Autores. Lucas está por publicar Sobre un tipo de sufrimiento. Pratto ya sacó su poemario Cría y Oyola, premio Dashiell Hammett, Chamamé, Santería y Kryptonita.
Es el pasado que regresa. En pleno siglo XXI, cuando parece que el lugar para las lenguas relegadas ya no existe o que unos pocos grandes idiomas se imponen con paso de elefante, el pasado regresa. Eso sí: lo hace con cierta discreción, al menos, en los textos de escritores tan disímiles como el novelista Leonardo Oyola, el poeta, librero y documentalista Hernán Lucas y la analista de sistemas y poeta Laura Pratto. Cada uno de ellos, que se encuentra en sus treinta y pico y obviamente fue criado con el español como lengua madre, trae a sus escritos un rastro del idioma que hablaban sus ancestros: el piamontés de los abuelos de Pratto, el guaraní de la madre de Oyola y el idish de la familia de Bettina, la novia de Lucas. Pero el uso que hacen de esos códigos no siempre es el mismo.
“Si curve en idish quiere decir puta, Curves (así le pusieron a un ‘centro de belleza’ en Caballito), en el idish de Ingrid y Bettina es un cartel que coronando una gran fachada grita escandalosamente ‘Putas’”, escribió Lucas para un texto de Sobre un tipo de sufrimiento, un libro aún inédito. “Lo que me interesa de ese episodio como algo para indagar es eso de los lenguajes privados: cómo una palabra funciona entre dos amigas, cómo las transporta a un determinado lugar y a la vez las hace sustraerse del lugar en el que están”, explica ahora el autor, que se basó en una anécdota real que le contó su novia, Bettina, que sabe un poco de idish, la lengua que trajeron los judíos de Europa del Este a fines del siglo XIX y principios del siguiente.
“Escribí como sonaba/ con tal de alargarle/ la vida a ese aluvión/ de epítetos: esgunfiabale./ badola. balelungue. fulatún./ veschagrama. nifiacul. tumalín./ nunca me saldrán/ parecidos a como allá eran/ padre y madre en clave/ reían en el dialecto se entendían/ entre ellos ntranuiaitre a su decir/ que dejaba afuera mi saber de oído/ de ese modo vino a salvar”, anotó por su parte Laura Pratto. Oriunda de la ciudad cordobesa de San Francisco, lo suyo es el piamontés. Pratto cuenta que la última generación que lo habló de corrido fue la de sus abuelos, a quienes se castigaba en la escuela si lo usaban. Sus padres conservaron algunas pocas nociones, pero su propia generación ya no: “En nuestra adolescencia, arriesgar algún comentario en piamontés era todo lo contrario a lo cool, y si escuchaban que a alguien se le escapaba un comentario en el dialecto automáticamente se le reían por gringazo”.
A pesar de que se daba cuenta de que se estaba metiendo con algo que no terminaba de ser propio (“Por un lado me sentía muy cerca, pero también un poco lejos”), Pratto decidió romper con la barrera y volver a ese lenguaje ancestral en los poemas de su libro Cría. “El libro está escrito adrede en una fonética inexistente, inventada, ya que nadie podría decir cómo se escribe el piamontés y ni siquiera uno está seguro de pronunciarlo del modo correcto”, aclara.
Leonardo Oyola, en cambio, se valió por momentos de un diccionario guaraní-español para hacer hablar a la Cuñataí Güirá, un personaje de su novela Kryptonita, que se editará el año que viene. Dentro del elseworld que plantea en Kryptonita (donde Superman no cae en Smallville sino en una villa miseria de La Matanza), la Cuñataí Güirá es la Chica Halcón de la Liga de la Justicia villera, va armada con un 38 largo y sólo habla en guaraní, sin notas al pie ni traducciones. “Ese personaje siempre dice la verdad, yo lo sé como autor y el que esté leyendo y sepa guaraní, también. Pero el que no lo sepa, no va a entender”, explica Oyola, orgulloso de la treta. Y agrega que para la Cuñataí Güirá casi no usó el diccionario: “En verdad me servía más charlar con mi vieja, que es paraguaya, aunque ella escribe por fonética, tal vez porque no terminó la escuela”.
La relación entre Oyola y el guaraní es larga y fructífera, quizás tanto como la de otro escritor local que recurre a la lengua telúrica de Paraguay: Washington Cucurto (quien incluso tituló uno de sus textos “La máquina de hacer paraguayitos”). “Pasé varias vacaciones en Paraguay y crecí en medio de la colectividad. Obviamente tuve novias y amigos de familia paraguaya”, cuenta Oyola. “¡Yaguá pirú! ¿También hablás guaraní?”: la lengua ancestral –de la que admite haber tomado cierta distancia para poder incorporarla en sus historias– aparece en “Chamamé” (con la que se llevó en 2008 el premio Dashiell Hammett a la mejor novela negra de la Semana Negra de Gijón), en Santería (donde el personaje de la Ña Chiquita se hace cargo de hablarla) y en la inminente Kryptonita. Su familia, feliz: “¡Ah, bueno, por fin escribiste para el pueblo!”, le dijo su viejo cuando leyó el guaraní de Chamamé. “Diez años atrás no me hubiera animado a ponerlo porque todavía no estaba tan alejado de todo eso. Pero dejar de vivir en el barrio y encontrar otro sonido me hizo amigarme con el guaraní. Quieras o no, te queda marcado y es parte de lo que fuiste”, comenta.
Detrás del pintoresquismo y el interés histórico por desempolvar esos viejos lenguajes, hay también algo más en la recuperación de los dialectos. “En general, estos dialectos se utilizan en la familia para hablar de algo que los chicos no pueden escuchar. Este sentido que tienen en el interior de la familia, los dialectos también lo tienen en un nivel más político –dice Lucas–. No son solamente un subproducto de una lengua, sino también idiomas que están prohibidos, que son menores o que están mal vistos: tienen un valor subordinado por cierta violencia”.
Para Pratto, hay que agregar en el análisis otro componente: “A mí el piamontés me sirvió mucho para quitar dramatismo. Los poemas son biográficos y a veces muy duros, pero su sonoridad los hace un poco más llevaderos… En San Francisco han leído con todo el amor del mundo mis otros libros, pero no les llamaba demasiado la atención. En cambio, con éste se morían de risa. Y cuando lo leo en lugares donde no conocen el piamontés, también se ríen por cómo suena”.
Acaso los dialectos gusten por igual a escritores y lectores porque están, todavía, en algún lugar del ADN de nuestra cultura.