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PANORAMA INTERNACIONAL

Historia visible e historia esotérica

Alfredo Grieco Y Bavio
15.11.2009

Con esa prudencia a la que los han resignado los sobrios años de la República Federal (la ya vieja Bundesrepublik, la occidental, la que tenía su capital en Bonn), los alemanes evitaron consagrar el 9 de noviembre, día de la caída del Muro, como feriado nacional. Los motivos son menos obvios que el respeto por quienes convivieron cincuenta años con el comunismo. Son históricos. Un 9 de noviembre, en 1938, fue la Noche de los Cristales: agitadores nazis, en un ensayo general del Holocausto, destruyeron sinagogas y viviendas de judíos alemanes. Veinte años atrás, otro 9 de noviembre, el Káiser abdicó y abrió el camino para la firma del Armisticio: en el medio siglo en que le tocaría el protagonismo de todas las catástrofes, Alemania había perdido su Primera Guerra Mundial.

VEINTENIO BLANCO. En las celebraciones que esta semana reunieron a la ex militante comunista germano-oriental y actual canciller democristiana de Alemania, Angela Merkel, al ex secretario general del Partido Comunista de la Unión Soviética Mijail Gorbachov, al ex líder sindical y ex presidente polaco Lech Walesa y aun al ex presidente republicano de Estados UnidosGeorge Bush Sr, no faltaron las voces que evocaran lo sucedido en 1989 en términos de milagro. Que el líder del sindicato Solidaridad pudiera llegar poco después a la presidencia de Polonia era un milagro certificado desde el Vaticano por el pontífice polaco Karol Wojtila; no menos milagroso fue, sin embargo, que demasiado pocos años después elecciones impecablemente liberales trajeran de vuelta a los comunistas al poder, y que Walesa viera decrecer su popularidad.

PALIMPSESTOS. La Caída del Muro trajo entre sus consecuencias inevitables la expansión al Este de la Unión Europea, que ahora tiene 27 miembros. No trajo, en cambio, esa prosperidad inmediata que el ex bloque soviético había imaginado. Era esperable que surgieran a la vez, como reacciones, una nostalgia por los tiempos del comunismo –en los que el Estado aseguraba el pleno empleo y la homogeneidad del paisaje social–, y una derecha xenófoba, ultranacionalista y exaltatoria. Para algunos, como para el esloveno psicoanalizante Slavoj Žižek, la añoranza es una forma de duelo antes que un activo movimiento de recuperación de aquel pasado.

VEINTENIO NEGRO. La reciente formación en Hungría de una asociación europea de partidos de extrema derecha marca una tercera forma de reacción a la caída del Muro. Acaso más paradójica. Es un anticomunismo militante. La forma de razonamiento que llevó a esta reacción es clásica, al menos en el esoterismo. Si el capitalismo es el bienestar, y el bienestar no ha llegado, ¿cuál es la explicación? Que en realidad no hay capitalismo, sino que bajo otro nombre los comunistas siguen gobernando. Nada ha cambiado entonces. Los acontecimientos de 1989 se interpretan como los de 1945: los comunistas son los que ganaron con la Caída del Muro, y Hitler ganó la Segunda Guerra Mundial.

TIEMPO PERDIDO Y RECOBRADO. El peso inerte del pasado, contra el que hay que luchar, había sido uno de los temas preferidos del socialismo “realmente existente” para explicar sus propios fracasos, o su incapacidad para llegar a los niveles de vida, a las cuotas de producción, que científicamente debía lograr. Es una explicación que se repite hoy en el Este de Europa, en Ucrania, en Georgia. Los comunistas siguen gobernando; por debajo de la celebración del 9 de noviembre está la celebración sádica de la derrota del Káiser, la elección humillante de la fecha del triunfo nazi sobre los judíos.

OBAMABUSH. En América Latina, especialmente en su “Eje del Mal”, la victoria del demócrata Barack Obama fue recibida con ambigüedad. Las celebraciones fueron opacadas por declaraciones de que por debajo del negro de su piel estaba el mismo blanco de George Bush Jr. Así lo dijo esta semana, aunque no con estas palabras, el líder bolivariano Hugo Chávez (foto) en su repetida denuncia de las siete bases que los norteamericanos dispondrán en Colombia.

CHILECHINA. Más inquietante que la firma misma del tratado entre Washington y Bogotá resulta la admisión, por parte de las autoridades norteamericanas, de que ya estaban haciendo uso de esas bases antes de cualquier formalidad diplomática. Los expertos sostienen que los pertrechos militares, las armas, los transportes, los efectivos destinados a estas bases exceden con mucho los necesarios para el control del narcotráfico a los que supuestamente están entregados en el contexto del Plan Colombia de auxilio a las autoridades de Bogotá. Para algunos, excede aún a Sudamérica, y son una importante plataforma para acciones en África, un continente olvidado en la era Bush, y al que Barack Obama presta una renovada atención, en parte para competir con la presencia china siempre creciente. Las próximas elecciones presidenciales chilenas traen al primer plano mundial a un país que también volvió a la democracia en 1989. Y que debió su crecimiento económico al autoritarismo político. Como en China, la pregunta es la misma que en el conspiranoico Este europeo post Muro: si la democracia, en vez de ser motor del desarrollo económico, no obra más bien como impedimento.
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