Marcelo Pavazza
05.03.2008
Máscaras. El mejor Olmedo es el que sonríe. Arriba, Piluso y Coquito, clásicos a la hora de la leche.
Alberto Olmedo es la sonrisa colectiva. El motivo de un gesto de felicidad que muchas personas pueden repetir al mismo tiempo. Pero también es, increíblemente, un recuerdo lejano.
Murió hace hoy veinte años, cifra rendonda y densa que obliga al balance: ¿es real la vigencia de su humor? Parece haber un mandato a la hora de hablar de Olmedo: es un talento único al que no se debe cuestionar. De ninguna manera. El viejo “no habrá ninguno igual, no habrá ninguno”.
Una cosa es segura: no tiene herederos a la vista. Y hay otra muy posible: acaso no los tenga porque nunca tuvo un método; Olmedo es obra de la felicidad de la improvisación, el estallido de un talento único. Mientras más morcilleaba, más gracia causaba, como si sus formas anárquicas generaran por sí mismas la risa. Por eso se nombra a Guillermo Francella cuando se busca a alguien que esté en la misma sintonía: es el único cómico actual que encuentra complicidad con la cámara casi sin articular palabra.
Nacido en un hogar –y un barrio– humilde de Rosario, empezó su carrera en 1951, y en 1954 viajó a Buenos Aires a probar suerte. Un año después, Pancho Guerrero, que era su amigo, lo hizo entrar a Canal 7. Allí empezó como switcher hasta que en una cena de fin de año realizó una improvisación que sorprendió a las autoridades del canal, que enseguida le ofrecieron trabajo como actor. De allí en más, todo fue subir: La Troupe de TV, con Pancho Guerrero, La Revista de Jean Cartier, Joe Bazooka. En 1960 nació ese gran antihéroe que fue El Capitán Piluso; luego vendría Operación Ja Ja, con los hermanos Sofovich, donde alumbró a Rucucu y al Yéneral González. Y más tarde el teatro de revistas, el cine junto a Jorge Porcel y el episodio de 1976 que lo dejaría dos años fuera de la TV: minutos antes de comenzar una nueva temporada de El Chupete, el locutor Ricardo Font Saravia, que por aquellos años conducía el noticiero de Canal 13, anunciaba su “desaparición física”: mal chiste para una época en la que la gente desaparecía de verdad. Todavía estaba al llegar su éxito definitivo: No toca botón.
Alberto Olmedo fue un producto típicamente televisivo. Su velocidad de respuesta se llevaba muy bien con lo que el público necesitaba, sobre todo en los años en los que apareció, cuando la tele todavía recibía los coletazos del viejo humor, pegado a los libretos y a cierto esquematismo. Y contra la creencia popular, que enalteció sus películas con Porcel, fue mucho mejor actor de televisión que de cine. Sus mejores filmes son los que realizó fuera de su registro habitual (Mi novia el..., Basta de mujeres, la poco apreciada Susana quiere, el Negro también).
Antes de comenzar a perfilar esos personajes que hoy se se repiten de memoria, había decidido quemar su disfraz de Rucucu en cámara. Ese gesto de desprendimiento tuvo su correlato en el nacimiento de esos personajes más llanos y menos apegados a su estilo primitivo. Se puede decir que su último gran personaje fue el dictador de Costa Pobre, una república bananera gobernada de manera corrupta, con una corte de ministros y colaboradores que estaban más para la prisión que para el gobierno. Aquí también Olmedo inspiró la idea de que podía tener un personaje a su medida en el cine: el dictador de A sus plantas rendido un león, la novela de Osvaldo Soriano.
Después llegaron, sí, El Manosanta, la segunda etapa de Chiquito Reyes (en su primera aparición era un extra de televisión; después fue el pusilánime al que su novia engañaba), Rogelio Roldán, el mayordomo Perkins. Y el sketch más improvisado y más gracioso: Álvarez y Borges, esos dos actores frustrados que repasaban sus supuestas glorias, debatían cuestiones de la vida y divagaban filosóficamente en la sala de espera de algún productor que se apiadara de ellos. Paso de comedia glorioso en el que parte del brillo estaba relacionado con la participación del gran Javier Portales, un partenaire como hubo pocos en la televisión argentina.
Fue un hombre adorado por sus hijos (tuvo tres con su primera mujer, Judith Jaroslavsky; dos con la segunda, Tita Russ; y uno que no llegó a conocer con su última mujer, la vedette Nancy Herrera) y por sus amigos, respetado por sus colegas (más de un actor de los así llamados serios, José Sacristán por caso, subrayó sus meritos histriónicos) y señalado, sobre todo, como una buena persona, generosa y noble, que jamás olvidó sus orígenes humildes.
Su muerte, ocurrida en la madrugada del 5 de marzo de 1988, tuvo una cobertura ignominiosa: las cámaras registraron su imagen después de caer de un balcón del piso 13 de una torre de Mar del Plata, con su pose final de marioneta abandonada, como si lo suyo hubiese sido la frustrada pirueta de un payaso triste que patinó en la cuerda floja. Enseguida empezó a funcionar la maquina del morbo: que estaba borracho, que resbaló buscando algo en el techo del balcón, que estaba con una gran depresión; todas hipótesis que buscaron agrandar la leyenda y empequeñecer al hombre.
Después, comenzaron los homenajes y empezó un proceso de glorificación que lo puso en un lugar que acaso él jamás buscó pero que sin dudas merece: el del gran cómico nacional.
Ver las notas "Es Dios, es Gardel, es único" y "Se perdió un artista extraordinario", de la sección Culturas.