Hernán Brienza
24.03.2008
Propongo un juego de preguntas cruzadas. Cambiar, por ejemplo, la tranquilizadora sentencia: “Yo no sé cómo un hombre es capaz de torturar a otro” –que nos deja afuera de la cuestión, que nos permite un lugar de superioridad moral presuponiendo que uno no sería capaz de hacerlo– por la pregunta ¿por qué un hombre es capaz de torturar, asesinar, masacrar a un semejante? ¿Qué razones, circunstancias, situaciones llevaron a una persona a envilecerse de esa manera? Y por último: ¿sería yo capaz de torturar a otro?, ¿por qué cuestiones yo torturaría? La pregunta es brutal. Pero si se la piensa con honestidad intelectual usted va a encontrar una lista de, al menos, cinco razones para hacerlo.
Si usted ya encontró una lista de diez excusas por las que torturaría a un ser humano, comprenderá que la cuestión de matar o morir ya está saldada. En determinadas circunstancias personales, bajo precisos esquemas ideológicos, con una instrucción específica, cualquiera mata. La historia de la humanidad está repleta de ejemplos que demuestran que este silogismo tiene un alto grado de certeza.
Ahora bien, si usted no respondió con honestidad las dos preguntas anteriores, no siga leyendo. Es inútil. Usted no quiere problemas. Desea seguir diciendo que entre el 76 y el 83 usted no sabía nada. Prefiere seguir creyendo en la serenísima Teoría de los Dos Demonios cincelada por el prólogo del Nunca más. Pero sepa que allí están Crenzel y Oscar del Barco, y Martín Caparrós con sus preguntas y respuestas acicateando las verdades pegadas con engrudo. Y Hannah Arendt y Claudio Magris y Arturo Pérez-Reverte, entre otros, que se cuestionan constantemente sobre el mal.
Además de las circunstancias históricas y personales (¿explicatorias?, ¿justificatorias?), hay un último ropaje detrás del cual se esconde la violencia: los ideales. “El idealista es un hombre que vive para su idea de justicia. Debe estar dispuesto a sacrificar cualquier cosa en aras de su ideal. Si hubiera sido necesario habría matado a mi propio padre para cumplir con mi misión”. Esta romántica frase que podría suscribirse desde el nacional-catolicismo hasta el guevarismo, desde Jorge Videla hasta Mario Firmenich, fue pronunciada por ex jerarca nazi Adolf Eichmann ante los tribunales de Jerusalén, en los años sesenta. En ese sentido, el escritor austríaco Peter Handke aseguró en su libro El peso del mundo que “cuando uno tiene una sola visión del mundo se convierte en un ser despiadado; y el grupo en el que todos tienen una misma visión del mundo se convierte en un grupo criminal”.
Tal vez Crenzel tenga razón. Quizá seguir pensando a los desaparecidos como integrantes de una profusa agenda en la que nadie “tenía nada que ver” sea desnaturalizar la historia. Pero pensar a los desaparecidos como militantes idealistas que querían cambiar el mundo, también. Y, posiblemente, seguir pensando a los represores como “demonios”, como esbirros del Mal, sea una falta de respeto a las potencialidades del género humano. Nuestra crueldad puede ser infinita.