Alan Greenspan
06.03.2008
¿Puede cambiar rápidamente una sociedad con profundas raíces populistas económicas? Los individuos pueden y lo han hecho. Pero, ¿puede la estructura de mercado de una economía desarrollada —sus leyes, prácticas y cultura— imponerse a una sociedad criada en antagonismos antiguos? El Plan Real brasileño sugiere las posibilidades. Desde la estabilización de 1994, la inflación de Brasil ha estado contenida, salvo por una transitoria alza de precios durante su devaluación del tipo de cambio del 40 por ciento a finales de 2002. Su economía ha funcionado bien y los niveles de vida han subido.
La experiencia de Argentina, en cambio, invita menos al optimismo. Su economía se hundió en 2002, cuando se interrumpió la paridad del peso argentino con el dólar estadounidense, con enormes consecuencias negativas para el empleo y los niveles de vida. La historia del desastre resulta ilustrativa de hasta dónde pueden llegar unos políticos reformistas sin el apoyo implícito de la población para las políticas fundamentales necesarias. El impulso de una sociedad para satisfacer sus necesidades del momento, por ejemplo, no puede frustrarse mediante la imposición de una camisa de fuerza financiera. La sociedad debe experimentar avances y confiar en sus líderes antes de estar dispuesta a invertir para el largo plazo. Este cambio de cultura por lo general requiere mucho tiempo.
Argentina era, en muchos aspectos, una cultura europea antes de la Primera Guerra Mundial. Una sucesión de programas económicos fallidos y períodos de inflación asoladora creó inestabilidad económica. Argentina perdió terreno en las comparaciones económicas internacionales, sobre todo durante el régimen autocrático de Juan Perón. Su cultura estaba cambiando, gradual pero significativamente. Ni siquiera el régimen posperonista del bienintencionado Raúl Alfonsín logró atajar la inflación explosiva y el estancamiento de la profusamente regulada economía argentina.
Al final, en 1991, la situación se volvió tan desesperada que el presidente recién elegido, Carlos Menem, que irónicamente enarbolaba la bandera de Perón, recurrió a su capaz ministro de Economía, Domingo Cavallo, en busca de ayuda. Con el respaldo del presidente Menem, Cavallo vinculó el peso argentino en paridad de uno a uno con el dólar estadounidense. Esa estrategia extremadamente arriesgada podría haber saltado en pedazos horas después de su implantación. Sin embargo, la osadía de la jugada y la aparente credibilidad del compromiso espolearon a los mercados financieros mundiales. Los tipos de interés argentinos cayeron en picado, la inflación bajó del 20.000 por ciento en marzo de 1990 a una tasa anual de un solo dígito para finales de 1991. Yo rebosaba asombro y esperanza.
A resultas de ello, el gobierno argentino estuvo en condiciones de reunir grandes sumas de dólares en los mercados internacionales a unos tipos de interés sólo moderadamente superiores a los exigidos por el Tesoro estadounidense. Las opiniones reformistas de Cavallo me sonaban mucho más sensatas que la retórica desinformada que a la sazón surgía de muchos legisladores y gobernadores provinciales argentinos. Sus puntos de vista recordaban demasiado a la irresponsabilidad fiscal de décadas anteriores. Recuerdo que miré a Cavallo desde el otro lado de la mesa en otra reunión del G20 y me pregunté si era consciente de que el sostén que suponía para el peso esa capacidad de préstamo seguiría siendo una fuente de apoyo sólo si no se usaba en exceso. El mantenimiento de ese abultado colchón de dólares probablemente habría permitido que el lazo de la moneda durase indefinidamente. Sin embargo, el sistema político de Argentina no pudo resistirse a emplear la abundancia de dólares en apariencia gratuitos en intentos de satisfacer las exigencias de sus electores.
De manera gradual pero inexorable, el colchón de la capacidad de tomar dólares prestados fue menguando. A menudo se tomaban prestados dólares para venderlos por pesos en un fútil esfuerzo por respaldar la paridad peso-dólar. Se tocó el fondo del barril a finales de 2001. Para proteger sus reservas de dólares restantes, el banco central retiró su oferta de un dólar por un peso en los mercados internacionales. A resultas de ello, el 7 de enero de 2002, el peso se hundió. Para mediados de 2002, hacían falta más de tres pesos para comprar un dólar.
Un impago masivo de la deuda argentina indujo un período inicial de inflación y tipos de interés disparados pero, para gran sorpresa mía, la calma financiera se restableció con relativa rapidez. El brusco descenso del peso espoleó las ventas de exportaciones y la actividad económica. La inflación suponía un problema mucho menor de lo que episodios parecidos anteriores habrían sugerido. Dentro de una década, sospecho, los historiadores económicos concluirán que fueron las fuerzas desinflacionarias de la globalización las que facilitaron el ajuste.
Lo que me pareció inusual del episodio no fue que en 2001 los líderes argentinos fueran incapaces de reunir la contención fiscal necesaria para mantener el lazo entre peso y dólar, sino que hubieran sido capaces durante una temporada de convencer a su población de que observara el grado de contención que precisaba un peso vinculado. Era a todas luces una política destinada a inducir un desplazamiento fundamental de los valores culturales que devolvería a Argentina la talla internacional de la que había disfrutado en los años inmediatamente anteriores a la Primera Guerra Mundial. Pero la inercia cultural se demostró, como había sucedido muchas veces antes, un obstáculo demasiado formidable.
*La era de las turbulencias. Aventuras de un nuevo mundo. Ediciones B. Los fragmentos seleccionados corresponden al capítulo 17, “Latinoamérica y el populismo”.