Marcelo Fernández Bitar
18.11.2009
Celta con la gaita. Carlos Núñez encuentra las huellas de su instrumento en Brasil.
Carlos Núñez es un músico con un largo historial de visitas a la Argentina, pero éste es un viaje más que especial: mostrará en vivo la genial locura de su último álbum, donde se tomó el trabajo (y el atrevimiento) de buscar (y encontrar) la presencia celta en Brasil. El recital será esta noche, en el Teatro Coliseo, pero el hombre no ha perdido tiempo desde que el lunes aterrizó en Buenos Aires: ya dio buena cantidad de reportajes, hizo ensayos y hasta una clase magistral sobre la gaita y la música gallega que tanto defiende y ama. En una breve pausa, charló con ganas sobre su actualidad y los próximos proyectos.
–¿Cómo conviven en vivo las canciones anteriores con este material?
–El punto de partida es este nuevo disco, claro, con estos descubrimientos celtas brasileños, pero también habrá pinceladas de aventuras anteriores como las colaboraciones con Sakamoto, bandas de sonido como la de Mar adentro, o cuando tocamos con la gente del flamenco. Pero el esqueleto del show será básicamente lo de Brasil. Fue fácil adaptarlo al vivo, es música que viaja muy bien.
–En el disco se ven las demostraciones de tu hipótesis. ¿Quedaron muchos intentos fallidos en el camino?
–La verdad es que en todas partes encontré el componente galaico o gallego, tanto en modos medievales o ritmos como en fórmulas que venían del mundo de la gaita o la melodía europea. Pero hubo cosas que dejé un poco de lado, por ejemplo la bossa nova, donde si bien encontré un mundo basado en componentes modales –¡hasta el último disco de Milton, donde el primer tema es un ejemplo clarísimo!– me pareció que no era necesario tocarlo. Era más interesante lo que venía de otros estilos.
–¿Tus colegas aplaudieron la iniciativa o decían que estabas loco por intentarlo?
–La música brasileña tiene muchos aportes musicales: melodía europea, groove africano y desde un japonés hasta un francés pueden tenerla interiorizada. ¡Hasta cené dos días con Sakamoto, que estaba por España, y me dijo que le encantó el disco! Me planteó probar algo similar con Japón, un punto de vista muy interesante porque Portugal llevó esa música a Japón con los jesuitas. ¡Hubo manipulaciones genéticas de los jesuitas con la música!
–Entonces ya sabemos qué harás en 2010.
–Japón quedará para más adelante: primero vendrá un DVD. Hemos filmado estos tres años de viajes por todo el mundo, con los encuentros con Carlinhos Brown, Lenine, las visitas a las scolas de samba, Adriana Calcanhotto, todos esos momentos. Hay más de cien horas rodadas, cámara al hombro. Brasil me ha abierto las puertas arriba y abajo: músicos de la calle, favelas, y también la punta de la pirámide, todos superinteresados en la conexión lingüística, porque nadie antes había buscado una influencia diferente de Lisboa. Por alguna razón, percibieron que había algo en todo esto. Y si hay algo que el brasileño tiene, es instinto para el éxito. Y deben estar aburridos del cliché de samba, bossa nova y carnaval. Esto es otra cosa para un país que siempre tuvo un discurso africanista.
–Hay Brasil para rato, pues.
–¡Es que la historia de Brasil siempre había sido contada desde la visión de Lisboa y nunca de Portugal del norte, con gaita! La carrera por América la grabó la guitarra, mientras que la parte medieval ha quedado en el interior del país. Es fascinante, porque hasta aparecieron cuadros de negros bailando con castañuelas.
La historia del bisabuelo
En Alborada do Brasil, Nuñez cuenta que el origen de la conexión brasileña –“brasileira”, dice él– fue la siguiente: “Mi bisabuelo tocaba el bombardino y hacia música europea de valses y polcas. Un día se fue a Brasil y no se supo nada más de él. Nos dijeron que lo habían asesinado por celos. ¡Pero en realidad se quedó en Brasil, cambió su nombre y lo encontramos! En Brasil, los gallegos se hacían brasileños. De hecho, al brasileño lo entendemos mejor que al portugués, porque es un galaico portugués del 1500. Es como un gallego antiguo”.