Culturas / Edición Impresa
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VUELVE UN VIEJO DEBATE: LO QUE NOS HACE HUMANOS, ¿ES ANIMAL?

El planeta de los simios

De todos los animales, los monos bonobos son los más cercanos al ser humano: el 98% de su ADN es idéntico al del Homo sapiens. Sin embargo, su similaridad no es únicamente fisiológica. Tienen actos altruistas y manifiestan compasión, amabilidad y sensibilidad.

Eduardo Blaustein
23.04.2009

En YouTube se ve al lindo bonobo en pleno bosque, recogiendo ramas secas. Aparece luego, encendedor en mano, llevando la llama al bollo de papel, bajo las ramas. Por un instante la criatura contempla absorta el fuego. Hasta que finalmente se luce asando malvaviscos en las llamas y soplándolos. Asombro: si un animal es capaz de asar malvaviscos, ese animal sabe del american way of life, y si es así, adquiere un fuerte rasgo de humanidad. No sólo eso: el tipo entiende inglés. Cuando la primatóloga Susan Savage-Rumbaugh le dice “Te puse algo de agua en la mochila. ¿La viste?”, el bonobo agarra el bidón y apaga el fuego. En el auditorio en el que Savage-Rumbaugh pasa el video surgen risas, aplausos y festejos.

Antes de que llegue el final de la filmación, es decir el auspicio de BMW para su automóvil con motor de combustión de hidrógeno (circula por paisajes de cuando la Tierra era un paraíso), se habrá visto al bonobo cortándole el pelo a su cría con tijeras, conduciendo con alguna dificultad un autito eléctrico, percutiendo un xilófono, jugando al Pac-man.

Efectismo, entrenamiento, imitación, inteligencia, aprendizaje. En los debates de los etólogos es un clásico medir, sopesar, comparar, trazar fronteras entre diversos conceptos de inteligencia; preguntarse qué cosas en ciertos animales astutos vienen de fábrica y qué otras aprenden “culturalmente”. Pero hay un debate que cada vez hace más ruido y cuya pregunta esencial alguna vez planteó el paleontólogo y gran divulgador Stephen Jay Gould: “¿Por qué habría de ser nuestra maldad el bagaje de un pasado simiesco y nuestra bondad únicamente humana? ¿Por qué no habríamos de ver continuidad con otros animales también en nuestros rasgos ‘nobles’?”.

Esa pregunta aparece como cita inicial del último libro publicado por el etólogo holandés Frans de Waal, Primates y filósofos. La evolución de la moral del simio al hombre (Paidós, 2008). Una de las tesis cruciales de De Waal, mencionado por la revista Time como una de las cien personas más influyentes de 2007, es que la capacidad de los seres humanos de ser buenitos, aun cuando no siempre lo hagamos, tiene su raíz en las lógicas de la evolución. Más de una vez, ciertas emociones que nos llevan a ser morales son las de otras especies. Y esas emociones funcionan en automático, las llevamos incorporadas desde que nos fueron grabadas millones de años atrás.

Desde que en el siglo XVIII el economista y filósofo David Hume acuñó la idea de un “sentimiento moral” en los animales hasta que a fines del XIX el anarquista Pyotr Kropotkin defendió a Charles Darwin no en términos de crueldades deterministas en la competencia de las especies sino de cooperación, pasando mucho antes por la cosmovisión de la Iglesia y mucho después por las ideas de Freud acerca de cómo la cultura encubre nuestros instintos primarios, la pregunta acerca de qué tenemos de animal se empeña en volver.

O al menos se empeña en renacer en Occidente. En una entrevista publicada en el sitio Comunidadsmart.es, De Waal subraya que en Oriente “la división entre lo humano y lo animal es mucho más difusa que en Occidente. Yo creo que esto se debe, en parte, al hecho de que en Oriente siempre han tenido primates (….) En Oriente, por supuesto, el alma puede viajar entre humanos y animales. Afirmar que los humanos somos los únicos que tenemos una cultura –tal y como se proclama en el mundo occidental–, y que la cultura es lo que nos hace humanos, resulta un tanto absurdo en el mundo oriental”.
 
