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recetas y secretos de penalistas

Manual del sacapresos

Saltaron a la fama como abogados del diablo. Pero son en realidad los profesionales más audaces del mercado. No los conflictúa tener que defender a Luis Valor, a Carlos Telleldín, a Rafael Di Zeo o al cura Cristian Von Vernich. Cómo hacen para sacar de la cárcel a clientes con mala prensa. Los límites éticos y la mentira como herramienta de trabajo.

Rodrigo Palacios
22.05.2008

Bogas. Babington, Stinfale, Burlando y Cerolini. La ley vive en ellos, pero conocen todas las trampas y los atajos, por eso son los más buscados.

Conoce a tu enemigo y conócete a ti mismo y, en cien batallas, nunca estarás en peligro”. El abogado Fernando Burlando está convencido de que el secreto para lograr la libertad de un preso está en esa frase de El arte de la guerra, de Sun Tzu. Lo dice mientras recorre su estudio de La Plata, construido a imagen y semejanza de la oficina de John Milton, el personaje de Al Pacino en la película El abogado del diablo. “En diez años no perdí ni un caso y tengo muy pocos clientes detenidos”, se jacta Burlando.

Los abogados penalistas mediáticos, los llamados “sacapresos”, representan para muchos de sus clientes una especie de salvación o última chance. Políticos sospechados, ladrones, asesinos y hasta famosos en problemas contratan sus servicios y se entregan a sus estrategias y consejos como si fueran los dueños de una receta que pocos poseen. ¿Existe una fórmula para lograr liberaciones que parecen imposibles?

“No hay un manual del estilo Doña Petrona. Es inteligencia pura. El abogado es el que pone la letra y la música. También depende del dinero que haya. Todos trabajamos por plata. La clave es estar un paso adelante que el resto y anticiparse a los hechos. Hay que atacar el punto débil del rival y buscar atenuantes para cambiar la calificación de la carátula y disminuir la pena. Todo pasa por la lógica y la experiencia; los libros no sirven para abrir celdas”, dice Víctor Stinfale, y detrás de él, sobre la pared de su despacho, cuelga un retrato de Al Capone.

Stinfale sacó de la cárcel al reducidor de autos Carlos Telleldín, detenido por la causa Amia –hoy también convertido en sacapresos–, y al fallecido José Barrita, alias “El Abuelo”, ex jefe de la barra brava de Boca. Pero cada vez que puede, se lamenta por aquello que no pudo ser.“Me hubiese gustado defender a (Alfredo) Yabrán”, confiesa. Y agrega: “No se hubiese suicidado”.

“Puede haber miles de trucos o trampas, pero depende del Tribunal que juzgue. Es como los árbitros de fútbol. Los hay duros y no tanto. Hay casos similares que son vistos de distinta manera. Por ejemplo, en el Juzgado de San Isidro puede concluir con una probation y en el de Morón con una condena más dura. A veces, tener de abogado a un mediático es una presunción de culpabilidad”, dice Roberto Babington, ex abogado de Luis Valor (ex líder de la superbanda), de los 100 procesados como “ñoquis” en la Municipalidad de Ituzaingó y de los jefes de la Fuerza Aérea imputados en los accidentes de LAPA y Austral, todos libres.

De victimario a víctima. Juan Martín Cerolini es abogado de Rafa Di Zeo, ex jefe de la hinchada de Boca, preso en Marcos Paz, y de William Schlenker, el barrabrava de River imputado en el crimen del hincha Gonzalo Acro. “La estrategia con Di Zeo fue humanizarlo y tratar de demostrar que fue víctima de la interna política del club”, explica, muy cómodo, en su estudio. “En el caso de William, en cambio, pienso que no tuvo dominio del hecho y que no fue capaz de planificar un crimen”, dice. También defendió al ex jefe de la Policía Federal, Roberto Giacomino, y al ex capellán de la Policía Bonaerense, Christian Von Wernich, condenado a perpetua por siete crímenes y 32 casos de tortura cometidos durante la dictadura militar. “Defendí a violadores y represores porque todos tienen derecho a una defensa, aunque en esos casos la perpetua es inevitable. No hay estrategia que valga”, admite.

