Casualidades. Sano conoció a su instrumento gracias a una profesora boliviana en el colegio japonés en que estudiaba.
Es oriunda de Seto, un pueblo chiquito de Japón, pero a los cuatro años empezó su recorrido por el mundo gracias al trabajo de su papá, un empresario que tuvo que recorrer Latinoamérica y Europa (México, Argentina, España) para exportar e importar productos.
Mari Sano conoció varios países y muchas culturas, pero algo –ella no sabe exactamente qué es– la trajo de vuelta a Buenos Aires, donde vivió desde los 10 hasta los 15, en una fecha en la que todos preferían escapar: “Llegué a Ezeiza el 20 de diciembre de 2001. Cuando venía por la autopista, miraba por la ventana y veía que todos los negocios estaban cerrados y las cosas parecían muy distintas, apagadas.
Finalmente llegué a mi hotel, que quedaba en Callao y Sarmiento y me reencontré con algunos amigos. Yo estaba brillante, ellos, en cambio, me preguntaban: ‘¿Para qué volviste?’. Al día siguiente, fui a sacar plata y no pude. ¡Todo era un desastre!”, rememora ella. Por suerte el tiempo pasó, las cosas de este lado del mundo mejoraron un poco y Mari se quedó en la Argentina, tocando el instrumento que había conocido en su primera estadía porteña: el charango.
“Lo conocí por casualidad, cuando una profesora boliviana llegó al colegio japonés en el que yo estudiaba acá en Buenos Aires. Ella nos había visitado para investigar la lengua japonesa, que al parecer es muy parecida al quechua.
El director de nuestro colegio se fascinó con ella y le pidió que nos diera clases de charango, porque ella sabía tocar. Entonces se puso de moda aprender a tocar. En esa época aprendí folclore boliviano, peruano y argentino”.
Pero el enamoramiento tuvo su época de rebelión: cuando volvió a su país natal, a los 15, Mari empezó a tocar en una banda de rock y abandonó la guitarrita norteña en el sótano de su casa. La reconciliación llegó un día en el que, durante un ensayo, las cuerdas de su bajo se saltaron.
“Saqué el charango para ponerle un poco de clima a la música que estábamos haciendo y mis amigos, cuando lo vieron, no lo podían creer. Les encantó el instrumento. Entonces perdí el miedo de mostrarme tocando algo diferente. Y no lo abandoné nunca más.”
Después de aquella reincidencia, Mari comenzó a engrendrar los sonidos que hoy hacen a su universo musical: un folk chiquito y étereo, ¡cantado en japonés!, que la llevó a recorrer los festivales de Cosquín, Tandil, Mar del Plata y Baradero.
“De recorrida por esos lugares, a veces me confundía y pensaba que estaba en Japón: allá hay una movida muy importante de trovadores que van de pueblo en pueblo llevando su música y sus payadas. A la gente le encanta porque, aunque pueden enterarse de todas las noticias de las grandes ciudades por la televisión o la radio o internet, son pocas las veces que tienen la posibilidad de tomar contacto con artistas; eso se da solamente cuando llegan los trovadores. Y la gente necesita ese contacto, esa sorpresa.
Lo mismo pasa en los festivales folclóricos de acá: uno está todo el día escuchando música, disfrutando de la unión con la gente”. Ése no es el único link que la japonesa encuentra entre su patria natal y adoptiva: “Me parece que tanto allí como aquí la música originaria se ocupa mucho de la naturaleza. Si en Japón las canciones mencionan mucho a la luna y a la siembra de arroz, en la Argentina cantantes como Atahualpa Yupanqui y Cuchi Leguizamón se ocuparon de contar lo linda que es su tierra. Ahí hay algo grande que compartimos”.
Su último disco, que ya terminó de grabarse pero aún busca sello (y que se presenta hoy y el miércoles que viene en el Centro Cultural Recoleta, Junín 1930, a las 20), ya tiene título: Amistad musical. Es que son muchos los amigos que Mari conoció durante estos siete años en la Argentina y que la ayudaron en la producción de su material: Sami Abadi, Florencia Ruiz, Facundo Guevara y Marcelo Lupis son algunos de ellos. Pero, fiel a su estilo, Mari se permite una aclaración: “Más importante que contar los nombres de las personas que trabajaron conmigo me parece contar las historias que me unen a ellos, ¿querés escuchar?”.