Culturas / Edición Impresa
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esta noche toca zambayonny, el cantautor más incorrecto

El pornógrafo del fonógrafo

Sus temas se llaman La incogible o El campeón de las boludas. Pero detrás de ese uso extremo del lenguaje, hay un fabricante de hits capaz de conmover con retratos del lado más melancólico del varón nacional.

Marcelo Pavazza
18.03.2008

El cantor enmascarado. Antes cantaba con máscara y ahora apela a la barba y los lentes. Se ignora el aspecto que tendrá en el concierto de esta noche.

No es fácil acoplar sus buenos modos y su amabilidad con la imagen de desaforado que deja en sus canciones. También cuesta imaginarlo en la tranquilidad de una ciudad como Bahía Blanca, donde vive, pergeñándolas así como son, subidas a un vocabulario extremo y directo. Sin embargo, son canciones que dan la sensación de estar hechas con las palabras justas, palabras que casi nadie usa en el pudoroso panorama musical nacional. “Es que no hay otra”, afirma Zambayonny, un salvaje de la canción de autor en el que conviven un letrista inspirado y un pornógrafo aficionado.

En su flamante disco Tu palabra contra la mía, grabado el año pasado en el living de la casa de unos amigos, más bien remite a un Jaime Roos guarro pero profundo. Con canciones –ya módicos éxitos– como Milanesa de pija, La incogible o A mí me tenés que parar la verga a tiros, pero también con temas que poco tienen que ver con ese estilo, como Amoxapina por joder o El whisky de Dios, Zambayonny logra que a las peores palabrotas no se les filtre mayor misoginia; y provoca que lo suyo sea mucho más la redención de un perdedor ocasional que la revancha de un despreciado.

“Es cierto que muchos me dicen que, en realidad, podría buscar palabras alternativas; pero no sería lo mismo”, dice por teléfono, desde Bahía Blanca. Al hablar, no da la idea de querer imponer algo que vaya mucho mas allá de su propio criterio. Un criterio, aclara, que huye de la pretensión de verdad absoluta y de las frases aleccionadoras. “En mis canciones queda muy claro que las malas palabras no pueden existir –de hecho, no existen– sin las otras, sin las ‘normales’, que las acompañan justificando su existencia. El que las escuche con atención siempre terminará descubriendo que si están es por algo, que no están solas; la idea –que no siempre resulta– es que las palabras que pasan desapercibidas les hagan un colchón a las que no”.

Cuenta que no se resiste a la tentación de preguntarles a algunas mujeres que escuchan sus canciones si su intención de no ser machista es comprendida. Las respuestas, que tardan en llegar, lo tranquilizan: la mayoría de ellas reconoce que, a pesar del impacto negativo inicial, notan algo parecido al respeto.

Cuando se le pregunta si se reconoce influenciado por Georges Brassens, el cantante y autor francés que escribió canciones como El pornógrafo del fonógrafo, y que hacía gala de una irreverencia parecida y del mismo desenfado, dice que sólo lo ha escuchado lateralmente y en versiones en castellano a cargo de Gabriel Reches, desactivando así toda intención de buscarle un antecedente difícil de rastrear, o pretendidamente cool.

Zambayonny invita, con su impronta de cantante de fogón, a desempolvar la palabra “cantautor”. La setentista, encarnada por el comprometido que escupía verdades a repetición. O la más cercana en el tiempo y que podría definirse como el triunfo de un estilo que tiene como bandera poética la enumeración, esa que utilizó Joaquín Sabina hasta forzarla; y que lleva adelante, casi como único recurso, Ricardo Arjona. En ese sentido, Zambayonny, que se reconoce admirador de Sabina, vendría a ser algo así como el anti-Arjona: alguien que vuelve a usar un sistema que patentó otro y lo revaloriza cambiándole el sentido: “La idea es enumerar, pero dejando entrever que cada renglón tiene alguna otra lectura posible”.

Zambayonny, que se dio a conocer en el programa Televisión Abierta, donde cantaba enmascarado con el propósito de mostrarse como un personaje oscuro y misterioso, cree necesario mantener ese misterio, y por ello prefiere no divulgar su verdadera biografía, sembrando mentiras sobre su lugar de nacimiento y profesión. Sólo admite que se diga que anda por los treinta y pocos, y que si abandonó la máscara, fue por pura comodidad.

Su nombre sobresale entre un puñado de alias. Algunos, como Carmelo Restelli, publican sus cuentos y novelas por internet; otros, de los que él prefiere no hablar, han grabado discos completos en una clave completamente distinta. “Es un juego –dice–, pero también me sirve para diversificar, y para no estancarme.”

Está convencido de que su trabajo se completa con la recepción del público. Ese público que termina sus canciones con el significado que les asigna y que, muchas veces, encuentra cosas que él ni siquiera pensó. Sabe que eso le da a su obra un estatus de complejidad que la vuelve interesante pero peligrosamente exclusiva, sólo para entendidos. Por eso está feliz con El whisky de Dios, una canción que no tiene ni una sola mala palabra y está construida con menos hermetismo. Porque eso le abre las puertas a otro Zambayonny, que acaso exhiba una cara distinta a la del zafado, pero que no es, necesariamente, su reverso.

ZAMBAYONNY
Hoy, a las 23 en Cava 71, Roosevelt 1533 y Libertador
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