Con Horacio Conzi, condenado a 25 años de prisión por el homicidio de Marcos Schenone, buscó que sea declarado inimputable para evitar la cárcel. “No hubo un libreto armado. A mis defendidos les digo que no frenen sus sentimientos. Una vez defendí a un hombre que mató a su esposa por infiel. Apuntamos como atenuante a los maltratos que recibía de la víctima y le dieron 12 años en lugar de una pena mayor. Otra estrategia es si un acusado se droga, utilizarlo como algo que lo pudo haber hecho perder la cabeza al momento del hecho”, dice Cerolini.

Mentir, como en el truco.
Burlando dice que en derecho penal la mentira es un artilugio posible: “Se libra una guerra contra la otra parte para convencer al juez –explica– y se puede mentir, mientras no queden cabos sueltos y la coartada sea perfecta. De hecho, que alguien no pueda declarar en su contra ya permite el engaño”. En un caso logró que su cliente, acusado de crimen pasional, fuera absuelto por emoción violenta. Pero tres meses después el hombre mató al amante de su ex esposa. “No lo volvimos a defender”, dice.

Cerolini necesita, antes de asumir una defensa, que sus clientes le cuenten la verdad. Lo considera fundamental. “Soy como su confesor. Los descubro cuando me mienten. Lo mejor es hacerle un escrito prolijo, que lo firmen y declaren por escrito”, dice.

Stinfale piensa distinto: “No me importa lo que hicieron. No necesito explicaciones, sino una historia que cierre. Hay que focalizar sobre el hecho, sin vueltas. A un inocente lo hice declararse culpable porque la causa estaba armada y se venía una dura condena. Lo mejor fue buscar el castigo más suave. En Derecho hay que saber mentir, como en la vida. Conozco un caso de un ladrón que limó el arma y le sacó las balas. Eso ya no es robo calificado”.

Los abogados consultados coinciden en que el acusado debe negarse a declarar en la etapa de instrucción. “A los narcos, asaltantes y asesinos los quiero en silencio. Creo que un policía o un político deben hablar en el juicio porque se los pide la sociedad”, dice Cerolini. Stinfale cuenta que varias veces tuvo que “patear sillas y pegar codazos” en la sala de indagatoria. “La justicia es el reino de la subjetividad. Vale más un escrito a tiempo que una huelga de hambre de un preso o una postura mediática”, dice Babington.

Embarrar la cancha.
“La de abogado es una profesión de riesgo. Hay que ir al filo del Código Penal. Las nulidades o los pedidos de pruebas a veces buscan desviar la atención y causar demoras en los tiempos procesales. Hay tecnicismos que convencen a los jueces. Las excarcelaciones suelo pedirlas en el período de elecciones o el viernes porque hay jueces que resuelven a favor sobre el fin de semana para que no haya rebote en la prensa”, dice Stinfale.

Alfredo Pesquera, empresario informático, fue absuelto el 18 de diciembre de 2002 en el juicio por la muerte del cuartetero Rodrigo. Fernando Burlando, su defensor, ante la falta de testimonios favorables, atacó la pericia accidentológica oficial y la enfrentó con los dichos de los testigos. “Fue un triunfo porque el fiscal pedía 13 años de prisión y el país idolatraba a Rodrigo”, dice Burlando, líder de un estudio de 20 abogados. Ahora defiende a cuatro ex gerentes de Skanska: “Logré que la empresa les pagara indemnizaciones millonarias”, se jacta.

Burlando es uno de los emplea la estrategia de inventar historias en medio de un alegato. Se convierte en un narrador oral. En el juicio a Pesquera, comparó a los fans de Rodrigo con Jeremías Jackson, un hombre que vivía en un hospicio y se creía Napoleón. Todo era ficción. “Hay que adoptar una postura teatral para que nadie se duerma. En otro juicio hablé de un ladrón griego. Me encanta la mitología”, dice.

Cerolini piensa que no hay que desviarse de la acusación: “No hay que irse por las ramas. Para defender a una persona no hay que ser doctrinario, sino conciso. Mis escritos son breves. Mi lema: nunca mientas al cliente, no mires a su mujer y no generes más expectativas de las que puedas cumplir. Seremos los abogados del diablo, pero somos los únicos que le sacamos plata”.
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