Culturas / Edición Impresa
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el ciclo de zambayonny en la trastienda

Adentro de la palabra “concha” hay un poeta

Frente a una tribu de fanáticos, el cantor que parece uruguayo y se multiplica en YouTube demostró que es capaz de mucho más que de liberar las satisfacciones de la grosería.

Alejandro Seselovsky
30.09.2008

Épica del fracaso. En las canciones de Zamba, el papelón alcanza su máxima expresión trágica. Para la progresía, su vaho machista huele a incorrección política.

Ya lo sabíamos: un tipo que canta “¡Soy Superman, y me chupan la pija!” es un tipo que merece nuestra atención. Ese tipo se hace llamar Zambayonny, y acaba de terminar un ciclo de conciertos en La Trastienda. Lo que quedó de ese ciclo es algo parecido a esto.

Para empezar, un montón de canciones oscuras como la sala de un cine porno, que cruzan la impronta del cantautor y su guitarra, un poco a la Sabina, a la Serrat (con menos orquestación, desde ya), con una voz bien abajo, voz de yorugua que no es; con la procacidad sin límite de Yayo, de Jorge Corona; con una displicencia por la ejecución que parece estar diciendo no me importa cómo canto lo que canto ni cómo toco lo que toco, sólo importa esto que voy a decirles. Todo saborizado con un prontuario de derrotas, whisky, cuernos y esa soledad invencible que lo deja “pegando la chota a la pantalla”. Un segundo, una pregunta, dos: ¿se puede estar más solo que el tipo que se echa un pajote frente al plasma, frente al monitor, o frente a cualquier cosa que reproduzca sexo en píxeles, y que termina en un enchastre de escritorio con la mustia sensación de que el tiempo se echó a perder? Y: ¿se puede dibujar más violentamente esa soledad que poniendo un personaje a reventar su genitalidad contra un 17 pulgadas? Todo esto lo produce el mismo sujeto ese que está ahí sentado, todo el tiempo sentado, en un dos cuerpos de cuerina negra sobre el escenario de La Trastienda.

Con Zambayonny hay que tomarse algunas molestias. Una, desmalezar, ir corriendo la carcasa de una chistología que, en crudo, tiene su efecto, pero que se resume a la puerca satisfacción que solemos encontrar cuando nos permitimos impunemente la grosería: caca, culo, pis. Lo que resulta estimulante es tratar de descubrir si hay algo más debajo de los estertores de la palabra concha. Y resulta que sí, hay un poeta: “Conmigo chota loca y rock and roll de las pelotas/soy la fiesta de tu fiesta en bancarrota”.

A veces, el público de un artista dice de él lo que el propio artista no tenía en sus planes salir a decir. Pasa cuando el público deja de ser público y se vuelve tribu, feligresía. Cada uno en su escala, les pasó a los Redondos, le pasó a Capusotto. Le pasa a Zambayonny. La gente que llena las mesitas, la que se para en la barra del fondo, se recorta entre quienes vinieron por el hallazgo, los que están en trance de descubrimiento a punto de pasar al otro lado, y los del otro lado, los fans consumados que se sumergen en YouTube y le dicen al amigo, a la amiga, a los compañeros de facultad, a la chica que conocieron, a los padres que lo visitan en el monoambiente, a su dealer de porro, al que venga: “Entrá en YouTube, ¿escuchaste Zambayonny?”. De todas formas, en YouTube suena como una canción de TVR. Mejor verlo.

Es extraño. El tipo que canta estas canciones de fracaso infinitesimal, de abandono y papelón, que alcanzan su cima de expresiva trágica con esa línea demoledora, capaz de apagar el último foco de optimismo en cualquiera que haya alcanzado sus sueños, y que dice: “Lo único que tenemos es lo que cagamos”, este tipo, digo, es un tipo que se muestra feliz, un chico de lo más simpático que pide un aplauso para la mamá que lo vino a ver y que lo agradece todo, todo el tiempo. Un pibe que, tan claramente, hace lo que le gusta, y lo bien que le va cantando sobre lo mal que le ha ido.

Es cierto, la progresía buche puede decir que algún vaho de incorrección política se extiende por estas canciones de chicos héteros, filomachistas y huevones, que sólo están pensando en ponerla. Puede ser, en todo caso es una falla de la superficie. En el fondo, hay otra historia, otras historias: un borracho se bajó a una pendeja/ haciéndose pasar por erudito/ ella lo escuchaba tímida y perpleja/ y él doraba la molleja despacito/ empezó citando a punta de pistola/ y acabó mostrándole viejos escritos/ ella se quitó la ropa casi sola/ mientras él lloraba tanto, pobrecito. Es una pena que después de estas líneas, de lo que Zambayonny llamaría estos renglones, haya que agregar algo para poder decir: nada más que agregar.
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