Eduardo Blaustein
23.04.2008
Después de ver Sweeney Todd, la última y gorgoteante de sangre de Tim Burton, le dije a mi hija Lucero: basta. Suficiente de Tim Burton y su pequeño y oscuro y repetido mundo encantador. Por inercia la consigna es arbitraria y seriable: basta de Tarantino, basta del tartamudeo neoyorquino de Woody Allen, basta del sello “de culto” puesto a la primera de cambio para cualquier pequeña cosa seudosingular, basta de mundos diminutos, de queer, de blogs, de islas de sentido.
La idea viene percudiendo de lejos y estuvo de visita cuando Lucía Puenzo ganó el Goya por XXY y estas líneas son cualquier cosa menos una crítica de cine. La idea –¿cuánto llevamos? ¿Quince años? ¿Treinta?– de una época de dilución en archipiélagos, de millones de seres alienaditos, solos, diciendo chau con la mano tras los cristales empañados de sus micromundos. Micromundos que juegan la gran big bang: los seres, el ser, las cosas, las estrellas, las galaxias se alejan las unas de las otras, hasta la vista baby, nos vemos con suerte en una creación futura.
Cito de memoria una tira en que Mafalda decía que el problema no es romper las estructuras, sino saber qué hacer con los pedazos. En esta época de estructuras intactas y desecha en billones de pedazos, nadie en su sano juicio debería jactarse de apuntar con un dedo y concluir: ésta, ésta es la realidad. Sí proliferan los casos de alucinación consensuada de realidad, como escribió algún autor cyberpunk. O los de reconstrucción facial cruenta de la realidad, que es un poco lo que suelen hacer los medios: filtran los barros de la realidad, los reciclan sin que quede claro lo que queda, si la mierda o el resto.
Se sabe, o merecería la insistencia: ya no hay representaciones que aspiren a totalizar al mundo; será que es imposible. Se multiplican sí, como virus, las mediaciones corroídas, ansiosas. Ahí va la mamá que interpone el celular afanoso para sacarle la foto a la nena en su primer acto escolar: no le ve la cara, no le ve los ojos, no le ve el alma, ve la pantalla. Los expertos hablando de nosotros y no nosotros. Los periodistas hablando de ustedes y no ustedes. Los dueños de los micrófonos diciendo que la televisión nos espeja, que Tinelli es el todo, que los metamundos de Rial y Nazarena son los míos y que aunque diga lo contrario en el fondo muero por los realities sólo que un serio trauma psicobolche infantil me impide asumir mi verdadera identidad.
Una joven compañera de este diario, de padres setentistas, me decía con más perplejidad que angustia que no entendía cómo era eso de que cuando salía por las noches con sus camaradas de redacción anterior se hablaba todo el tiempo de periodismo y periodistas, nunca de realidad. Pertenece a una generación de periodistas y blogueros que sabe bien cómo recrear esos pequeños mundos de los que hablo –un tipo de exploración que solíamos hacer en la vieja revista El Porteño–, pero también los pequeños mundos de sus vidas personales.
Los ponen en escena casi en un acto de desesperación por no poder socializar de otro modo, casi pidiendo a gritos un lugar de pertenencia, huérfanos de algún mundo mayor que los contenga, definitivamente remisos a incorporarse en algún proyecto que habiten más de cuatro.
A los blogs, entonces. A festejar el estallido de la blogósfera (un cuarto de millón de blogueros en la Argentina a fines de 2007), aun cuando las audiencias de los blogs sean de cincuenta o de cien o mueran cada 24 horas, aun cuando alegremente y blogueando sigamos rumbo a la ecuación de Paul Virilio: un hombre = un gueto.
A los blogs, los que sepan escribir. Y los comunes a mandar mensajes a los medios –“¡Es una vergüenza!”, “¡Es el país que merecemos!”– y a los foros de lectores en los diarios. Están del tomate los foristas que opinan en los diarios. Son todos fachos virtuales, mandafrutas, enloquecidos que jamás leen/responden lo que dice un texto sino que eyectan lo que hierve en sus cráneos: puteo ciegamente contra todo –orgasmo republicano– y a esa descarga la llamo participación y dignidad.
Encierros, soledades, fragmentaciones, pérdidas de sentido y de pertenencia. Salimos de la dictadura con ese diagnóstico de males que la democracia no curó, males globales. Tristezas, quiebres y derrotas devenidas en opacidad y luego en resentimiento y luego en crispación y la culpa de todo la tiene el de enfrente. Y mientras eso sucede y para sobrevivir, entertainment de las pequeñas cosas: Burton, queer, blogs, Tinelli y relaciones virtuales. Caen bombas de nada, a los refugios. A nuestros planetas mínimos, camaradas.