema el césped deportivo, que es muy frágil”. Pero, además, los idealistas deberían conocer el destino poco honroso que tienen los restos de sus seres queridos: “Van a parar a la basura. Cuando vemos una mancha, tenemos que pasar la aspiradora”, explica.

La visita guiada que el Museo de Boca organiza por la Bombonera sirve para que, sin permiso, los osados arrojen la ceniza a escondidas. “Cada tanto aparecen las manchas. A veces dos por semana”, cuenta Bottaro.

En 1996, Carlos Bilardo puso el grito en el cielo cuando se enteró de los polvos misteriosos: cree que traen mala suerte. “A mí me pidieron que tirara cenizas en el área y salí corriendo”, cuenta Germán Zylberberg, ex alcanzapelotas de San Lorenzo, requerido para la faena en un partido contra Estudiantes, en 2002.

“Un flaco me contó la historia de su amigo y me dijo que quería tirarlo en el área. Le conté al encargado de los alcanzapelotas y me dijo ‘¡¿Estás loco?! ¡Mirá si le trae mala suerte a Saja y nos mata!’” En River agregan: “Aparte, la gente te empieza a llamar a los seis meses porque quiere volver a visitar a su familiar muerto. Y no nos interesa tener un cementerio”.

El que sí tiene un cementerio es Boca: aprovechó el furor por la tumba futbolera y tiene 300 parcelas con escudo azul y amarillo habilitadas en el Parque Iraola. La bosteridad está asegurada: toda la ornamentación tiene los colores de Boca. “Es un lugar más digno que tirarlas en el estadio”, dice su directora, Cristina Díaz (y más caro, claro).

Lanús no tiene miedo; ni al césped quemado ni a la mufa. El Granate permite que los hinchas más acérrimos descansen en el estadio. Guido Scasso murió de una enfermedad cardíaca a los 24 años y sus compañeros de tablón tramitaron la ceremonia: “Él aportó tiempo y dinero para que Lanús sea lo que es, y por eso el club lo homenajeó dejándonos esparcir sus cenizas”, cuenta Germán Pérez, cofundador de la peña que lleva el nombre de su amigo. “Está detrás del arco que da al polideportivo, adonde íbamos con Guido”.

En el extranjero, Manchester United de Inglaterra ofrece salones con vista al campo de juego para velorios. Pero está prohibidísimo que las cenizas se esparzan en el campo. “Eso perjudica el negocio”, asumen, sin doble moral, en la empresa Natural Endings.

En La Plata, dos celebridades lo han logrado. El ex futbolista Prátola, fallecido en 2002, yace detrás del arco de 1 y 57. El Loco Fierro, legendario barrabrava de Gimnasia, fue esparcido en la cancha del Lobo. El Beto Alonso, ídolo de River, confesó que sueña con descansar en el Monumental. El sueño de pasar la eternidad siendo pisoteado por el fútbol es a prueba de aspiradoras.
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