Culturas / Edición Impresa
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Nace el primer laboratorio de arte biológico argentino

La belleza oculta de la biotecnología

Ingeniero industrial y divulgador científico devenido artista, Joaquín Fargas es, esencialmente, un provocador. Dirigirá el primer gabinete dedicado a la especialidad en el país.

Federico Kukso
02.09.2008

Sunflower: centinela del cambio climático. Una flor metálica de cinco metros que permite monitorear las condiciones ambientales; está ubicada en Ushuaia.

Joaquín Fargas confiesa que está cansado. Que ya no disfruta como antes de viajar por el mundo o de ser tantas veces convocado para dar charlas y exponer sus ideas, sus fantasías y sus controversiales obras, aquellas que hacen que este ingeniero industrial devenido artista sea lo que es hoy: un gran provocador.

Su cabeza rapada, sus anteojos cargados de estilo, su reloj a lo Blade Runner y su hablar convencido y empalagador son sólo una coraza. Lo que distingue a Fargas del resto de aquellos que cruzan, corren y fusionan las fronteras entre ciencia y arte está dentro de su cabeza; está en su constancia y su determinación, eso que hace que decir Joaquín Fargas sea hoy lo mismo que decir “bioarte argentino”.

Tal vez por eso este inventor, artista y divulgador científico de 58 años, con tantos proyectos como para abrir su propia galería, haya sido el elegido para dirigir artísticamente las riendas del primer Laboratorio de Bioarte en el país, recientemente inaugurado en la Universidad Maimónides.

“Bioarte es la expresión artística que utiliza como herramienta la tecnología de cultivos de tejidos y la biotecnología como medio”, deja caer como definición de rigor incluso antes de que siquiera se le pregunte qué es esa cosa extraña que hace.

“El artista que practica bioarte produce una intervención en la parte constitutiva fundamental o en la forma de un elemento orgánico. Por lo general, el bioarte se emprende de manera interdisciplinaria, juntamente con profesionales que provienen de otras disciplinas, como la biología y la medicina.” Su currículum bioartístico es tan extenso como diverso.

En 2007, por ejemplo, se inclinó por el “arte ambiental” y arrancó con el Proyecto Biosfera para impulsar la concientización de la sociedad sobre la necesidad de cuidar el planeta: el mensaje ecologista lo dirigió reproduciendo ecosistemas completos –con organismos microscópicos y plantas que realizaban fotosíntesis para generar su propio alimento y liberar oxígeno– en cápsulas cerradas de vidrio de unos 35 cm de diámetro.

Ese mismo año también puso el acento en el cambio climático. Diseñó un mosquito-robot que, como otros animales robóticos que formaban parte de la instalación El zoo solar, al acumular energía en sus minipaneles comenzaba a moverse, e inauguró en Ushuaia su escultura Sunflower: centinela del cambio climático, una flor metálica de cinco metros que permite monitorear las condiciones ambientales.

También está su escultura interactiva Contact –un brazo metálico que puede ser operado a través de internet–, pero tendrá que esperar. El Laboratorio Argentino de Bioarte en la Universidad Maimónides –dirigido científicamente por el biólogo Alfredo Vitullo– lo mantendrá bastante ocupado.

Siguiendo la línea abierta por SymbioticA –el primer laboratorio de investigación en arte y ciencia estrenado en 2000 en Australia–, por el proyecto checo TransGenesis o el laboratorio de bioarte portugués Ectopia, en este nuevo espacio se fusionarán las miradas de once artistas jóvenes reunidos en el grupo Proyecto Untitled.

Fargas arrancará con tres proyectos: Inmortalidad (una instalación integrada por células de corazón cultivadas con el objetivo de formar un sistema viviente que pueda perdurar indefinidamente), Bio-Wear (prendas de vestir diseñadas a partir de células humanas) y Jardín remoto (una parcela con plantas naturales, transgénicas y robóticas mantenido y regado a la distancia).

“El proyecto Inmortalidad se encuentra en una etapa experimental. Se está investigando en cultivo de células de corazón de vizcachas, una especie capaz de ovular durante toda la vida –comenta Fargas–. La obra consistiría en células a las que se les ha inhibido la información relacionada con el envejecimiento. Esto permite que, mantenidas en determinadas condiciones, las células perduren para siempre. Conceptualmente, esta instalación alude a la obsesión del hombre por trascender a su finitud y a su necesidad de proyectarse hacia el futuro.”

Dado el peculiar origen de los materiales que conforman estas obras, Fargas advierte que los proyectos que surjan serán remitidos al comité de ética de la universidad. En cuanto a Bio-Wear, la instalación artística se inicia con la donación de células para después cultivarlas hasta tener completa la prenda.

“La evolución nos ha quitado la capacidad de vestirnos naturalmente –dice–. Somos la única especie animal que requiere cubrirse, ya sea para sobrevivir o por pudor. Bio-Wear plantea la posibilidad futura de producir prendas que se formen a partir de nuestras propias células.”

Como ocurrió con el conejo fluorescente –que nunca nadie vio en vivo y en directo– del brasileño Eduardo Kac, con los genes mutados estadounidense Adam Zaretsky o con la oreja que se implantó un artista identificado como “Stelarc” en el brazo izquierdo, el bioarte demuestra una y otra vez que su originalidad y su razón de ser residen en sorprender, incomodar y espantar a la vez.

“Siempre es importante captar la atención del espectador, especialmente hoy en día en esta sociedad del espectáculo. Lo ideal es que el impacto inicial dé paso a la reflexión –indica–. Que la gente salga de la experiencia conceptual y estética que la obra le ofrece con muchas más preguntas más respuestas.”
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