KAKOWET SALVA AL MUNDO. Un día los empleados del zoológico de San Diego comenzaron la tarea de rutina de drenar y limpiar el foso de dos metros que rodea la isla de los bonobos. Cuando el trabajo estaba hecho y los trabajadores se disponían a inundar el foso, escucharon unos gritos horribles que no tenían origen humano. Kakowet, bonobo veterano que conocía la rutina de limpieza y relleno, gesticulaba desde una ventana agitando los brazos. En el foso habían quedado atrapados varios bonobos jóvenes, que corrían el riesgo de morir ahogados. Les pusieron una escalera, salieron todos excepto uno, el más pequeño. Kakowet, sin vestirse de Baywatch, salió a su rescate.

Conclusión 1: un doble acto de altruismo. Conclusión 2: según De Waal, ese acto se debe a la existencia de un “vínculo emocional entre individuos, extendido entre los mamíferos sociales, sobre el cual la evolución construye aún manifestaciones más complejas, incluida la evaluación del conocimiento y las intenciones de otro”.

El mismo zoo, el mismo foso, pero ahora con una prevención: los empleados siempre dejan cadenas para que los bonobos puedan trepar a la hora de la inundación. Un día en que Vernon, macho alfa, bajó al foso seco, su compañero más joven, Kalind, salió a toda prisa tras de él y, rápido para los mandados, se llevó la cadena. ¿Qué hizo inmediatamente después? Abrió mucho la boca, hizo un gesto travieso, se puso a dar palmadas contra la pared del foso. Decodificando (¿falsamente?) en humano: lo que hizo fue cagarse de la risa del jefe. Varias veces Loretta, bonobo hembra, tuvo que ir a poner la cadena en su lugar y cerciorarse de que Vernon saliera sano y salvo.

La fundamentación de la idea del altruismo animal es la que opone a la doctrina clásica sobre la racionalidad moral el postulado de que esa racionalidad deviene de las emociones, los afectos o los “sentimientos morales” de los animales, al menos de ciertos mamíferos sociales, y muy particularmente de los primates. De más está decir que estas ideas siguen siendo furiosamente rebatidas.

Uno de los más célebres opositores es Richard Dawkins, el autor de El gen egoísta, para quien la evolución tiene su centro en el bien del individuo, no en el de la especie. En el ida y vuelta de los argumentos, los “altruistas” replican que aquello que muy dificultosamente podríamos llamar “bondad innata” aparece en nosotros a los 18 meses y que eso mismo sucede con los chimpancés. Ergo: se trataría de una incontrolable pulsión por la ayuda mutua, nacida hace seis millones de años del padre de todos nosotros, algún Australopithecus del que salimos nosotros y nuestros hermanos chimpancés.

Susan Savage-Rumbaugh defiende incluso la hipótesis de un presunto lenguaje en los grandes primates y acude en sus demostraciones a lexigramas y teclados de computadoras. Etólogos, lingüistas y psicólogos la rebaten. Pero ella tiene sus buenos éxitos de audiencia cuando, con su camperita de jean y su pelo canoso de mujer liberada, aparece mostrando en pantalla a “la especie más feliz de la Tierra”, calificando a la sociedad de los bonobos como “muy empática y muy igualitaria”.

Y si la esencia de lo humano, según se sostiene, pasa por alguna particularidad del cerebro, pensar, usar herramientas o dedicarse a las matemáticas, Sue Savage-Rumbaugh recuerda que en el siglo XVII se encontraron humanos en Tasmania que no tenían ni música, ni fuego, ni herramientas de piedra.

EL DOLOR DE LOS OTROS. En un viejo experimento del año 1959, cuyo título prometedor fue “Reacciones emocionales de las ratas al dolor de los otros”, don R. M. Church probó que aquellos animalitos que habían aprendido a procurar su alimento se inhibían de hacerlo si eso implicaba que una descarga eléctrica cayera sobre el lomo de la rata vecina.

En los 60 se hizo algo parecido con monos Rhesus: los tipos se negaron a tirar de la cadena-trae-comida cuando comprobaron que eso implicaba la medioelectrocución de un compañero. Gentiles, los científicos insistieron en probar la ética de los monos Rhesus durante cinco días, cinco días sin alimentos.

No es sólo que los Rhesus ganaron la batalla por el contrato moral. De Waal añade a la experiencia la historia de aquella otra vez en que la bonobo Kuni, vecina del zoo de Twycross, en Inglaterra, capturó un estornino.

