El viernes por la noche, el público no podía creer que estaba viendo a sus ídolos de adolescencia, pero el descreimiento era aún mayor entre los pasajeros de los trenes del San Martín y Mitre, ya que pasaban exactamente al lado del escenario que se montó en GEBA, al costado del Rosedal. Los conductores, de hecho, detenían los trenes para mirar y escuchar.
Del otro lado, unas 15 mil personas se dieron el gusto de ver un recital donde Duran Duran tocó prácticamente todos los hits de sus casi tres décadas de carrera. Si bien el pretexto de la gira era presentar su último álbum Red Carpet Massacre, y de hecho hicieron cinco temas de ese disco, el resto de casi dos horas de show fueron canciones que todos conocían y cantaban a viva voz, a veces acentuando con los gestos un golpe de tambor, rasgueo de “air guitar” o acordes de teclados.
Si bien a un fan exigente siempre le va a faltar algo (como New Moon on Monday o Union of the Snake), realmente hubo de todo y el repertorio fue un virtual grandes éxitos en vivo. La banda conserva a cuatro de sus cinco integrantes emblemáticos, siendo el errático guitarrista Andy Taylor el ausente. Como cantante, Simon Lebon parece desafinar mucho menos que en los ochenta (su gallo en pleno A View to a Kill del Live Aid de 1985 fue antológico) y en escena logra ser el permanente centro de atención, incluso opacando al deslumbrante catsuit de la alta y flaca negra de los coros. Todos ellos hicieron honor a su fama de gente elegante por demás, luciendo corbatitas, sacos y camisas a rayas.
Desde la pomposa obertura hasta el final con Rio, el impacto fue total. En el medio pasaron el estribillo pop de Planet Earth, la secuencia casi Sign O’the Times de I Don’t Want Your Love, el himno Save a Prayer y las infaltables arengas demagógicas sobre la Argentina y el público.
Este recital también marcó el debut de un nuevo predio para shows multitudinarios. El Club Gimnasia y Esgrima es amplio, aunque creó confusión que las entradas dieran la dirección de otra sede de GEBA.