Culturas / Edición Impresa
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working on a dream, lo nuevo de bruce springsteen

El regreso del llanero solitario

El nuevo disco de El Jefe confirma su estatura artística y ofrece algunos temazos. Incluido el del film El luchador.

Mariana Mactas
17.02.2009

Con Working on a Dream, el casi sesentón Bruce Springsteen vuelve a ofrecer un puñado de canciones del mejor heartland rock, ese género que se cultiva con la poética que surge de las historias de la gente común de Nueva Jersey, su lugar en el mundo. Desde el folk y el sonido tradicional de la música estadounidense hasta el rock rápido y furioso. Todo arropado por su voz intacta, inconfundible, nacida para contar la épica más amarga de Norteamérica. Sin embargo, el nuevo disco –su número 16– alterna entre la melancolía y la celebración. Working... no está entre sus obras maestras, las de mediados de los ochenta, pero tiene la generosidad de regalar algunos temazos que nos recuerdan por qué apodan “El Jefe” a este señor que ahora sale de su ostracismo histórico con disco, gira y festejos por la llegada de Barack Obama. “Outlaw Pete”, el primer single y primer corte, tiene ribetes de plegaria en un estribillo en el que Bruce grita: “Can you hear me?”, como si le hablara a Dios. Es el tema que tanto se parece, y parece jugar delibaradamente, con el clásico rocker de Kiss, “I Was Made for Loving You”, que la banda carapintada grabó en 1979.

La cosa levanta mucho con “My Lucky Day”, una canción rockera y festiva como su nombre, refrendada por los vientos que suben en los cortes, entre fraseos que cantan a la vigencia del amor cuando todas las apuestas están perdidas, pura poética springsteeniana con un rocanrroll que nos hace mover los pies. “Working on a Dream” es, claro, esperanza pura en un tema emotivo, con la voz de Bruce forzada al agudo y un silbido de alegría, acompañado por tímidos pero firmes lalalás en apoyo de aquello de lo que “se hará realidad algún día”, un día que parece haber llegado para The Boss con el nuevo presidente, a quien le cantó en la ceremonia de asunción días atrás en Washington.

Poco después llega “Good Eye”, un blues que, junto a “My Lucky Day”, está entre lo mejor del disco, con el Springsteen más rocker, a golpes de redoblante y armónica, su voz rugosa al viejo estilo de los folk singers inclaudicables, una canción gozosa y lúdica, con aires de blues pero otros tan vitales que uno puede imaginarlo con su grupete de músicos veteranos, las cervezas apoyadas sobre los parlantes, disfrutando de la fiesta de hacer música, en el estudio de su rancho de New Jersey, donde vienen haciendo lo mismo con la E-Street Band desde que muchos de los que hacemos y leemos esta página eramos niños.

“Tomorrow never knows” trae el sosiego con un tema clásico, ajustado y sin pretensiones, concebido para el lucimiento de su presencia vocal, breve y directo. En cambio canciones como “Life Itself” o la sobrecoreada “This Life” (¿será que le sienta mal eso de cantarle a la vida con mayúsculas cuando su mejor forma estáen las famosas pequeñas cosas?) suenan grandilocuentes, con sus orquestaciones, y sus finales en continuado con el volumen que baja. Como si Springsteen cambiara los jeans y la camisa a cuadros por un traje de domingo incómodo que no ve la hora de poder quitarse. “The Last Carnival” es una tristísima canción dedicada al pianista Danny Federici, muerto en abril pasado, quien tocó con Springsteen por más de cuatro décadas. El disco cierra con “The Wrestler”, otro temazo dulce y triste que pone un poco la piel de gallina. Habrá que ver su efecto cuando suene sobre la imagen de un pelilargo Mickey Rourke en El Luchador. Pero para contar una historia de resurrección a golpes es la canción perfecta.
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