El guardián temió por el pajarito y le pidió a Kuni que lo dejara ir. Kuni presuntamente temió por lo que hiciera el guardián. Escondió al estornino en su mano, escaló hasta lo más alto de un árbol, se aferró a una rama con las dos piernas para tener las manos libres, desplegó las alas con cuidado, las abrió y arrojó al pájaro a los cielos.

Falló, es cierto. El pájaro cayó cerca del foso. De Waal cuenta que durante días Kuni cuidó al estornino. No cierra el final del cuento, aunque lo incluye entre las muchas pruebas acerca de la existencia de la empatía animal. Entendiendo la empatía en el sentido que le daba Adam Smith, presuntamente un publicista del egoísmo: “Ponerse en el lugar del que sufre”.

¿Ética vs. Biología?

En Primates y filósofos, De Waal polemiza con Thomas Henry Huxley, por haberse desviado del evolucionismo ortodoxo en el siglo XIX, pese a que él mismo fue llamado “el bulldog de Darwin”. “Huxley estaba diciendo que lo que nos hace humanos no podía ser abarcado por la teoría evolutiva. (Que) sólo podemos devenir morales oponiéndonos a nuestra propia naturaleza”. Algo parecido sucedió con Freud, dice De Waal, para estampar inmediatamente una frase clave dedicada a aquellos que proponen una “ética como corte radical con la biología”. Que es lo que hizo Richard Dawkins, acaso a la defensiva, cuando escribió “Somos los únicos habitantes de la Tierra que pueden rebelarse contra la tiranía de los replicadores egoístas”, los genes. Para De Waal hay algo así como un sinsentido biológico o evolutivo en la idea de que la especie humana cargue con millones de años de esfuerzo en un “heroico combate contra las fuerzas que intentan hacerla fracasar”. Buen argumento. Tras describir cantidad de ejemplos de conductas animales en las que se juegan conceptos como el de la cooperación, el cuidado, la empatía, la lealtad, la justicia, la gratitud, reconciliaciones a los besos tras una reyerta entre chimpancés y el “castigo a las acciones negativas de los otros”, De Waal ya no sólo pide dinamitar los límites entre ética y biología, sino que ruega que la ética “deje de estar en manos de los filósofos”. Y algo más dice el holandés: una cosa es cuidarse del antropomorfismo y otra distinta “un miedo excesivo al antropomorfismo que ha sofocado los intentos de investigar las emociones animales”.

Acerca de la aterosclerosis entre monos tristes

Carlos Tajer es uno de los cardiólogos más prestigiosos de la Argentina, y desde su autoridad científica le gusta relativizar con humor ciertas afirmaciones generalizadas acerca de las mieles que deparan el buen ejercicio o la dieta estricta. Cuando cuestiona esos saberes de vulgata lo hace citando no sólo recuentos de grasitas sino literaturas provenientes de la antropología o la etología. El año pasado publicó El corazón enfermo. Puentes entre las emociones y el infarto (Libros del Zorzal). Hacia la mitad de ese trabajo afirma que el infarto es esencialmente una enfermedad humana. “Los reptiles se enojan, pero no se infartan y lo mismo ocurre con los mamíferos”.

Incluso cuando se pretende forzar un infarto en un animal la cosa se hace difícil. Pero en cambio sí se puede tener un éxito grandioso a la hora de “emular” cuadros de aterosclerosis. Se hizo de hecho con grupos de primates en su medio natural, eso sí, gracias a un generoso uso de jaulas y a una no menos generosa dieta, rica en colesterol. De cara a las raíces emocionales del infarto, lo que importó es que los animalitos más sufridores fueron aquellos que padecieron un mayor avance en la enfermedad. Pero más aún importa quiénes sufrieron y por qué: desarrollaron más aterosclerosis aquellos que perdieron en la competencia grupal, los machos dominados y las hembras dominadas. Último dato: fueron los inicialmente alfa, los machos dominantes, los que peor se enfermaron cuando, a la hora de cambiarlos de jaula, pasaron al estatus de seres oprimidos.

La pregunta que se hace el cardiólogo, como quien prueba con el dedo la temperatura del agua, es si acaso no existe un paralelismo entre un “sentimiento de degradación” que aparece en los relatos de pacientes que describen la previa de un infarto y la humillación padecida por monitos que de un día para el otro pasan de reyes a sometidos.
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