Culturas / Edición Impresa
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Libro con textos de René Goscinny

El creador de Asterix era duro de peinar

También fue el padre de otro clásico de la historieta, Lucky Luke, y el autor de la saga del pequeño Nicolás, una serie de novelas infantiles ilustradas por Sempé. Del Panteón a Buenos Aires reúne textos humorísticos y autobiográficos desconocidos.

Elvio E. Gandolfo
19.08.2009

El pequeño René. Goscinny en su infancia y una de sus últimas fotos. El guionista y escritor falleció prematuramente a los 51 años.

En uno de los textos de Del Panteón a Buenos Aires (Libros del Zorzal) René Goscinny cuenta con regocijada capacidad de contradicción que siempre fue, para su desgracia, “un comprendido”, a diferencia de la mayoría.

En mi caso, una zona de incomprensión que se fue acentuando con el paso de las décadas fue preferir siempre su historieta Lucky Luke a su clásico mayor, Asterix. Vaya a saber: a lo mejor de chico leí demasiado a Patoruzú, que según dicen lo influyó para inventarla. Aunque me parece, otro rasgo a contrapelo, que siempre me gustaron los westerns –serios, paródicos o spaghetti–, más que las “películas de romanos”, o directamente históricas.

Creo, sin embargo, que el fondo es de psicoanálisis barato: fui rey en el hogar de mis padres durante demasiado poco tiempo, y después tuve que abdicar no una, sino cinco veces, en el nacimiento de cada una de mis hermanas y hermanos. Por eso, tal vez, en Lucky Luke los que me fascinaban eran los “hermanos Dalton”, tipos de mentón agudo y bigote triste, villanos de corazón, que eran también abundantes, aunque cuatro en vez de seis en total.

De Asterix leí algunos pocos álbumes. Ojo: divirtiéndome bastante, pero nada que ver con “el cowboy que disparaba más rápido que su propia sombra”. Después, ya de grande, leí un par de libros de El pequeño Nicolás, que me dieron vuelta la cabeza por su capacidad de captar la infancia con los dibujos de Sempé.

Goscinny nació (en 1926) y murió (en 1977) en París, pero se movió mucho. Su padre, Stanislaw Goscinny, era un ingeniero químico de Varsovia, y la madre, Anna Beresniak-Goscinna, vivía en una aldea de Ucrania.

Pero París los unió, y allí se casaron. En 1928, el padre decidió mudarse con su familia a Buenos Aires. Cuando René acababa de salir de la secundaria, falleció el padre, y con la madre decidieron trasladarse a Nueva York. Volvió a Francia para salvarse del servicio militar yanqui, pero hizo el francés. Volvió a Nueva York, donde las pasó ajustadas, y al fin conoció, crucialmente, a buena parte del grupo fundador de la revista Mad (Kurtzman, Jack Davis, el genial Bill Elder), de quienes absorbió un nuevo modo de humor.

Conoció también a Morris, el dibujante con quien dibujaría la para mí genial Lucky Luke. No bien desembarcó de nuevo en Francia, conoció a Uderzo, su compañero dibujante en Asterix.

Hiperproductivo, dinámico (con algún que otro período depresivo), Goscinny se movió para defender los derechos de autor de los historietistas, trabajó en diversas publicaciones y al fin fundó la revista Pilote, trampolín de buena parte de la mejor y más inventiva historieta francesa.

Su capacidad como guionista lo impuso tan definitivamente con varios personajes que se convirtió, por su volumen de ventas, en cuestión de Estado. De Gaulle hizo chistes con sus personajes, en Francia hay varias calles René Goscinny en diversas localidades, y hasta el primer satélite francés se llamó Asterix. Hizo numerosos guiones de cine, dejó el timón de Pilote y, durante un chequeo médico de rutina, falleció de un paro cardíaco a los 51 años.

Es casi seguro que si se hubiera enterado de ese fin irónico aplicado a otro famoso, habría escrito un texto de humor, además bueno. Los que integran el prolijo libro de El Zorzal tienen la eficacia de los cronistas de humor entrenados, al estilo, por ejemplo, del memorable Wimpi, o de los textos que ocupaban mucho espacio en las revistas Patoruzú, Rico Tipo y Tía Vicenta.

La sensación que dan su variedad, síntesis y eficacia es la de alguien siempre preparado a contestar a toda velocidad a los estímulos del entorno o de otras creaciones, para hacer reír con cualquier tema, con fecha y hora de entrega.

Un texto es autobiográfico, otro se burla de la gente que dice haber construido su fortuna a partir de una vida sin amigos y sin un peso, en otro alguien decide combatir al sistema desde adentro y se convierte para eso en un cruel empresario. Y así sucesivamente. Todo aderezado por dibujos de famosos (Margerin, Lauzier, Druillet, Cabu o Mezières), con prólogo de su hija, y con un pliego de excelentes fotografías.

Una sola lo muestra ya veterano, o al menos maduro, pero con la misma repetida mirada sonriente de la infancia, y con la cabeza rematada por un pelo duro de peinar, y por lo tanto cortado al rape.

El escritor claro que envidiaba a los autores oscuros

• El 14 de agosto de 1926, mi hermano mayor dejó de ser hijo único. Nunca me lo perdonó. (...) Me fui de Francia en 1928, llevando a mis padres conmigo, y me quedé en Argentina hasta 1945.

• Yo era un niño absolutamente no deportista y nunca me peleaba. Más bien me pegaban.

• En el fondo, me mofo, me burlo [de los exitosos que vienen de abajo], pero es por amargura. Creo que mi drama es que nunca logré estar solo, sin amigos, sin un peso. Cuando estoy solo y sin amigos, tengo pesos, y cuando doy mis pesos, me hago amigos y ya no estoy más solo.

• Me deprimo porque me genera complejos. Y me genera complejos porque a mí siempre me han comprendido; soy una víctima del problema de la comunicabilidad. Sé que no me toman en serio porque no hay nada que leer entre mis líneas. Con amarga envidia, observo en la televisión a los autores herméticos, que tienen esa sonrisa golosa y algo irónica de la gente a la que nadie entiende.

• Sin embargo, si no soy un incomprendido, sepan que no es por falta de ganas; probé escribir cosas tremendamente herméticas. Por ejemplo: “Él estaba deseando que llegara el día de ayer. En la oscuridad. En la habitación. En la soledad; los paralelepípedos. ¿María? ¿Estás ahí? Anabella está bella en la puesta de sol. Pero ha venido el mañana; era de esperar. Sin embargo, el gluglú cromático del pan fresco. Un color crema para las once, ¡bien blanco! ¿Por qué?”.

• Bastante grueso, redondo, ligeramente hinchado hacia el Ecuador, poseedor de un doble mentón, pero preso de una total ausencia de voluntad, nunca he pensado en hacer dieta. Soy puro hueso y pura grasa, sin un gramo de músculo, jamás me peso, mi caso no es glandular y, sin ser un gran comilón, soy un comilón grandote.

(René Goscinny, Del Panteón a Buenos Aires)







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